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Capítulo 1. Una comerciante habilidosa

La copa divina · por msolfere · 15 de agosto de 2026

Cuando desperté, vi que Morgan ya estaba talando un pequeño árbol para usar su madera. Por su parte, Jason se encontraba recopilando los troncos y uniéndolos con cuerdas para facilitar su traslado.

Comencé a bostezar. Aun no estaba acostumbrado al ritmo matutino, pero ya no me incomodaba dormir en el suelo como antes. Sin embargo, se me escapó mi queja del día:

      Ojalá podamos conseguir un carro. Esto de ir caminando es agotador.

Morgan me miró y comentó:

      Gastamos casi todo el dinero en curar nuestras heridas y enfermedades, sin contar el alojamiento. Si tenemos suerte, podremos vender la madera en el siguiente pueblo y recuperar lo gastado. Al menos se trata de un lugar muy rico y próspero, o eso nos dijo nuestro amigo.

Miré a Jason, quien me sonrió y agitó su mano en señal de saludo, como si intentara mostrarse amigable conmigo. Sé que cuando pasó aquello dije muchas tonterías, pero en esos momentos ardía de fiebre y me sentía tan solo que no sabía en quién apoyarme, tanto que terminé bajando la guardia.

Aun recuerdo el día que visité a lord Zero en su celda. Lo encadenaron de cuerpo completo pero, pese a todo, me provocaba mucho miedo mirarlo a los ojos. Él, al notar mi presencia, me dijo:

      Te desprecio. Siempre te he odiado. Sabía que solo causarías desdichas en nuestro reino desde que naciste y perjudicaste la salud de la reina Luna. Debí ser yo quien heredara el trono, pero ahora el futuro del reino quedará en manos de un niño mimado que ni sabe limpiarse el trasero. ¡Qué desgracia!

Sé que, con mi nacimiento, mi madre casi pierde la vida y, desde esa vez, perdió la capacidad de concebir más hijos. Fue por eso que mi padre me sobreprotegió, el personal del palacio cumplió con todos mis caprichos y todos se aseguraban de que me sucediera cosas buenas.

Eso hizo que tuviera mi propia personalidad y creyera que el mundo giraba a mi alrededor. También atrajo a gente malintencionada que buscaba sacar provecho de mis buenas intenciones. Pero contrario a lo que cree la gente de mí, no soy ningún tonto. Sé bien cuando las cosas no funcionan como debería, pero siempre lo dejo pasar. Prefiero disfrutar de la vida y vivir sin preocupaciones.

Salvo esa vez, en donde mi vida ha sido amenazada por la persona en quien más confiaba.

      No eres nadie para decidir el destino de todo un reino, lord Zero – le dije, intentando mantenerme firme – me importa un bledo lo que pienses de mí, yo solo quiero que me entregues ese mapa.

Comenzó a reírse fuertemente y, mirándome con malicia, me advirtió:

      Nunca encontrarás ese mapa. No te diré qué fue de ella ni aunque me metan en la Doncella de Hierro. Igualmente, deberías agradecérmelo, ya que a los del clan “Sombra” no les agradó que se los hubiese arrebatado a la fuerza y están deseosos de aniquilar a todo aquel que ose anticiparse a su deseo. No te extrañes si vienen a por ti a cazarte, así es que lo mejor será que regreses debajo de la falda de tu mamá y no salgas nunca más de ahí. O de lo contrario, terminarán con el trabajo que yo no he conseguido culminar.

¡Lo que faltaba! ¡Más problemas! Todavía me erizaba la piel de solo pensar que podría ser amenazado por ese terrorífico clan, que azota a las aldeas más vulnerables y causa el terror en todos los reinos.

Cuando Morgan y Jason terminaron de apilar los troncos, me acerqué a ellos y les dije:

      Buen trabajo, muchachos. Ahora, vayamos al pueblo y cantemos canciones de leñadores. ¿Conoces alguna, Morgan?

      No existe ninguna canción de leñador – me respondió Morgan, con su peculiar desdén - ¿Por qué mejor nos ayudas a cargar la madera y dejas de decir tantas tonterías?

      ¿De verdad pretendes que un príncipe bien parecido como yo haga trabajos de burro? – respondí, incrédulo.

      ¡Sí! – afirmó Morgan, con dureza - ¡Aquí todos somos iguales!

Me resigné a su pedido. De todas formas, le debía la vida y me juré a mí mismo que nunca más me quejaría. Como buen chico, tomé algunos de los bloques más ligeros y, juntos, nos dirigimos al pueblo.

Al llegar, me sorprendí por lo limpia que estaba. Las calles eran adoquinadas y la gente se veía muy alegre y relajada. En algunas esquinas vi a algunos vendedores ambulantes, así como también me topé con graciosas señoritas que, al vernos, comenzaron a cuchichear entre sí, mientras ocultaban sus rostros sonrojados con sus abanicos.

Pero lo que si me llamó la atención fue ver a una comerciante extranjera, cuya tienda estaba repleta de variadas artesanías exóticas provenientes de tierras lejanas. La mujer era bastante alta, tenía la piel bronceada y los ojos violeta intensos. Sus cabellos negros estaban sueltos hacia atrás por una vincha que sujetaba sus mechones, mostrando por completo su rostro. Llevaba un vestido muy colorido, de hombros descubiertos y pañoletas atadas a su cintura.

Jason, quien pareció percatarse de mi ensimismamiento, se acercó a mí y me dijo en tono de burla:

      Oye, Romeo, deja de mirarla tanto que hay mucho por hacer.

      Eh, sí, claro – dije, sintiéndome un poco avergonzado de actuar como si nunca hubiese visto a una chica – vendamos madera, eso es.

Cuando nos acercamos a Morgan, me percaté de que él también se quedó ahí parado, mirando a la comerciante con los ojos abiertos de la sorpresa. Eso me extrañó, ya que juraría que a él no le interesaban las mujeres y, por eso, vivía solo en el bosque. Jason comenzó a reírse, mientras comentaba:

      Vaya, jamás imaginé que el jefe tenía esa clase de debilidades.

Morgan, ignorándonos por completo, se acercó al puesto montado por la comerciante y esperó a que los curiosos se retiraran. Una vez solos, la mujer lo miró y, con una media sonrisa amistosa, le preguntó:

      ¿Se le ofrece algo, señor? Tengo lo mejor de la artesanía india, haré descuentos si compras a cantidad.

      ¿Ami? – preguntó Morgan.

La mujer se sorprendió cuando Morgan le dijo su nombre. Luego, como si pudiera reconocerlo, se llevó ambas manos en la boca y murmuró:

      ¡No lo puedo creer! ¿Acaso tú…?

      Te he echado de menos – le dijo Morgan, mostrándole una sonrisa que jamás creí ver en él.

De inmediato, la mujer dejó su puesto y se acercó a abrazarlo. Éste, para mi sorpresa, le devolvió el abrazo con naturalidad. Pensé que podría ser alguien demasiado especial como para aceptar esa clase de afectos.

      ¡Morgan! ¡Cuánto has crecido! ¡Luces muy diferente!

      En cambio tú sigues igual – le dijo Morgan, sin dejar de sonreír - ¡En serio! ¡Sigues tal como cuando te vi la última vez! ¿Qué clase de pócima rejuvenecedora usas?

      ¡No seas así! – dijo Ami, inflando las mejillas - ¡Es genética! ¿O por qué crees que me trataban como un fenómeno en el circo?

      ¿Cómo? – preguntamos Jason y yo, al unísono.

Morgan se llevó una mano en la nuca, algo apenado por lo que acabábamos de escuchar. Luego, nos señaló a la mujer para presentárnosla:

      Ella es Ami, fue mi niñera y amiga desde la infancia. Y sí, éramos del circo, pero nos salimos. Es una larga historia. Aunque no lo parezca, soy más joven que ella.

      ¡Vaya! ¡Y yo que creí que eras una muchacha! – le dijo Jason a Ami, tapándose los ojos – Digo, luces mejor que muchas adolescentes que llegué a conocer, en el buen sentido.

La mujer sonrió. Luego, miró a Morgan y le dijo:

      Hay tanto de lo que debemos hablar. ¿Qué les parece si nos reunimos en el comedor de mi alojamiento, a las seis? Habrá bocaditos y vino.

Inesperadamente, Morgan pareció estar de acuerdo con la propuesta. Él, que amaba la soledad más que cualquier otra cosa, aceptaba la invitación de Ami sin dudarlo. Eso me motivó a querer saber más sobre el leñador y qué lo motivó a alejarse tanto de Ami como de su anterior vida como cirquero.

Después de eso, procedimos a vender nuestra madera hasta que se acercó la hora de la reunión. Cuando nos acercamos al alojamiento de Ami, Morgan nos dijo:

      Por favor, no le digamos sobre el propósito de nuestro viaje. No quiero involucrarla en esto, es una persona que aprecio y deseo mantenerla alejada de cualquier peligro.

      ¿Y qué le diremos si nos pregunta? – le cuestioné.

      Ya pensaré en algo.

Cuando llegamos, ella ya había reservado una mesa para reunirnos. Ahí comimos unos deliciosos bocaditos con el vino, lo cual alegró mi estómago porque ya me había hartado de comer puras frutas silvestres y algún que otro conejillo mal cocinado. Mientras comíamos, Ami le preguntó a Morgan:

      ¿A qué te dedicas ahora?

      Soy leñador – respondió Morgan – me dedico a vender leña y, con eso, me sostengo.

      Ya veo – dijo Ami, mostrando una sonrisa de nostalgia – supongo que te va bien en el negocio. Siempre quisiste ser un viajero errante, sin ataduras. ¿No? Pero lo que más me sorprende es que tengas amigos que te acompañen.

Tragué mi comida con esfuerzo y solo atiné a asumir con la cabeza. No podía decir si nos considerábamos “amigos”, ya que fueron las circunstancias las que nos forzaron a unirnos en este viaje. Por un momento entendí que Morgan quisiera ser reservado con ella, dado que yo tampoco quería revelarle que era un príncipe yendo a una importante misión. ¿Qué tal si los del clan “Sombra” la capturaban y ella les revelaba mi identidad? Mejor mantenerla al margen de esto.

Así es que mientras pensaba en qué decirle, Jason se me adelantó:

      Morgan es un hombre gentil y amable. No sé si considerarlo un amigo, pero estoy con él porque salvó mi vida y quiero retribuirle ese favor de alguna manera.

      ¿Y a qué te dedicas? – le preguntó Ami.

      Soy un artista. Canto y recito poemas en donde me lleve el viento. Supongo que para usted no le es extraño ese estilo de vida, ya que fue cirquera en el pasado.

      Así es – dijo Ami – he pasado toda mi vida viajando, por eso no soy como las demás chicas de mi edad que ya tienen una familia establecida. Antes estaba en el circo pero, cuando me salí, viajé a las tierras del Este donde adquirí parte de su cultura. ¡Las maravillas que existen ahí no se comparan con las de acá! En fin, con eso adquirí una gran variedad de artesanías y decidí venderlas en cada región que visitaba. A la gente le llama la atención esas cosas y me ha ido bien. Tuve tiempos difíciles, claro que sí, pero logré superarlo y seguir adelante.

Morgan pareció preocupado al escucharle a Ami decir que tuvo dificultades. Sin embargo, su historia me pareció fascinante, tanto que hasta olvidé que ella no parecía interesada en mí y jamás me preguntó a qué me dedicaba. Pero no me molestó, dado que Morgan y Jason eran muchísimo más interesantes que yo, tanto en apariencia como en personalidad. Aparte de que de lo único que podría presumir era que formaba de la realeza, no tenía ninguna otra aptitud más.

Tras ese breve silencio, Ami preguntó:

      ¿Dónde se dirigirán luego?

      Planeamos ir a Ciudad Cristal – respondió Morgan – está a un día de viaje desde aquí y quizás podríamos encontrar ahí un buen carro para continuar con el viaje más cómodamente.

      ¡Qué casualidad! ¡Yo también me dirijo ahí! – dijo una emocionada Ami – Si quieren, podemos viajar en mi carro propio. ¿Qué les parece? Claro, si no les incomoda que una chica forme parte de su equipo.

      No, no nos incomoda – dije yo, sintiendo que suspiraba – Es más, pienso que tu presencia aligeraría el ambiente y, quién sabe, hasta conseguirías que Morgan sea menos duro con nosotros dos – procedí a señalarnos a Jason y a mí, mientras que este fingía sufrimiento.  

Morgan dio un ligero suspiro, volviendo a su peculiar personalidad. Ami, por su parte, se quedó pensativa, por lo que intuí que había algo más entre ellos dos que no deseaban revelar.

Jason, quien estiro sus brazos para tomar más bocaditos, dijo:

      Yo no tengo problemas, es más, puede que si cooperamos junto a la dama podamos ganar más dinero en nuestro viaje sin lucir… intimidantes. Necesitamos a alguien que nos ayude a desenvolvernos en las zonas urbanas, teniendo en cuenta que pasamos mucho tiempo aislados en el bosque y los campos. ¿No lo creen?

      Debieron pasar por muchas cosas ¿No? – preguntó Ami, mostrándose preocupada – no me puedo imaginar lo que sería vivir en el bosque, sin contacto con nadie. ¡La gente necesita estar con otros para poder recibir ayuda cuando lo necesita!

Solo atiné a sonreír, aunque en el fondo sentí que se me abría una vieja herida. Recordé a lord Zero, quien seguro estaría pudriéndose en esa celda en espera a que los soldados de mis padres lo buscaran. También pensé en ellos, a quienes no había escrito desde que salí del palacio. Con eso en mente, dije:

      Necesito enviarle un mensaje a alguien importante. ¿Dónde puedo encontrar a un cartero?

Ami se puso de pie y dijo:

      Preguntaré al posadero si conoce a uno. Aguarda, por favor.

Fue ahí que aproveché a sacar un papel y una pluma para comenzar a escribir. Jason se acercó y me preguntó:

      ¿Le pedirá a tu padre el rey Sol que nos envíe dinero? Digo, ya que es rico…

      No seas interesado, Jason – le reprochó Morgan – Si dinero es lo que quieres, mejor sigue guiándonos y recogiendo la madera que vaya cortando por el camino.

      Está bien, lo dejo en paz – dijo Jason, levantando las manos y regresando junto a Morgan.

Yo seguí escribiendo la carta, iniciando con un simple saludo. Pero, luego, las palabras comenzaron a fluir solas, plasmando así todas mis frustraciones sobre la reciente traición de quien creí mi mejor amigo, junto con el juramento de que iría al mismísimo infierno con tal de recuperar la salud y la felicidad de mi madre.

Cuando terminé, el cartero apareció y preguntó:

      ¿Adónde mando la correspondencia?

Me acerqué, con el sobre ya sellado, se lo entregué y le indiqué:

      Diríjase directamente al palacio real del reino Estrella. Sea discreto, que nadie sepa dónde se va por si haya algún enemigo queriendo interceptar el mensaje. ¿Entendido?

Le entregué dos monedas de plata y el cartero, haciendo una ligera reverencia, se fue con la correspondencia. Una vez ausente, derramé una lágrima mientras pensaba en lo mucho que extrañaba a mi familia.

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