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Capítulo 4. El confidente del príncipe

La copa divina · por msolfere · 15 de agosto de 2026

Tras superar lo del acantilado, conseguimos llegar hasta una pequeña aldea. Todavía era reacio a hospedarme en un poblado, pero sentía que el príncipe Ricardo merecía estar en un sitio más confortable porque comenzó a dar señales de que no se sentía bien. Además de optar por estar en ayunas tras dejar caer parte de nuestras provisiones, aún seguía con sus heridas pasadas. Necesitaba un médico urgente o no resistiría por mucho tiempo.

Jason, como intuyendo mi preocupación, me dijo:

      Puedo ir a la aldea a por ayuda. Descuiden, no los voy a abandonar, todavía sigo en deuda con ustedes por apiadarse de mí.

      Bien. Si consigues un médico, dirígete al lado este de la aldea – le indiqué – armaré una carpa donde el príncipe pueda descansar.

Mientras Jason se dirigía a la aldea, yo busqué un buen sitio hacia el este para acampar. El príncipe apenas podía sostenerse y respiraba de forma entrecortada, por lo que apoyé mi mano sobre su frente para medir su temperatura.

      Tienes fiebre – le dije – resiste, por favor. Pronto Jason encontrará a un buen médico que pueda atenderte.

      Creo que solo te causo problemas – dijo el príncipe, con los ánimos por los suelos – no debí forzarte a ser mi guardaespaldas, lo mejor hubiera sido que me las arreglara por mi cuenta.

      No durarías ni un día – le dije, mientras lo ayudaba a caminar – has vivido toda tu vida en el palacio, no te sientas culpable por eso. Por mi parte, pues ya no puedo echarme atrás. Estoy lejos de mi hogar y no queda de otra que avanzar.

Mientras preparaba la carpa, vi que Jason regresaba junto con una mujer muy madura. La señaló y me explicó:

      Es una curandera. Como en la aldea no hay médicos disponibles, todos acuden a ella cuando están enfermos o heridos.

      ¿Dónde está el enfermo? – preguntó la mujer, sin siquiera saludar.

Le señalé la carpa recién hecha, donde yacía acostado el príncipe. Ella entró y lo contempló brevemente. Luego, se arrodilló y, mientras le tocaba la frente, nos dijo:

      Veré qué puedo hacer. Luce herido, no debió viajar en su situación, sino tomar reposo hasta recuperarse. Por cierto… - la curandera me miró fijamente – también necesito revisarte la espalda, no puedes seguir así.

      ¡Espera! ¿Cómo supiste lo de mi espalda? – le pregunté.

      Yo se lo dije – intervino Jason – jefe, sé que eres fuerte, pero ese golpe fue bastante jodido. Ni una bestia lo resistiría.

Di un largo suspiro, pero en el fondo tuve que reconocer que realmente me estaba matando la espalda. Ni siquiera pude dormir bien en aquella cueva ni tampoco pude cargar mi mochila como lo hacía habitualmente. Así es que solo asumí con la cabeza y dejé que la curandera atendiera al príncipe primero.

 Me saqué la gabardina y la camisa, que aun llevaba puesta. De verdad estaba rota por causa de las piedras, lo cual me dio lástima porque era mi favorita. Jason, que estaba cerca de mí, dio un grito de sorpresa y señalando mi espalda, me preguntó:

      ¿Cómo pudiste resistir eso por tanto tiempo? ¡Luce fatal!

      No es la primera vez que me lastimo de gravedad – le respondí, como intentando restarle importancia – soy un leñador, he perdido la cuenta de las veces que se me cayeron los troncos encima de mí.

Jason hizo una extraña expresión, como si de pronto se sintiera terriblemente culpable por lo sucedido. Pero en lugar de insistir con el tema, me dijo:

      He visto que no somos los únicos que acabamos de llegar. También me encontré con un extraño grupo de encapuchados, guiados por un hombre vestido de negro. Los escuché mencionar al príncipe y ofrecer una cuantiosa recompensa a aquel que le brindé información sobre su paradero.

      Esto me da mala espina – comenté – seguro son los bandidos que nos atacaron. Tendremos que salir de aquí.

Apenas dije eso, la curandera se me acercó y me dijo:

      Ahora es su turno, joven. Deja que vea tu espalda.

      Estoy bien, de veras – le dije, ya que temía que por mi causa nos retrasáramos en la huida - ¿Cómo está mi amigo?

      Está estable – respondió – si lo dejan descansar hasta mañana, lucirá como nuevo. Ahora sé buen chico y deja que te vea.

La mujer usó un tono autoritario, lo cual hizo que terminara cediendo. Jason se me acercó y me dijo al oído:

      Vigilaré los alrededores, no te preocupes por eso. Si veo que se acercan, te aviso.

Al final, no tuve otra opción más que acceder.

La mujer revisó mi espalda y sentí que comenzó a palparla. El dolor era mortal, pero tenía que ser fuerte si quería protegerlos a todos. Al final, noté que me esparcía una especie de pomada con un extraño olor, mientras me decía:

      No debes levantar ningún objeto pesado ni esforzarte. Los músculos requieren de un buen descanso, solo así podrás recuperarte más rápido. Por cierto, ¿por qué no se alojan en la aldea? El joven necesita dormir en una cama y, a mí, me resultará más fácil visitarlos.

      Es que… tenemos prisa – le dije – Ese joven es una persona muy importante y hay gente que lo está persiguiendo. Por eso le pido que si se encuentra con unos sujetos encapuchados preguntando por nosotros, no les digas nada.

      Entiendo – dijo la mujer – en ese caso, vayan despacio y eviten cualquier sobreesfuerzo en su viaje. Bien, con esta pomada deberías estar bien.

La mujer dejó que me pusiera mi gabardina y, cuando al fin me vestí, me entregó la pomada y una pócima para el príncipe.

      Con un trago diario debería ser suficiente – me indicó la curandera – debe beberla diariamente hasta que se recupere o hasta que se acabe el contenido de la botella. Les deseo suerte y que gocen de buena salud. Adiós.

Cuando la mujer se marchó, me metí en la carpa y noté que el príncipe lucía bastante pálido. Dudaba si estaría en condiciones de viajar, pero sabía que no podíamos quedarnos ahí por mucho tiempo con esos sujetos recorriendo la aldea.

El príncipe me miró y, con una voz débil, me preguntó:

      ¿Cuándo partiremos?

Presioné los labios, debido a que deseaba marcharme ya mismo. Pero tampoco quería atentar contra su salud. Así es que pensé que lo mejor era dejar que él decidiera.

      Seré franco: los bandidos nos alcanzaron. La curandera nos recomendó descansar, pero no estoy seguro de si lograrán encontrar nuestro campamento. ¿Qué decide, majestad? ¿Nos arriesgamos a quedarnos? ¿O nos vamos ahora mismo?

El príncipe lo pensó por un buen momento y, al final, dijo:

      Mejor marchémonos. Quizás Jason conozca un buen lugar donde no nos encuentren fácilmente.

      Entiendo. Entonces nos largamos ya mismo.

Salí de la carpa y me acerqué a Jason, que aun seguía vigilando. Él, al mirarme, me informó:

      No hay señales de los bandidos… aún. Pero no dudo que esa curandera nos haya delatado.

      Le dije que no lo hiciera – comenté – pero si están repartiendo dinero… Bien, el príncipe nos dijo que nos vayamos ahora, no podemos arriesgarnos a que nos encuentren. Pero hay otro problema…

Moví mis ojos hacia mi costado, como intentando señalar mi adolorida espalda. Jason pareció entender y me dijo:

      Descuida, jefe, yo cargaré al príncipe en mi espalda.

      ¿Podrás hacerlo? – le pregunté, fijándome en su delgado cuerpo.

      No subestimes mi resistencia, jefe – dijo Jason, con una media sonrisa – yo también soy fuerte. Claro, no puedo compararme contigo.

Juntos, procedimos a levantar el campamento. A modo de aligerar la carga, tuvimos que dejar todas nuestras provisiones y marcharnos. Solo me llevé las armas y dejé, por esta vez, que Jason portara sus dagas por si necesitara defenderse.

Jason cargó al príncipe en su espalda y comenzamos a caminar con prisa. Pero no llegamos muy lejos debido a que unas flechas con puntas flameantes nos bloquearon el camino. Fue así que me volteé y me encontré con cuatro sujetos encapuchados, persiguiéndonos. Me coloqué delante de Jason y le dije:

      ¡Corre! ¡Yo los entretendré!

Jason corrió y vi que otros dos bandidos, ocultos entre las copas de los árboles, comenzaron a seguirlos. Los cuatro que quedaron se abalanzaron sobre mí y blandieron sus espadas con la intención de matarme.

Tomé el machete y logré herir a uno de ellos. Otro intentó atacarme por la espalda, pero fui más rápido y usé el tronco de un árbol como mi escudo. Un tercero se me acercó con una daga apuntando a mi cuello, pero lo alejé de una patada y lo dejé noqueado.

Pronto, una enorme red cayó sobre mí desde el cielo y me dejó completamente inmovilizado. Intenté cortar las sogas con mi machete, pero era inútil ya que eran muy gruesas.

Los bandidos me rodearon, apuntándome con sus flechas. Estaba completamente indefenso y, por primera vez, temí por mi vida.

Cuando creí que ese sería mi fin, vi que unas flechas atravesaron las cabezas de los bandidos, matándolos al instante.

De inmediato, sentí que las cuerdas de la red eran retiradas de mi cuerpo, siendo liberado. Cuando me levanté, vi que quien me rescató fue Jason.

      Pensé que necesitarías ayuda – me dijo.

      ¿No que era que nunca me ibas a salvar? – le pregunté.

      Cambié de opinión – respondió, encogiéndose de hombros – además, necesitaba saldar mi deuda contigo por haberme salvado la vida.

Vi que el bandido que había noqueado se levantó y levantó su espada, dispuesto a atacar a Jason por detrás. Fue así que me abalancé sobre el sujeto y le corté las manos con mi machete, logrando así vencerlo.

Tras eso, le pregunté a Jason:

      ¿Dónde conseguiste esas flechas?

      Resulta que esos bandidos eran más lentos de lo que creía – me respondió – así es que dejé al príncipe en un lugar seguro y los aceché desde las sombras. Una vez derribados, solo les arrebaté sus armas y fui a por ti.

Pensé que Jason en verdad era muy bueno, tanto que asumí que su verdadero oficio era el de un sicario y no el de un ladrón. Pero también tenía mis dudas ya que, si fuera un asesino a sueldo, nos habría matado a todos desde hacia un buen rato. ¿Por qué nos dejó vivir? ¿Será que, pese a su cuestionado estilo de vida, en realidad era una buena persona?

No tenía tiempo de indagar más sobre él, así es que fuimos juntos a buscar al príncipe.

Éste se encontraba dentro de un árbol hueco, dormitando. Lo sacudí para despertarlo y, cuando lo conseguí, le pregunté:

      ¿Cómo te sientes?

      Bien. O eso creo – me respondió el príncipe - ¿Y los bandidos?

      Ya los matamos – le respondí.

      ¿Cuántos eran? – preguntó.

      Eran seis – respondió Jason.

      Eso quiere decir que faltan otros dos más – calculó el príncipe – aun no podemos aliviarnos.

Escuché el sonido de unas pisadas, por lo que volví a colocar al príncipe dentro del árbol y, con Jason, nos pusimos en posición de defensa.

Fue ahí que vimos a un hombre de mediana edad, acercándose a nosotros. Tenía una estatura mediana, un chivo en el mentón que no le sentaba nada bien y una capa negra de terciopelo que cubría su cuerpo por completo. Parecía uno de esos señores feudales que controlaban gran parte de la región y esa imagen se acentuaba aun más con los dos últimos bandidos encapuchados que quedaban, escoltándolos de lado a lado.

Jason se acercó a mí y murmuró:

      Ese es el hombre que recorría la aldea, preguntando por el príncipe.

En eso, escuchamos al príncipe salir de su escondite, poniéndose de pie y diciendo:

      Esperen, yo lo conozco. ¡Es lord Zero! ¡Mi confidente y leal amigo!

El susodicho mostró una fingida sonrisa cálida y, con los brazos extendidos a los costados, dijo:

      ¡Su alteza! ¡Qué bueno que esté a salvo! Venga conmigo, lo llevaré a un lugar seguro.

Mis instintos me alertaron de que algo no andaba bien. Por alguna razón, recordé el testimonio que me dio el príncipe Ricardo sobre su desdicha, en donde su confidente le dio unos extraños consejos para mantenerse a salvo por su cuenta. Y mis sospechas aumentaron más cuando vi a Jason tensar el arco, diciendo:

      ¡No den ni un paso más!

Pero el príncipe, quien parecía no percatarse de nada, le dijo:

      ¡No lo ataques, Jason! ¡Lord Zero no nos hará daña! ¡Se los puedo asegurar!

Antes siquiera reaccionar, vi cómo los bandidos extendieron sus brazos y lanzaron unos dardos venenosos directo hacia nosotros. Eso hizo que tomara tanto al príncipe como a Jason del cogote para lanzarnos juntos al suelo, logrando así desviar el disparo.

El príncipe Ricardo, con una expresión de incredulidad en su rostro, preguntó:

      ¿Por qué, lord Zero? ¿Por qué nos atacas?

Esta vez, la cálida sonrisa de lord Zero pasó a otra más macabra, tanto que se me erizó la piel del miedo. Los bandidos procedieron a acercarse, por lo que me levanté y peleé contra uno de ellos. Jason enfrentó al otro, así nos aseguramos de que ninguno tocara al príncipe.

      ¡Huye! – le dije al príncipe - ¡No dejes que te atrape!

Pero el príncipe no se movió. Su mundo acababa de ser derrumbado en un segundo, tanto que ya no sabía en quién confiar. Lord Zero, aprovechándose de eso, tomó su espada y dijo:

      Larga vida a su alteza.

Y se acercó rápidamente al príncipe para matarlo.

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