En cuanto la doncella se aburrió de llamar a la puerta, até un extremo de la soga al respaldo de la pesada cama de roble y lancé el resto por la ventana, hacia la noche que se alojaba con rapidez en los rincones del castillo. No tenía otra opción: la escalera estaba custodiada por los guardias de mi padre, y era cuestión de minutos para que la doncella regresara junto mamá para derribar mi barricada, como había hecho la tarde anterior. Por eso, con la espada colgando del cinto como único equipaje, trepé al alfeizar y los retazos de seda crujieron cuando les confié mi peso en el muro exterior de la torre. Detrás de mí, había un vacío de oscuridad solo roto por el destello de las hogueras en el campamento de la colina, al otro lado de la muralla.
Sin embargo, yo era flaca y liviana, con brazos fuertes, y la piedra tenía varias grietas donde apoyar los pies, así que la bajada resultó sencilla. Una vez en el solitario patio de armas, destapé la coladera más cercana y bajé los peldaños de una escalera de metal, sosteniendo en alto una antorcha que tomé de la pared. El túnel del desagüe era amplio, lo suficiente para caminar un poco inclinada si no te importaba chapotear en veinte centímetros de agua pútrida, e ignoré el peso del vestido mojado hasta que di con una salida cubierta por una oxidada reja protectora, la cual crucé ladeando el cuerpo entre dos barrotes flojos. Al otro lado, me encontré bajo el espeso ramaje del Bosque Misterioso, con las hogueras del campamento como destellos lejanos, y solté un suspiro de alivio.
Seguí el riachuelo otro tanto, internándome más en la espesura, y me desvié ascendiendo por el terreno hasta que di con las ruinas: un laberinto de torres derrumbadas entre los árboles, columnas cubiertas de enredadera y desgastadas estatuas semienterradas brillando como apariciones de ultratumba a la azulada luz de la luna. Caminé entre ellas, dejando atrás la antorcha para ver mejor mientras me preguntaba de donde podrían haber salido. Ni mis padres ni mi institutriz me lo contaron jamás, y nunca me animé a preguntarles porque habría tenido que admitir que estuve ahí en alguno de mis escapes de incógnito anteriores.
De repente, una estatua se movió y supe que era el guía contratado por mis primas. Me daba la espalda en mitad de lo que en otro tiempo fue un patio de armas, apretando las hebillas de la silla de montar al lomo de un fabuloso grifo plateado. Esto me tomó desprevenida —esperaba encontrar a un paje con un par de caballos—, pero quedé cautivada por la extraña mezcla de rasgos que formaban al animal: la cabeza y las alas de un águila, pegadas al poderoso cuerpo de un león. Tanta fue mi fascinación, que no vi la piedra que me enganchó el pie y caí de bruces al piso.
—¿Estás bien? —preguntó el joven, estirando la mano para ayudarme, y yo la aferré. Cuando quedamos cara a cara, me llevé una sorpresa tan grande que casi volví a caer.
—Esto tiene que ser una broma —dije, dando un paso atrás—. ¿Tú eres… James?
—James Grisham, a tu servicio —confirmó él. Intentó tomarme de nuevo la mano para besarla y se la quité del tirón—. ¿Qué te sucede?
—¿Y todavía lo preguntas?
La luz de la luna delató el rubor en sus mejillas. James se dio la vuelta y caminó hacia el grifo.
—El pasado no se puede modificar —dijo, dándome la espalda—. Además, tampoco era mi intención avergonzarte.
—Entonces, ¿para qué me regalaste la rosa?
—Eso hacen los caballeros, ¿no? Ven a una princesa y le suplican por una sonrisa. Tú deberías entenderlo.
—¡Yo no tengo que…!
—¡Hey! ¿Vas a salirme con este berrinche ahora? —me cortó James, volviendo a mirarme—. Tus primas me pagaron para llevarte fuera del reino y lo pienso hacer, así que apúrate. Ven y te ayudo a montar.
—A mí no me das órdenes. ¿No sabes quién soy?
—Eres Madeleine Deveraux, la hija del rey de Dermorn —dijo James, dando unos pasos hacia mí—. Estoy arriesgando más que mi propio pellejo haciéndote este favor y tú lo estás complicando más de la cuenta. ¿Por qué no dejas de comportarte como una niña y…?
Desenvainé la espada.
—No te acerques más —dije. Era cuestión de un parpadeo para que el tiempo se me terminara, si es que ya no se había terminado y mamá había puesto a todo Camin Balduin alerta por mi escape. Si era así, literalmente cada segundo contaba y tenía que seguir a ese chico sin dudar. Pero no podía confiar en él, no quería hacerlo. ¿Por qué de todos los sin vergüenzas en el reino dispuestos a vender su honor por un poco de dinero, Catherine y Danielle tenían que contratarlo a él? Era la última vez que confiaba en ellas.
—¿Pensabas matar a mucha gente allá afuera? —se burló James, con una sonrisa torcida—. ¿Para qué llevas esa arma?
—Para defenderme de bribones como tú.
—¿En serio? —James desenvainó la espada e intentó apartar la mía del camino; y a su movimiento lento y gentil, que no pretendía ser nada más que otro de sus intentos para hacerme entrar en razón, le respondió un golpe tan fuerte que casi lo derribó. Pero logró mantenerse en pie y, mientras los aceros vibraban por el primer embate, volvió a la carga con mayor furia. Me lanzó estocadas a diestra y siniestra, y yo se las paré todas, porque siempre fui muy rápida. De hecho, por cada golpe que le paré, él tuvo que parar dos, y en menos de un parpadeo el duelo se inclinó a mi favor.
—¿Quién te enseñó a pelear? ¿Tu mamá? —me burlé. Las espadas firmes, forcejeando entre ambos.
—Hay que ver quien lo dice.
James empujó y yo di un paso atrás tan brusco, que mis piernas se enredaron en el vestido. Lo próximo que sentí, luego de golpear el trasero contra el suelo, fue el pinchazo de su hoja en el pecho.
—¡Eso es trampa! —me quejé—. Si no fuera por el vestido, yo…
Pero me callé al verlo sonreír.
—Solo vi mi ventaja y la aproveché —dijo.
—Ah, ¿sí? Pues aprovecha esto.
Con un revés de izquierda a derecha, le aparté el arma a un lado y di una voltereta para quedar a su espalda. Lancé una estocada que rechazó con mucha dificultad y comencé a correr a su alrededor repitiendo la operación una y otra vez: una a la cabeza, luego otra a las piernas y después una contra el muslo… Hasta que con un hábil zig-zag, tan rápido que no lo vi venir, me arrancó la espada de las manos y terminó clavada tres pasos más allá. Cuando me incliné para recogerla, sentí el frío beso del metal en el cuello.
—Admito que eres buena.
—Déjame en paz.
James bajó la guardia.
—No quiero hacerte daño. Solo me interesa cumplir con el trato —dijo, viendo como recogía mi espada. Caminó hacia el grifo y lo montó—. ¿Qué tal si dejamos a un lado las diferencias y nos vamos antes de que venga alguien?
Devolví la espada a su vaina y suspiré.
—De acuerdo —dije, sintiéndome más avergonzada que en la tarde anterior. James me ayudó a montar al grifo, lo que hice con ambas piernas hacia la izquierda, igual que solía hacerlo a caballo.
—Abrázate a mí: esto será un poco movido —me advirtió, y yo le obedecí de mala gana—. ¿Por qué apestas a retrete?
—Escapé a través de una alcantarilla.
—Wow, eres la princesa más rara que he conocido, ¿lo sabías?
—¿De verdad? —Las mejillas se me colorearon—. ¿Y a cuántas conoces?
—Eres la primera.
James movió las riendas y el grifo corrió por el patio con las alas extendidas. Cuando las batió, las torres y las paredes en ruinas quedaron ocultas entre las copas de los árboles, y las nubes se acercaron a darnos cobijo; el zumbante viento húmedo me azotó el cabello contra la espalda y la armadura de James se llenó de gotitas de agua condensada. Entonces, la respiración se me dificultó. El corazón se me encogió en el pecho mientras la gravedad me empujaba el contenido del estómago, haciendo que me preguntara qué llegaría primero al piso: yo, si me resbalaba, o mi vómito cuando fuera incapaz de seguir reteniéndolo. Pero la luz de la luna nos dio de lleno al salir encima de las nubes, y todo el malestar se me olvidó ante la sensación de flotar sobre otro planeta, con algodonosas colinas y cañones azul y plata, y simas color tinta en los parches donde se veían las profundidades salvajes del Bosque Misterioso. El cielo, de un violeta cremoso, estaba cargado de estrellas celestes y amarillas, y era tan bello que al mirarlo perdí la noción de cuán rápido nos movíamos. Y tanto era así, que las lejanas montañas del norte, que apenas se ven desde Camin Balduin, pronto se levantaron ante nosotros como una invencible muralla de piedra. El grifo pasó volando como meteorito entre las dos cumbres más altas y se arrojó en picada contra las nubes.
Solté un grito.
—¿Quieres bajar el volumen? —se quejó James—. ¡Advertirás nuestra presencia a todo el reino!
—¡Detén a este animal! ¡Nos matará! —exclamé, y juro que nunca salió de mis labios una voz más fina e histérica. Las nubes desaparecieron y la inmensa alfombra del bosque se acercó a nosotros aullando como una gigantesca horda de monstruos de madera.
—Hace un rato parecías más valiente —dijo James, decepcionado. Tiró de las riendas y el grifo extendió las alas para ascender dibujando una amplia u.
Estoy segura de que tenía la cara roja por la rabia. Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca para insultar a James, una cegadora luz dorada nos envolvió, ocultando al mundo tras su resplandor. Más asustada que antes, miré alrededor para descubrir de dónde venía.
—Es la Torre Aura —explicó James.
Por supuesto, tenía razón. Durante toda mi vida había escuchado hablar de ella, pero era la primera vez que la veía con mis propios ojos: surgía desde el piso y subía cientos de metros brillando igual que el oro, hasta acabar en una punta tan afilada como la de una espada; tenía incontables molduras y arcos que formaban su estructura libre de ventanas, y desde la cima se proyectaba un haz de luz, tan magnifico como un trozo de sol, que ascendía en línea recta hasta perderse en el infinito. Mientras se alejaba a nuestra espalda, el enojo y el miedo se fundieron en mi interior en una mezcla entre éxtasis y algo de tristeza, pues significaba que ya no estábamos en Dermorn y era libre.
—Es bellísima —dije.
—Lo sé.
Miré a James, quien se había vuelto lo suficiente para mostrarme otra vez sus pupilas azules, y le devolví la sonrisa, en la cual no había burla ni cinismo. Fue como si de pronto todo se hubiera equilibrado y por fin fuéramos cómplices. Me aferré con más fuerza a él y, sin más discusiones, dejé que me llevara rumbo al norte, internándonos más y más en las tierras del mundo exterior. Las montañas habían quedado atrás y bajo nosotros el Bosque Misterioso fue disolviéndose hasta que lo sustituyeron constelaciones de luces, indicando que estábamos de nuevo en la civilización. Luego, bajamos lo suficiente para rozar los tejados de las casas de una zona residencial, y el grifo comenzó a dar vueltas en círculos sobre uno de ellos.
—Aquí es —dijo James.
Un agitado movimiento de alas precedió al aterrizaje. El grifo caminó a través de un portón y se detuvo en mitad del jardín. La puerta de la casa se abrió.
—¡Qué bueno verlos a salvo! —exclamó una mujer, viniendo a nuestro encuentro.
—Lo mismo digo —comenté. James me ayudó a desmontar del grifo, pues tenía las piernas entumecidas.
—Imagino que eres Madeleine. Me llamo Evangeline —se presentó ella, poniendo una mano sobre su pecho—. Soy la madrastra de Lorena.
—¿En serio? —pregunté, mirándola de pies a cabeza. Por las arrugas en su frente, conjeturé que pasaba los cuarenta años. Tenía la piel morena y el pelo recogido en un extraño tocado. Usaba un vestido canela, y anillos y brazaletes adornaban sus manos; James los miraba cuando Evangeline reparó en él.
—Tú debes ser James, el joven del que me hablaron Catherine y Danielle en su carta. ¿No quieres pasar y charlar un rato con nosotras? Estoy preparando una cena que está para chuparse los dedos.
James y yo nos miramos.
—Me encantaría —dijo él—, pero tengo que seguir mi camino. Solo vine a traer a Madeleine.
—Será en otra ocasión, entonces —dijo Evangeline.
James se volvió hacia el grifo y me miró de reojo.
—Adiós, Madeleine. Suerte con lo que planeas, sea lo que sea.
—Adiós —me despedí. A pesar de que sentía cierto alivio al separarme de él, me encontré luchando nuevamente contra la desconfianza. No me gustaba nada que aquella desconocida supiera mi nombre y me hablara como si fuéramos amigas de hace años, con esa voz pausada y delicada de las mujeres espirituales, y pensé que tal vez no me sentiría así acompañada con alguien más. Sin embargo, no dije nada. James montó al grifo e inició el ascenso, iluminado por la luna hasta que se perdió entre las nubes, y yo seguí a Evangeline al interior de la casa. Después de tomar una ducha, me reuní con ella en la cocina; una bastante normal, teniendo en cuenta la primera impresión, aunque no dejé de pensar en el cuento de Hansel y Gretel.
—¿Te gusta la ropa que te conseguí? —me preguntó mientras cenábamos—. Es lo que usan las chicas de tu edad en Francia.
—Más o menos —dije—. La blusa es bonita, pero es la primera vez que uso un vaquero. No estoy segura sobre él.
—La ropa de aquí suele ser más ajustada que en los Reinos Utópicos. Ya te acostumbrarás.
Hubo un momento de silencio.
—¿Cuándo partiré a Londres?
—Mañana. Me gustaría que te quedaras algunos días, porque de alguna manera te siento como mi pariente, pero sería peligroso. Yo misma te llevaré a tomar el avión.
—¿Qué es un avión?
—Será tu transporte a Inglaterra —explicó Evangeline—. Para abordarlo necesitarás documentos. Conozco a alguien en la ciudad que podrá ayudarnos a conseguirlos, así que no te preocupes. Desde ahora, si alguien pregunta, te llamas Madeleine Brown, tienes dieciséis años y vienes de Glasgow.
—¿De Glasgow? ¿Dónde queda eso?
—En Escocia. Luego te mostraré unos folletos para que sepas algo del lugar. Así será más convincente cuando lo digas.
—De acuerdo.
—Eso me lleva a hablar de tu equipaje —dijo Evangeline, endureciendo su rostro, hasta entonces sonriente—. Te preparé una valija con ropa, ya que no trajiste nada de Dermorn, pero la espada tendrás que dejarla aquí.
Me crucé de brazos.
—De ninguna manera. ¿Cómo practicaré si no la tengo?
—Me temo que no tienes opción. Jamás pasará por el aeropuerto: la confiscarán y te meterás en problemas.
—Entonces iré a Londres de otra manera.
Evangeline meneó la cabeza.
—No se puede —dijo—. Si quieres vivir este tiempo como una chica común, tendrás que ceder en esto.
Fui a dormir con un nudo en el estómago. Como dije, la espada había sido un regalo de mi padre, y nunca se me cruzó por la cabeza tener que dejarla atrás también: era como si me pidieran despojarme de mi alma, y estuve a punto de llorar. Sin embargo, al día siguiente trepé al dichoso avión, tan asustada por el ruido de las turbinas que una azafata me ató al asiento y me obligó a tragar un calmante. Cuando recuperé la conciencia, la gente me empujaba por un pasillo rodeado de amplios ventanales, donde el silbido de las máquinas quedaba amortiguado por las voces y por el traqueteo de los pies contra el suelo de mármol. Más allá, un cartel daba la bienvenida al aeropuerto de Heathrow.