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Applesauce

Fiore e Farina · por Proferyo · 14 de septiembre de 2026

La semana pasó lenta; es difícil sentirse agradecida con un dolor como el mío por ocurrir en el momento “menos malo”. Mi primer día trabajando de noche en el Sunset sería insoportable si hubiera coincidido. No he visto a Bruno ni a Desmond, ni siquiera las nada sutiles señales de este último. Nunca es buena señal cuando un policía o un “honrado empresario” dejan de dar señales de vida. Al menos, sin mis salidas nocturnas a Lincoln Park, he pasado algo de tiempo en casa. Mi dormitorio y la estancia están lo bastante limpios para recibir alguna visita inesperada y mi piel agradece que ya no duerma maquillada. Casi parece que planeo llevar a alguien.


Pasé cuatro días diciéndome a mí misma que no iba a darle gusto a Bruno con su petición. Al final, después de debatirme casi dos horas ante un guardarropas bastante menos variado de lo que quisiera, llevo puesto el mismo vestido que traía cuando vine con Emilia. Confieso, mientras conduzco rumbo al club, que muero por ver si su reacción valdrá la pena esta pequeña traición a mí misma. Me conformo con cinco segundos de silencio para considerar el tiempo que pasé embelleciéndome como uno bien invertido. Eso sí, los nervios apenas permiten que mi maquillaje llegue entero.


No he estado sentada esperando. El acto de la flapper no es mi único recurso. La noticia de la boda de Sofía Farina me dio una idea, así que me puse a revisar los sociales del Tribune. Me avergüenzo un poco de haber ignorado esa sección; resultó esclarecedora.


He llegado. Tengo un lugar de estacionamiento, un gesto amable para venir de un administrador que me miró como a un marciano cuando le dije que tenía auto propio. La instrucción es entrar por la puerta principal, como un cliente cualquiera, pero reportarme inmediatamente con el barman para presentarme y que me explique un poco las reglas. Me da lo mismo, pero es un poco temprano; se podría decir que nadie va a verme entrar.

No puede ser.

—¡Danny! —ahí, parado detrás del bar, como si ese fuera el único lugar donde lograra existir, está el fornido y mostachón cantinero, mi cómplice de travesuras.

—He. Le. Na. Pero qué gusto verte. —El hombretón retuerce su bigote, lleno de satisfacción—. Tenía miedo de que tu historia de que te ibas con un cualquiera fuera cierta. No es que no me diera gusto que dejaras de codearte con la escoria de ese tugurio roñoso de Lincoln Park.

—Oh, por favor, Danny —para él, mi mejor sonrisa falsa; lo sabe, pero le gusta verla—, no estaba tan mal. No tenía la clase del Sunset, pero tampoco era un cerdo ciego.

—Si tú lo dices, preciosa, entonces estaba a la altura de los mejores bares de Nueva York. ¿Sigues trabajando para el tal Marconi?

—Shhh, calla, Danny.

—Eso significa que sí. Tranquila, este bigote no deja salir los secretos.
Este hombre es de los pocos que me hacen soltar estas risas bobas sin tener que pretenderlas. Qué pena que, aunque se quite la alianza, puedo ver la marca descolorida donde debería estar. Si no, ya conocería mis sábanas. Mejor seguir la conversación.

—¿Cómo terminaste aquí? ¿Acaso te despidieron después de lo de Valentini?
Los mafiosos siempre hacen limpieza después de una traición.

—Ay, niña, ¿cómo no te has enterado? La policía hizo una redada espectacular el martes pasado. Sinceramente, pensé que habías tenido algo que ver. Se llevaron a dos de los hijos de Giacomo; yo me salvé porque había salido a tirar la basura y vi los autos de policía acercarse. Para cuando encontraron la entrada, ya estaba yo dando de comer a los patos del parque para que fueran mi coartada.

No fue así. Tampoco recuerdo que el Chicago Tribune publicara nada del asunto. Tal vez nadie se molestó si lo consideraron una noticia demasiado pequeña. Tendré que indagar en el Underground o algún otro panfleto barato. Las redadas solían ser ventas seguras para los diarios, pero últimamente se han vuelto comunes.

—¿Y así nada más, ahora sirves tragos secos en un club de lujo?

Golpes de suerte. Mi predecesor —pareció saborear la palabra, pero solo eran las “s” filtradas por el poblado mostacho— no podía permitirse beber en el trabajo, así que estaba en la redada. Y ya me conoces, me gusta conversar. Él mismo me había contado con quién hablar si en algún momento necesitaba trabajo de cantinero. Pero bueno, basta de chismes, preciosa. ¿Te sirvo algo en lo que llega el jefe?

—En realidad, estoy aquí para trabajar.

—Ah, lo sé, ¿para qué otra cosa estarías aquí tan temprano? Las anfitrionas tienen barra libre de todo lo legal. Cuando llegue Walsh, empezarán a aparecer las demás, así que relájate.

Parece que tengo algo de tiempo libre. Podría aprovechar para hablar con Bruno.

—¿Ya está aquí el señor Mancini?

—¿El socio? Yo nunca lo he visto; parece que solo se aparece de vez en cuando a beber con sus amigos. Tengo bastantes rumores sobre los dueños de este lugar. Es bastante sórdido, divertido, si me lo preguntas a mí.

Ya estoy más o menos al tanto; en verdad debería haber empezado a leer los sociales mucho antes. Me siento en la barra, al parecer todo comenzará más tarde. Última vez que me presento a la hora que me citan.

—¿Hoy habrá espectáculo?

—Creo que sí, hace rato trajeron bastantes instrumentos. No conozco a los artistas. Espero que no sea algo de ese bobo baile de charleston. Es ridículo. No hay alcohol en la ciudad más mojada de América como para obligarme a bailar así.

—Eres demasiado conservador, Danny. Suéltate un poco; si bailas detrás de la barra mientras sirves, te darán buenas propinas.

—Pues me niego, aunque tuviera que pagar un dólar para negarme.

—Como quieras, hombretón. Sírveme entonces. Sorpréndeme.
Con esa sonrisa casi de cuento, me acerca la copa alta y tubular que preparó mientras hablábamos. Es increíble cómo puede moverse sin que yo lo note. Debe ser que me distrae con esa cara tan graciosa. Le doy un sorbo; es un trago virgen que no puedo identificar. No es tan dulce, pero sabe bien, y burbujea; lo hizo con agua mineral.

—Mmm, ¿sabes, Danny? Si no te conociera, me atrevería a decir que esto es un cóctel que inventaste para que parezca champaña. 

—Me consiguió este trabajo, ¿te gusta? En la copa, solo las chicas que la beban podrían distinguirla. La botella de vino espumoso cuesta hasta treinta dólares. Y ya es falsa de por sí. Solo los vinos franceses de la región de Champagne son dignos de llevar ese nombre —aunque disimula, es obvio que se molestó. Se nota que prefiere estafar mafiosos con agua mineral endulzada que vender una supuesta champaña de un viñedo de California probablemente fermentada en algún sótano.

—Suena a un gran negocio. Ya solo porque la bebida es agradable. No es tan dulce como otros cócteles vírgenes.

—Qué bueno que te guste, porque si haces bien tu trabajo, vas a beberla mucho.
Trato de hacerme a la idea, cuando un murmullo lejano se convierte en un escándalo en toda regla. Tres chicas van entrando por la puerta principal. Casi parece que estuvieran ebrias, con sus gritos emocionados y risas estridentes. Sus atuendos son tan llamativos como ellas mismas. Los vestidos se parecen al mío, pero ellas son todo plumas, perlas y hasta lentejuelas. Es obvio que son otras anfitrionas. No me prestan atención aunque se sientan juntas, al final de la barra.

—¿Y tú quién eres? —Por un momento estoy tentada a responder, pero no está hablando conmigo—. ¿Dónde está Bob?

—Bob —les dice Danny con la misma sonrisa simpática, pero una voz algo más grave—, tuvo un percance y no podrá venir en unos noventa días, si su abogado es bueno. Estaré en su lugar este fin de semana. Y con suerte, todos los futuros.

—¿Otra vez? De acuerdo, toma esto —saca de su pequeño bolso un pequeño fajo de billetes de un dólar—. Por favor, si te pido un trago esta noche, dame uno mojado.
Mi amigo hace desaparecer el fajo tan súbitamente como hace aparecer un tres millas. Creo que debe tener algunos preparados bajo la barra.

—¿Uno antes de comenzar y dos cada noche le parecen un buen trato? Si le doy más, van a notarlo y todos podemos perder el trabajo.

—Bien —dice rodando los ojos—, es uno más de lo que me daba Bob. 
Toma la delicada copa de la barra y las otras dos sacan sus pagos respectivos sin decir nada. El efectivo cantinero no tarda en darle a cada una lo que quiere, sin que siquiera se lo pidan. Un Manhattan y un Bees’ Knees. Me pregunto cómo hace para saber lo que desean hasta que la forma de beberlo me revela lo que debía ser obvio desde el inicio. Realmente no importa.

—¿Y tú? ¿Eres la nueva? Ven, te invito una. 
Susan, la aparente líder, resulta ser mucho menos molesta de lo que aparenta. Sí, es ruidosa y más de una vez hace preguntas impertinentes, pero parece querer incluirme, me pone al tanto de la verdadera hora de llegada y que al parecer el primero en quien tengo que emplear mis encantos es el “jefe”, que ya viene con retraso. Otro como Johnson, aspirantes a casanovas, gatos tom.

No pasan ni cinco minutos hasta que empiezan a mostrar interés en mi vida personal. No importa si es un oficina o un sórdido local donde se reúne la mafia, el chisme es el aceite que lubrica el mecanismo social. Lo sé mejor que nadie, al final, aunque lo llame noticia y lo redacte con toda seriedad, lo que vendo son las mismas habladurías de pasillo, sobre personas importantes.

—Así que eres mecanógrafa —un poco de verdad aleja las preguntas indiscretas—; pocas chicas tienen empleos diurnos. La mayoría gana suficiente en un fin de semana, a otras, su novio o su marido no las deja. Les dicen que vienen a divertirse con sus amigas. Tú serás soltera, supongo, pobrecilla. Pero eres bonita, te doy dos semanas para que dejes este empleo. Si no te haces de oro con los regalos de los clientes, seguro te propone matrimonio algún comepasteles.

Podría decirle que en realidad no me importa, ofenderme un poco, pero solo le sonrío. Sí, soy codiciosa, pero de una forma muy distinta. No busco un esposo rico como ellas. Aunque tampoco me molestaría, sobre todo cierto magnate.

—¿No sería maravilloso? —le digo con una voz aguda y ojos soñadores que ya quisiera la propia Mary Pickford—. Una vida tranquila, una hermosa familia en una casa grande, un jardín precioso…

—Sí, claro —se apresura a decir otra de las chicas, de cabello negro y algo desarreglado—, y mientras tanto, nosotras atenderemos a tu esposo los viernes.

Todas estallamos en carcajadas; no tengo por qué ofenderme, por mucho que el fantasma de mi madre me grite que la abofetee. Hipócrita, nunca perdía la oportunidad de humillar a papá. Se lo merecía, eso sí.

—De acuerdo —le digo dejando la copa y hablando con la boca muy abierta—, siempre que el sábado guardes tu distancia.

Todas volvemos a reír. Parece que conocen bien los malos hábitos de los “empresarios” de la ciudad. Eso me da una idea.

—Ustedes ya deben tener en la bolsa a todos los peces gordos. Dejen uno para mí.

—No hay ya gran cosa —dice la última chica, la única rubia del grupo—. Todos los buenos están casados y tienen amante de planta. No se les puede abordar. De todos modos, beben como si se fuera a acabar el alcohol. Walsh no te molestará si los dejas en paz.

—¿Y el dueño va a molestarnos mucho? —al final no me resisto a preguntar—. ¿Cómo se llama? ¿Mandelli, o algo así?

—¿Mancini? Ojalá. Me lo comería vivo si viniera más a menudo. Siempre está ocupado, de viaje o indispuesto. 

—¡Carol! —Así que así se llama la rubia, gracias, Susan. —Que no te escuchen, no sabemos si este nuevo cantinero es de fiar. No quieres despertar a la bruja. La verdad, yo tampoco me aparecería mucho si tuviera que lidiar con ella.

—¿De quién hablan?

—De la cantante principal. Después de su número, se dedica a hacernos la vida imposible. Creo que es socia del club o su novio lo es. Cree que eso le da derecho a tratarnos como le plazca. Se hace llamar “Mariana”. No creo que sea su nombre. 

—Ya sabes, la de los carteles de la entrada.

Muy incisiva, Carol, ya empiezo a conocerte. Hoy te tocan sonrisas, mañana, ya veremos.

—¿Vendrá hoy?

—Quien sabe, su número está anunciado para cada viernes y sábado a las diez. Lleva dos semanas cancelando, con suerte llama una hora antes. Casi nunca se sabe si aparecerá, el jefe ya tiene una banda de planta parra tocar cuando sucede.

Casi en ese mismo instante, unos pasos rápidos y pesados resuenan y las chicas cambian su pose, enderezan la espalda y vacían sus copas. Las imito, me imagino lo que viene. 

Un hombre claramente irlandés, de mediana edad, en un traje barato, entra a toda prisa, seguido de otro más joven que lleva dos portafolios.

—¡No me interesa si se lleva a Armstrong o si puede puede tocar la trompeta a pedos! No quiero a Glasser en el club, haz lo que tengas que hacer, ¿me oyes? Si me entero de que el maldito puso un pie aquí…

—Señor, no le puedo impedir a un socio…

—Los otros dos me apoyan en esto. Dile que te manda Mancini. No quiero un escándalo en el Sunset Cafe. Ya tenemos bastante con…

Esta vez se interrumpe solo, no por nosotras, ha visto a Danny y por supuesto, no le tiene confianza al cantinero nuevo.

—En fin —se ajusta el traje mientras se recompone, y ahora sí que se dirige a nosotras— ¿Ya están todas? Susan, Carol, Brigitte— no puede ser en serio, necesito todo mi autocontrol para no reír como una tonta— y… Helen, si mal no recuerdo.

—Helena —le corrijo sin dejar de sonreír, no puedo dejar salir a la bearcat todavía—, Helena Fiore, para servirle.

—Eso no funcionará, estos italianos no querrán beber con una mujer que se llame como sus madres. ¿Qué te parece Helen Lafleur? ¿Sabes hacer acentos?

El fantasma de mi madre y yo estamos haciendo equipo en mi cabeza buscando alguna justificación para no ponerle mi tacón en la garganta. Creo que ya sé de donde salió el nombre de Brigitte.

—Lo siento —si existiera un premio a la mejor actriz, sería mio por derecho —no se me da muy bien. Pero le aseguro que puedo hacer que me inviten a beber.

—Tendrá que bastar. En fin, disculpa mis modales, soy Phillip Walsh. Por ahora, el gerente de este local y tu jefe directo. El trabajo es sencillo y paga bien, por lo que no espero quejas de ningún tipo, ¿okay? Si algún cliente se pasa de la raya, busca a Rosco o a Big Tim; son los tipos grandes junto a la entrada. Su deber es cuidar la buena reputación del Sunset bar. El tipo del bigote llevará la cuenta de lo que nos hagas ganar y te llevas una parte, más lo prometido. Puedes irte a las tres de la mañana, no antes. Si te pido que te quedes, te quedas. Si un cliente te pide que te quedes, te quedas. Con permiso, vámonos Jim.

No estuvo tan mal como esperaba, hasta mejor que mi entrevista para el periódico. Ambos hombres desaparecen camino a la terraza. 

Susan se levanta, al parecer es su deber asignarnos “territorios” para evitar que nadie acapare ciertos clientes frecuentes. Pero apenas tiene tiempo de articular un par de palabras cuando nuevos pasos, mucho más estridentes, se dejan escuchar. Esta vez son de tacones altos y actitud altanera. Seguidos por otros más lentos, de zapatos de casimir. Mis ojos se abren un poco más de la cuenta, ¿acaso es Bruno?

—Amor, tienes que ser razonable —no, esa voz no puede ser la suya.

—No creo que esperar que mis músicos toquen una canción sea poco razonable.

—Les estás dando apenas un par de horas, y no se trata de algo conocido, tú la escribiste.

—Ugh, como sea, la estrenaremos mañana, pero ni un día después. Y Tampoco quiero que esto retrase los planes para la ceremonia.

—Eso ni pensarlo mi reina. 
Carol me susurra mientras la pareja de una mujer con un entallado vestido negro y un hombre delgado de traje marrón claro se detiene a discutir frente a nosotras, como si buscaran público:

—Ella es “Mariana”.

Salsa de manzana, esta mujer tiene el acento italiano metido en la garganta como quien rellena un ganso. Trata de sonar latina y su maquillaje es para alguien de piel al menos dos tonos más oscura. No es raro entre artistas de cabaret tener una “identidad” de escenario. Pero ella pretende hasta ahora cuando no está frente una audiencia.

La mujer hace una línea con los labios y empieza de nuevo a caminar. Tal vez es impresión mía, pero juraría que me miró un momento antes de desaparecer por las escaleras. 

—Disculpen, señoritas —la sumisión en su voz parece haberse esfumado con el sonido de los tacones—. Espero que no les haya molestado. ¿Señorita Fiore? Es usted, ¿verdad? Le pido que acuda a la mesa de la terraza hoy cerca de la medianoche. Debemos discutir una parte de su contrato que el señor Walsh olvidó descuidadamente. 

Ahora entiendo, éste es el jefe al que todas quieren encantar. No puede ocultar sus miradas entre los flecos de mi knee-duster y las cuentas de mi collar. Lo veo retirarse con cierto asco, no importa si su prometida es una bruja déspota como dicen las chicas. No se merece esta falta de decoro en su pareja.

Cuando ya no escucho sus voces, me vuelvo a preguntar, tal vez pueda vender un chisme interesante.

—¿Y este cómo se llama?

—Oh, ese es el señor Mallory. Creo que se llama Tom.

Si ese es Thomas Mallory, la tal Mariana solo puede ser una persona.

Sofía Farina.

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