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Capítulo 3. La ciudad de cristal

La copa divina · por msolfere · 15 de agosto de 2026

Después de ese inconveniente, no tuvimos más tropiezos y continuamos sin parar hasta llegar a Ciudad Cristal. Apenas lo vi, entendí el porqué le pusieron ese peculiar nombre: los muros que lo rodeaban estaban hechos enteramente de cristales y algunas incrustaciones de piedras preciosas.

El camino principal estaba enchapado con una capa de oro fundido y la entrada principal poseía una pesada puerta de hierro bellamente decorada con diamantes y esmeraldas. Los guardias que protegían el lugar portaban unas hermosas armaduras plateadas y algunos apliques de zafiros en los cascos y las pecheras.

Había una larga fila extendiéndose delante de la puerta, donde los guardias recibían el peaje de cada visitante para permitirles pasar. Aquellos que eran originarios de la ciudad y salieron por A o B motivo, solo debían mostrar sus certificados de residencia para entrar sin pagar.

Miré el anillo que aun llevaba conmigo. Sabía que con eso sería más que suficiente para demostrar mi identidad como príncipe e ingresar a la ciudad sin complicaciones. Pero, con eso, le diría a Ami quién era en verdad y eso la llenaría de más preguntas, porque es inusual que los plebeyos interactúen cómodamente con los de la realeza sin nada a cambio.

De igual modo, no tuve que hacer nada porque Ami se nos adelantó. Bajó del asiento de chofer, sacó de la valijera del carro un folio lleno de papeles y se acercó con eso a los guardias. Apenas logró captar su atención, mostró sus documentos y dijo:

      Soy una comerciante verificada y estoy viajando con mis compañeros de viaje – nos señaló a los tres, que asomamos nuestras cabezas por las ventanillas del carro – estamos interesados en hacer negocios dentro de la ciudad, si lo tienen permitido.

Uno de los guardias se acercó al carro y comenzó a inspeccionar nuestras pertenencias. Además de las artesanías, también estaban nuestras armas, algunos pedazos de madera sobrantes del pueblo anterior y una que otra provisión para el viaje.

Una vez terminada la inspección, el guardia le dijo a Ami:

      Pueden pasar, pero deben dejarnos sus armas. Está prohibido portar todo tipo de objetos contundentes y dañinos, ya sea cuchillos, hachas, machetes, espadas, dardos, flechas…

      ¿Y qué pasa si necesitamos defendernos? – cuestionó Jason, desde el carro.

      No hay criminales en la ciudad – aseguró el guardia – los hemos expulsado a todos. Aquí solo vienen personas que quieren vivir en paz y no molestar a los residentes. Cuando decidan marcharse de aquí, se las devolveremos intactas.

Ami estuvo a punto de replicar, pero Morgan de inmediato tomó su hacha y machete para entregárselo al guardia. Jason dio un suspiro de resignación y procedió a entregar su repertorio de armas que llevaba consigo. A mí ni siquiera me miraron, ya que no daba un aspecto intimidante. Pero a Ami comenzaron a inspeccionarla visualmente, como si se aseguraran de que no llevara alguna navaja oculta en sus cabellos o pechos.

Cuando se convenció de que ella estaba limpia, dijo:

      Pueden pasar.

Una vez dentro, me arrodillé al suelo y lancé un suspiro de alivio, mientras exclamaba:

      ¡Qué susto me he llevado!

Ami comentó, con un tono de fastidio:

      ¡Uf! ¡Odio los impuestos de entrada! Lamento que hayan perdido sus armas, muchachos, espero que los guardias cumplan su palabra cuando salgamos de aquí. Al menos fue una suerte que no me pidieran entregar mis joyas o incluso a mi yegua. Ya me pasó que en otras ciudades no permitían el ingreso de animales y yo no estoy dispuesta a separarme de mi compañera.

      ¿De verdad te han impedido la entrada por tu yegua? – le preguntó Morgan - ¿Y qué hacías en esos casos?

      Simplemente me iba a otra ciudad o a un pueblo cercano – respondió Ami, encogiéndose de hombros – no quiero problemas, ya sabes. Una chica debe conformarse con lo que le venga para sobrevivir por su cuenta.

Mientras ellos conversaban, yo me quedé observando las casas y edificios de la ciudad. Todas ellas estaban hechas de cristales y parecían emitir su propio brillo. Las personas que vivían ahí usaban unos llamativos trajes de telas plateadas y las mujeres adornaban sus cabezas con extraños tocados de perlas y diamantes. Era como si estuviera en otro mundo o en alguna de esas sociedades antiguas que alguna vez poblaron el mundo.

Jason dio un pequeño silbido al ver a las chicas y, con los ojos llenos de emoción, dijo:

      Si quieren, podemos separarnos. Yo… quiero dar un vistazo y…

Pero antes de siquiera dar unos pasos, Morgan lo tomó del brazo y le dijo:

      ¡Ah, no! ¡Ni se te ocurra robar! ¿Crees que no capté tus intenciones, ladronzuelo? ¡No te dejaremos solo ni un momento!

Jason se molestó e intentó zafarse, pero Morgan presionó más fuerte su mano como un signo de advertencia. Al final, nuestro guía se resignó y permaneció junto al astuto leñador.

Ami comenzó a buscar algún hospedaje donde pudiera estacionar su carro. Fue así que encontró una posada bastante coqueta, cuyas paredes estaban hechas de cristales rosados y desprendían un extraño aroma a rosas. Lamentablemente, el costo era muy excesivo y el dinero que ella tenía disponible apenas le alcanzaba para alojarse con un solo acompañante.

      Solo podré pagar por uno de ustedes – nos explicó – los demás deberán quedarse a dormir en el carro.

      No se preocupe por eso – le dije – yo puedo pagar por mi parte.

No mentía. Todavía llevaba consigo mi propio dinero, el cual decidí guardarlo en caso de emergencia. Morgan pareció estar conforme con mi propuesta, por lo que dijo:

      Bien, por esta vez me quedo en el carro con Jason. Ustedes dos pueden alojarse en la posada, no tienes que gastar tu dinero en nosotros, Ami.

      ¿Estás seguro? – preguntó Ami – me sentaría mal dejarlos afuera luego de que me ayudaran en el bosque y…

      Y a nosotros nos sentaría aun peor aprovecharnos de una gentil dama – intervino Jason – no se preocupe, hemos estado en situaciones peores. Dormir en el carro será un gran lujo, al menos para mí.

Morgan afirmó con la cabeza, mientras seguía sujetando a Jason del brazo para que no se le ocurriera hacer alguna de sus fechorías.

De esa forma, fui con Ami a reservar nuestras propias habitaciones. Yo elegí uno que incluía un baño y, para mi fortuna, tenía una bañera muy amplia y confortable. Lo primero que hice apenas entré a mi dormitorio fue darme un chapuzón.

El agua era templada, pero muy agradable. Pronto me sentí como en casa, como cuando perdía el tiempo en mi bañera personal, mientras mis sirvientes me frotaban la piel con esponja y jabón. Solo me faltaban los sirvientes, pero tras todo lo pasado en el viaje, ya me sentía satisfecho.

Recordé la carta que les había escrito a mis padres en el anterior pueblo, en donde les expliqué que estaría en Ciudad Cristal. Mientras jugaba con las burbujas de jabón formadas en la bañera, me planteé el dirigirme más adelante a la oficina del correo para ver si tenía alguna correspondencia.

Cuando terminé de bañarme, me puse mi salida de baño y me acosté en la cama. Era bastante mullida y las sábanas eran de seda, lo cual me dio a entender que ese alojamiento en verdad era de lujo. Supongo que Ami ganaba bastante bien como para permitirse esas comodidades, pero también podría ser que la ciudad misma gozaba de riquezas y prosperidad, por lo que todos vivían prácticamente como reyes.

Quizás me habré quedado dormido sin querer porque, al abrir de nuevo los ojos, ya era de mañana.

Con pereza, me vestí y salí de mi habitación. En el pasillo me encontré con Ami, quien esta vez llevaba puesto un vestido azul simple y tenía el cabello recogido por detrás, en una coleta.

      Buenos días, Ricardo – saludó Ami - ¿Cómo amaneciste?

      Mejor que nunca – respondí - ¿Y usted?

      ¡Con ganas de vender hasta liberarme de mis mercancías! Ven conmigo, tenemos mucho que hacer.

Salimos del hospedaje para ir hasta el carro. Fue ahí que vimos a Morgan y Jason conversando y, por sus expresiones, deduje que podría ser algo serio.

Ami, inesperadamente, me tomó del brazo y me estiró por detrás de una pared, ocultándose de ellos. Antes de preguntarle qué le pasaba, ella se llevó un dedo en la boca en señal de silencio y susurró:

      Quiero saber qué me oculta.

Me sentí incómodo, debido a que Morgan y Jason podrían estar hablando de nuestra misión y así ella sabría mi verdadera identidad. Pero lo que escuché fue aun más impactante.

      Hemos estado discutiendo toda la noche y no llegamos a nada, Jason – le dijo Morgan - ¿Por qué te empecinas en ocultarnos las cosas? Sospecho que esos atacantes no iban precisamente por Ami, sino por ti. ¿Qué nos estás ocultando?

      No eres el único que guarda secretos, jefe – le señaló Jason – la señorita mencionó algo del circo, pero terminaste evadiéndolo. Dime, ¿acaso eras un payaso? No te preocupes, prometo no reírme, hasta me pareces gracioso en ocasiones.

      Eso no es asunto tuyo – dijo Morgan – es cierto que ambos estuvimos en el circo, pero no viene al caso. Estamos hablando de ti y no de mí. No intentes desviar la conversación.

      ¡No la estoy desviando!

Temiendo que la discusión llegara a mayores, salí de mi escondite y me interpuse entre ellos dos, diciéndoles:

      ¡No peleen! ¡O nos meteremos en problemas!

Ami me siguió y, al notar que Morgan la miraba fijamente, se explicó:

      Siempre me ocultas cosas, así es que no tuve otra opción más que espiarte de lejos. Incluso dentro del circo, eras un chico bastante reservado, nunca pedías por ayuda y te mantenías en tus asuntos. ¿Por qué, Morgan? ¿Por qué sigues empecinándote en dejarme de lado, después de haberte cuidado por tantos años como a un hijo?

Morgan abrió la boca, pero de ella no salió ningún sonido. Luego, extendió su mano como un intento de acariciarle el rostro, pero ella lo esquivó y cambió de tema:

      Será mejor que comience a buscar alguna plaza pública para vender mis cosas. Quizás, con suerte, logre recaudar lo suficiente para que los cuatro durmamos en el alojamiento.

      Si quieres podemos darte una mano – dijo Morgan – no sé, separarnos en pequeños grupos para abarcar más terreno…

      Solo si me cuentas lo que está sucediendo – le dijo Ami, mirándole fijamente – No importa que hayamos vivido juntos antes, si no me dices lo que pasa ahora, serás un simple desconocido para mí.  

Morgan negó con la cabeza y dijo:

      Te ayudaré aunque no quieras. En todo caso, si no quieres confiarme parte de tus mercancías, al menos buscaré clientes que quieran comprarte. Y no te preocupes por el hospedaje, buscaré mi propio sustento. Seguro alguien necesitará a un hombre fuerte que le ayude a levantar cargas pesadas. Después de todo, soy muy fuerte.

Con esas palabras, se alejó de nosotros y se perdió entre las callejuelas de la ciudad.

Ami lució un poco triste por el rechazo, pero enseguida se recompuso y dijo:

      No necesito de ese grandulón. ¿Verdad? Ustedes dos si me ayudarán. Y de paso, me contarán de sus fantásticas aventuras. ¿No es así?  

Ami nos miró de forma esperanzadora, tanto que Jason y yo no tuvimos de otra más que aceptarlo.

En instantes, ambos nos vimos cargando todas las cosas de Ami, mientras ella iba preguntando por la plaza central, a la par que ofrecía alguna de sus artesanías para conseguir dinero de paso. Al verla concentrada en lo suyo, aproveché para acercarme a Jason y preguntarle:

      ¿De qué tanto hablabas con Morgan, si se puede saber?

      De muchas cosas – respondió Jason – primero me regañó porque sospechaba que quería robarles a esas damas del día anterior. Cuando le expliqué que solo pretendía hablar con ellas para recopilar más información sobre la ciudad, me comentó sobre lo sucedido en el bosque y me interrogó sobre lo que pasó realmente. En fin, perdí la paciencia y le señalé su hipocresía, dado que él también oculta sus cosas.

      Creo que fuiste muy duro con Morgan – le reproché a Jason – Es verdad que puede ser molesto que sea tan misterioso, pero debemos respetar su secreto. ¿Sabes? Cuando lo conocí, creí que era el clásico hombre solitario de pasado doloroso, ya sabes, de esos que perdieron todo lo que tenían y por eso optaron por el camino de la soledad. ¿Qué tal si todavía no se ha recuperado de tan terrible trauma y no tiene en quién confiar?

      O quizás solo tuvo una mala experiencia amorosa – dijo Jason, mirando de reojo a Ami.

      Pero si Ami es amable y cordial – le dije, ya que no podía verla como una rompecorazones – Además, ella fue la niñera de Morgan, ese tipo de relaciones es más de madre a hijo. ¿No lo crees?

      Y ahí está el problema – insistió Jason – Quizás ella solo lo ve como al niño que fue alguna vez, pero despertó el deseo de Morgan de que lo viera como a un hombre a quien pudiera amar y recurrir en su ayuda cuando lo necesitara. ¡No hay nada más doloroso que tener un amor no correspondido! ¿No lo crees, Ricardo?

Por alguna razón, me imaginé a Morgan suspirando por Ami cada vez que frecuentaba alguna feria o algún circo. Pese a la diferencia de edad, ellos dos forjaron una linda amistad y hasta demostraban tener bastante química cada vez que interactuaban. Pero de seguro Morgan anhelaba algo más y, lastimosamente, Ami no estaba dispuesta a otorgárselo.

Llegamos hasta una plaza, o eso parecía. Era una cuadra vacía, sin árboles ni estatuas. La gente iba y venía y, también, vimos algunos puestos de venta montados de forma desordenada por el espacio. Ami buscó algún rincón libre y, al encontrarlo, dijo:

      ¡Aquí nos quedaremos! Espero lograr una buena venta y, quizás, los invite a cenar en algún coqueto restaurante.

Motivados por la idea, la ayudamos a montar su tienda y, juntos, procedimos a ofrecer las artesanías.

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