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Capítulo 1. El bosque de las luciérnagas

La copa divina · por msolfere · 15 de agosto de 2026

El carro que nos donó la princesa de verdad era muy espacioso, tanto que podíamos dormir acostados al acoplar los asientos como camas. El carro era estirado por dos caballos por un chofer, quien se ofreció a llevarnos hasta el sitio indicado por órdenes de su alteza.

Esto fue bueno para mí, dado que aun seguía recuperándome de la gran paliza que recibí en el torneo celebrado en Ciudad Cristal. Pese a que mis amigos insistieron en quedarnos hasta mi recuperación, sabía que eso sería muy mala idea. Zack y Jully estaban rondando por los alrededores y lo mejor era mantenerlos lejos de nuestro alcance.

Aún recuerdo ese día en el hospital. Aparecieron así de improvisto, disfrazados de enfermeras. Jully, quien lucía como una muñeca diabólica con sus cabellos blancos y ojos rojos, me sonrió y me dijo:

      Luces fatal, Jason. ¿Necesitas que te dé tu medicina?

      ¿Qué haces aquí? – le pregunté, con rudeza.

      Solo venimos a atender a los pacientes – dijo Zack, quien se colocó al lado de Jully. Al contrario que ella, él tenía los cabellos negro azabaches, pero su pálida piel lo hacía lucir como un muerto viviente.

      Y pensar que nos vendieron esta ciudad como la más segura e impenetrable. ¡Vaya falsa propaganda! – mascullé, sintiéndome vulnerable dado que ellos, si se lo propusieran, podrían matarme ahí mismo aprovechando mi condición.

      No venimos a pelear, sino a hacerte una propuesta – dijo Jully, metiendo su mano entre sus pechos y sacando de ahí una pequeña botella de vidrio con veneno – dale esto al príncipe Ricardo para que se muera y serás admitido con nosotros de vuelta.

      El príncipe Ricardo nos arrebató ese preciado mapa, poniendo en peligro el secreto de nuestro clan – dijo Zack, con rencor – sé que el patriarca fue injusto contigo con su sentencia, pero está dispuesto a darte otra oportunidad. ¡Es algo que nunca ha pasado antes! Si matas al príncipe, podrás regresar con el clan y haremos como si nada de esto haya pasado.

      Te esperaremos, Jason – continuó Jully, mientras se retiraba con su compañero del consultorio – tómate tu tiempo, pero hazlo antes de llegar al templo “Terra”.

Aun me daba escalofríos de solo recordar aquello. Si bien el príncipe Ricardo me deseó la muerte cuando tuvimos nuestro primer encuentro, yo nunca le he deseado el mal. Ese día yo no había comido nada, lo ataqué porque quería robarle su provisión o terminaría por morir de hambre. Pese a que me atraparon y me mantuvieron atado a un árbol toda la noche, al final tuvieron consideración y me alimentaron al siguiente día. Por primera vez alguien tuvo piedad de mí y así supe con quién debía quedarme si quería sobrevivir a este mundo cruel.

Recordando aquello, terminé por arrojar la botella por la ventana y decidí revelarle al príncipe la verdad. Éste, pese a todo, decidió que siguiera con el grupo como su guía. Quizás sea porque perdieron ese mapa o porque no tienen más opciones, pero mientras les siga siéndoles útil, no planeo darles la espalda y seguiré guiándolos hasta llegar al destino.

Y ahí estaba, acostado dentro del carro, dado que nos detuvimos a orillas de un lago para que los caballos pudieran beber agua. Seguro Morgan fue a recolectar leña para hacer una fogata y el príncipe estaría bañándose en el lago, mientras a mí solo me queda esperar a recuperarme. Vaya que es un fastidio sentirse inútil en un viaje.

Mientras hacía una recapitulación mental de todo lo vivido en los últimos días, vi que la puerta del carro se abrió. Morgan había recolectado algunas frutas para mí, pero supongo que tenía otros planes porque me preguntó:

      ¿Cómo te sientes? ¿Crees que podrás estar con nosotros en la fogata? Quiero cocinar esa carne de ternera que compramos cruda en la villa Dorada y temo que se nos pudra por el camino.

      Claro, ya me siento mejor – le respondí – solo me he pasado comiendo frutas y papillas. Necesito algo más sólido, como un buen trozo de carne. Quizás así me recupere más rápido y pueda ayudarte con las tareas.

      Eso espero – dijo Morgan, mientras dejaba las frutas a un costado y me ayudaba a salir del carro – El príncipe es muy malo en estas cosas, es como si en lugar de manos tuviera pies. ¿Cómo alguien puede ser tan inútil?

Me reí por su comentario, pero no por mucho por el dolor de mis costillas. Vi a lo lejos a nuestro chofer, quien atendía con esmero a los caballos. El príncipe Ricardo, tal como lo preví, se había dado un buen baño y, ahora, estaba secándose cerca de la fogata recién prendida por Morgan.

      ¡Oh, Jason! ¡Qué bueno que puedas acompañarnos esta vez! – me dijo Ricardo, mientras se apresuraba en vestirse – hoy haremos un grandioso banquete en el bosque por nuestra hazaña. ¡Ya estamos cerca del destino! ¡Puedo sentirlo!

      No sería tan optimista esta vez – le dije – ya que estoy aquí, aprovecharé para darles un adelanto de lo que nos espera.

Los tres nos sentamos alrededor de la fogata, mientras veíamos asarse la carne de ternera. Morgan comenzó a añadir más leña y Ricardo no paraba de relamerse los labios por tan suculenta cena. Traté de acomodarme todo lo que mi adolorido cuerpo me lo permitía y procedí a explicarles el trayecto que todavía nos faltaba recorrer.

      Hay como dos pueblos más con que nos toparemos por el camino – les dije – pero después de eso sigue un extenso desierto. Quizás debamos cambiar los caballos por otros ejemplares más jóvenes y acostumbrados a entornos secos.

      ¿Y cuánto nos tomaría cruzar ese desierto? – preguntó Morgan.

      Nos llevará al menos unos tres días – respondí – tengo entendido que hay un oasis en medio del camino, pero si resulta que se ha secado estaríamos en aprietos si no nos arrebatamos de provisiones ya en nuestra estadía por el pueblo.

      Bueno, supongo que será la última vez que le escriba a mis padres antes de incursionar en el desierto – dijo Ricardo – no me dará tiempo de esperar una respuesta, ni aunque use palomas mensajeras. Solo queda mantener la esperanza de que mi madre seguirá viva cuando regrese.

      Pero eso no es todo – continué – después del desierto hay una enorme montaña, el cual debemos escalar para llegar a la cima. El templo queda por las alturas, pero no podremos subir por el carro porque el camino es muy espinoso.

      Bueno, el chofer puede esperarnos en la base de la montaña – dijo Ricardo – no soy bueno escalando, pero me esforzaré por ustedes. ¿Y así llegaremos al templo?

      No tan así – continué – es solo una teoría lo que diré ahora, dado que nadie del clan ha sobrevivido para contarlo. Pero se cree que, cuando se escala por la montaña, se topará con un enorme río de lava ardiente que bordea el templo. Ahí, la única forma de cruzar es saltar entre las rocas sólidas o restos de lava enfriadas. Quien logra cruzar el río con éxito, se enfrentará a “su peor enemigo”.

      ¿Su peor enemigo? – Preguntó Morgan - ¿Es algún guardián? ¿O un monstruo? Creo que mencionaste algo de eso antes.

      La verdad que no lo sé – respondí – Se cree que son espíritus que se disfrazan de nuestros miedos. Pero como dije, son solo teorías.

Tanto Morgan como Ricardo permanecieron en silencio, con los ánimos por el suelo debido a mi explicación. A modo de regresarles el optimismo, dije con un tono más animado de voz:

      Pero, ¡oigan! ¡Estamos aquí! ¿Cuántas dificultades hemos atravesado y lo superamos con éxito! ¡Estoy seguro de que será lo mismo otra vez! ¿Verdad?

      No lo creo, Jason – dijo Morgan, mientras inspeccionaba que la carne estuviera bien cocida para servírnosla – aún estás herido y el príncipe es un inútil en actividades físicas. Sin ofender.

      Estoy bien – dijo Ricardo, mientras hacía una mueca.

      Entiendo que te preocupa los del clan “Sombra” y que te urge que nos alejemos de ellos, pero eso solo empeorará tu situación – continuó sermoneándome Morgan, mientras procedió a cortar la carne – lo mejor será detenernos en el siguiente pueblo y esperar a que se curen tus costillas por completo. De paso, le daremos el tiempo al príncipe Ricardo para que se comunique con sus padres y espere a su respuesta. Y si esos dos amigos tuyos siquiera se atreven a aparecer ahí…

Tomó el cuchillo y dio una fuerte estocada a la carne, logrando dar así un corte perfecto. En verdad Morgan era un hombre que se daba a entender perfectamente, pese a ser de pocas palabras.

      Todavía me cuesta creer que nos hayas ocultado tu secreto – continuó Morgan, mientras me pasaba mi porción en un plato de madera – Bueno, ya lo intuía, pero quería creer que estaba equivocado. ¿Por qué no lo dijiste antes?

      Porque pensé que no sería importante – le respondí, con serenidad – Tengo recuerdos… algo turbios, con ese clan. Quiero olvidar que alguna vez formé parte y volver a empezar. Después de todo, nuestros orígenes no son los que nos definen como persona, sino nuestras acciones del presente. ¿No lo crees, jefe?

Tal como lo esperaba, Morgan se mantuvo en silencio ante mi pregunta capciosa. Ricardo, quien hacia rato había olvidado sus modales adquiridos en su crianza, devoró su porción de carne y dio un pequeño eructo. Noté que Morgan me cortó mi porción en pequeños pedazos mientras hablaba, quizás como una forma de evitar que hiciera el máximo esfuerzo posible incluso si se tratara de comer.

Tomé un pedazo y lo mastiqué lentamente. Los médicos me colocaron unas prótesis, dado que había perdido algunos dientes durante el torneo. Por suerte fueron hábiles en eso, tanto que podía masticar sin mayores dificultades.

Una vez acabada la cena, Morgan me ayudó a regresar al carro mientras el príncipe, junto con el chofer, procedieron a apagar el fuego.

En eso, vimos a unas luciérnagas volar por entre los pastizales, iluminando la joven noche que cayó mientras estábamos cenando.

      Vaya, es una lástima que Ami no esté aquí. ¡Le encantan las luciérnagas! – comentó Morgan.

      No pude despedirme de ella – comenté – lástima, me habría gustado invitarla a cenar después del torneo. Y quizás lograría enamorarla con mis encantos. ¿No lo crees?

A Morgan no le hizo gracia mi comentario, pero en lugar de darme algún coscorrón en la cabeza como de costumbre, solo atinó a pellizcarme en la mejilla, mientras me decía:

      Te faltan como veinte años para siquiera tener una oportunidad con ella. Pero ni creas que dejaré que la conquistes, pequeño ladronzuelo.

      ¡Ouch! ¡Está bien! ¡Lo siento! ¡Lo siento!

Morgan me soltó y continuó llevándome hasta el carro. Luego, Ricardo y el chofer nos alcanzaron, junto con los caballos.

      ¿Crees que será seguro continuar el viaje por la noche? – preguntó Ricardo.

      No lo creo – dijo Morgan – ya nuestro querido amigo guía se esforzó demasiado, no creo que resista más. Lo mejor será acampar, por lo menos podrán dormir en el carro.

      ¿Y qué hay de ti? – le pregunté.

      Yo montaré guardia – respondió Morgan – estoy acostumbrado a trasnochar, son gajes del oficio.

Una vez que pude regresar al carro, Ricardo se situó a mi lado y me dijo:

      Esperaremos tu recuperación. No quiero que mi guía continúe en estas condiciones. Al menos ya hemos andado lo suficiente para que no nos rastreen esos dos. Confía en que lograremos perderles de vista.

      Bueno, si tú lo dices.

El príncipe se durmió enseguida. Yo tardé un rato, pero al final, terminé cerrando los ojos y dejando nuestra seguridad a Morgan.

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