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Prólogo

Fate of Arcanis: Tales of Yorgundd · por Roy · 15 de julio de 2026

Uy... ya estáis aquí. 

No me miréis así, dadle un segundo a este viejo. Dejemos que las piernas recuerden cómo doblarse sin quejarse y que la espalda deje de crujir como una puerta mal engrasada. Ah... eso es. Ahora sí.

 

Permitidme desempolvar este libro. Literalmente, no es una metáfora, aunque me gustaría decir que sí, es polvo de verdad. Se acumula con los años, igual que los recuerdos, igual que los errores. Más de lo que deberían.

 

Esta historia, nietos, es la historia de vuestros ancestros. No una versión bonita para dormir niños, ni una leyenda pulida para estatuas. Es la historia de cómo se construyó el linaje de los Novum, golpe tras golpe... y, sobre todo, por pura suerte.

 

Sí, suerte, no torzáis el gesto. La suerte existe, os guste o no, y nuestro linaje está tan empapado de ella que a veces resulta difícil distinguir dónde termina el mérito y dónde empieza el azar. Veréis esa palabra va a repetirse a lo largo de esta historia con una insistencia casi molesta. Igual que la veréis repetirse en vuestras propias vidas, aunque aún no lo sepáis. Aunque finjáis que todo es esfuerzo y decisiones racionales. Ya hablaremos de eso cuando seáis mayores... o cuando la suerte os golpee en la cara.

 

Todo comenzó con unos gemelos. Roy y Kai. Dos nombres simples, casi insignificantes. No hubo profecías, ni cielos abriéndose, ni sabios barbudos anunciando su nacimiento. Solo dos niños naciendo donde no se debía nacer. 

 

Crecieron en los suburbios de Yorgundd, la capital de Yornia, el país-estado de los humanos. Y no paséis esto por alto, por favor. Cuando digo suburbios, no hablo de lo que hoy llamáis barrios humildes con panaderías decentes y calles pavimentadas. No, los suburbios de entonces eran otra cosa. Eran hambre con nombre propio. Eran frío que se metía en los huesos. Eran miradas que te recordaban cada día que no importabas.

 

El clasismo y el racismo estaban tan normalizados que nadie se molestaba en ocultarlos. Si eras pobre, los nobles no solo te despreciaban: te hacían la vida imposible. Un bullying constante, sistemático, tan bien aceptado socialmente que nadie lo llamaba violencia. Te empujaban, te humillaban, te robaban el futuro poco a poco, hasta que la idea de... bueno, de desuscribirte de la vida, por decirlo de una forma más ligera y apta para oídos jóvenes, empezaba a parecer una opción razonable.

 

Y no, no exagero. Si lo pensáis, vosotros tampoco sois tan ingenuos.

 

En ese contexto, llevarte bien con alguien de mayor estatus no era solo raro: era peligroso. Lo curioso es que resultaba mucho más fácil entablar lazos con otras razas. Zynk, Syvik... todos compartiendo la misma mierda desde distintos ángulos. Y eso no está mal. La diversidad nace casi siempre del sufrimiento compartido. Pero no os equivoquéis: eso no evitaba que los nobles ejercieran su racismo con aún más saña contra quienes consideraban inferiores por sangre, por origen o por simple capricho.

 

Pero... eso no es lo importante ahora.

No os distraigáis. Esta historia no va de ellos. Va de nuestros ancestros. De Roy y Kai.

 

¿Qué tienen ellos de especial?, os estaréis preguntando. Y es una pregunta justa. Al fin y al cabo, eran dos plebeyos más. Dos entre miles. Sin títulos, sin dinero, sin apellido que abriera puertas. Nada que los hiciera destacar... en apariencia.

 

Pero aquí entra un detalle importante. Un detalle pequeño, casi insignificante, que cambiaría el rumbo de muchas vidas. La Gran Academia Athyr. Una institución con una regla tan simple como peligrosa: permitía la entrada a cualquiera. Cualquiera. Sin importar su origen.

 

Claro... permitía. Eso no significa que lo pusiera fácil. Los plebeyos siempre tenían que correr más, sangrar más y demostrar diez veces más que los nacidos con corona. Pero la puerta estaba ahí. Entreabierta. Y a veces, con un poco de suerte, alguien conseguía meter el pie antes de que se cerrara.

 

—Abuelo, ¿ellos consiguieron entrar? Si no, no tendríamos un legado.

 

Uno de mis nietos me interrumpió. Tenía razón. Demasiada, para su edad. Esa clase de intuición que suele traer problemas más adelante.

 

Sonreí. Porque sabía exactamente lo que estaba haciendo.

 

—Sí, lo consiguieron —respondí, cerrando el libro apenas un instante—. Pero no te puedo decir más. No seas impaciente. Vas a joderle la trama a tus hermanos y primos.

 

Porque esta historia... Esta historia merece ser contada como se debe.

 

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