Idax notaba cómo las pulsaciones de su corazón se aceleraban a medida que esperaba la respuesta final de los jefes que formaban parte del Consejo de Innovación. Sabía que el futuro de Sheir cambiaría si aceptaban sus dos proyectos más ambiciosos. Y no solo los afectaría a ellos, sino también al sistema solar Alfa.
Los dedos se le apretaban contra la tela de sus pantalones, mientras fijaba la mirada en el holograma que mostraba el veredicto final de los líderes.
No pasó mucho tiempo antes de que los ojos se le irritaran por la fatiga. Desvió la mirada y parpadeó con cansancio. Tras ajustar su monóculo, se fijó en cada uno de los miembros. Eran un total de siete, incluyéndose. Cada uno de ellos mostraba un rostro que a duras penas podía descifrar, en especial el de su padre, el presidente del consejo y el científico más influyente de Sieh.
Los ojos verdes de Fertol estaban fijos en el holograma que tenía delante con una evidente fatiga. Ajustó sus gafas rectangulares para luego cruzar los brazos. Los labios se le apretaron y exhaló con pesadez. Su cabello blanco caía sobre la frente, pero ya se había rendido en el intento de recolocárselo.
Idax apretó los puños y cerró los párpados un instante.
«Dime que al menos tendré un sí», pensó, con el pecho encogido.
Cuando volvió a abrirlos, no pudo evitar fijarse en sus zapatos blancos, atados por cordones que formaban una estrella. Un detalle absurdo, pero para él era el recordatorio constante de que su mayor sueño debía cumplirse.
En apenas segundos, el holograma, situado en medio de la gran mesa redonda de piedra azul, se iluminó en colores plateados. Esa señal dejó sin aliento a Idax.
—Daremos paso al proyecto de la Intangibilidad —dijo Fertol, con una voz firme que captó la atención de todos los líderes.
En el holograma se mostraron los resultados. Idax sintió cómo se le sacudía el pecho al ver que solo dos de ellos estaban de acuerdo: Driena Valharen, líder de la división de Biotecnología, y Eldir Maeroth, líder de la división de Física Cuántica Espacial. Los demás habían votado en contra.
—Qué curioso —comentó Kevrik, general de la división de Seguridad y Defensa—. No pensé que aceptarías, Driena.
Driena, la líder de Biotecnología de unos cuarenta años, asintió con lentitud. Con cuidado, se puso en pie a pesar de que el cuerpo le temblaba, y ya no solo por el cansancio. Ajustó sus gafas rectangulares y se fijó en cada uno de ellos para hablar al fin:
—Considero que la intangibilidad no debe limitarse únicamente a las naves o edificios, sino que también debe aplicarse a los organismos vivos. —Puso la mano en el pecho—. No solo significaría salvar a los nuestros, sino también a lo que nos rodea.
Idax asintió con una sonrisa aliviada.
—Es preservar nuestro hogar, en especial para los habitantes de Isef e Isef’eh —añadió, aferrándose al borde de la mesa de piedra azul para estabilizar su frágil cuerpo sin tener que levantarse bruscamente—. Protegería sus hogares, y en el futuro podríamos facilitar significativamente su movilidad y transporte.
Kevrik rodó los ojos, molesto.
—Sabes que es un tema delicado tratar con los Irdeos, Idax —le aclaró con un tono firme—. Son muy reacios a la evolución.
Idax asintió con lentitud.
—Tengo constancia de eso —respondió.
La tensión entre Kevrik e Idax se palpaba, pero no escaló gracias a la intervención de Helian, líder de Medicina y Alquimia Moderna:
—¿Por qué votaste a favor, Eldir? —preguntó, extrañado.
Eldir, con una sonrisa segura, movió la mano derecha. De la tecnología que tenía incrustada en su piel, surgió un haz de luz que proyectó diversas infraestructuras de la ciudad de Sieh.
—¿No es coherente? Sufrimos alteraciones de la propia naturaleza —explicó, mientras se ajustaba las gafas semicirculares—. Lluvia de estrellas, terremotos en la montaña, alteraciones en el río Ífel… Y ya no hablemos de lo interesante que sería aplicar la intangibilidad junto con el Destello.
La tensión se disparó en la sala. Las miradas de los demás líderes se volvieron más angustiadas, en especial la de Fertol, que hasta entonces solo había escuchado con un rostro inexpresivo. Exhaló con pesadez y observó el holograma central.
—Justamente continuaremos con los resultados del proyecto Destello —anunció, sin inmutarse por la votación anterior.
Idax tragó saliva y, al mirar el holograma, cerró los ojos, adolorido. Solo Eldir había votado a favor.
—Parece que no aprendes, Idax —dijo Kevrik, con su rostro maduro y surcado de arrugas. Sus ojos marrones se posaron sobre el joven líder como si fuesen pesadas placas de hierro—. ¿Acaso no sabes rendirte?
Idax lo miró de reojo, con un desprecio contenido.
—Yo…
—Me sorprende que hayas votado a favor, Eldir —interrumpió Helian—. ¿No ves el peligro que esto supone?
Eldir sonrió con suficiencia y se acomodó las gafas.
—Solo piensen en la opción de tener un teletransportador que use como base las estrellas —argumentó, con las manos apoyadas en las caderas—. Sería extremadamente veloz y ahorraríamos en costos de materiales.
—Serían mucho más útiles y seguros los portales dimensionales —rebatió Hestarn, líder de la división de Energía y Tecnología Aplicada—. Un Destello, al provenir del cosmos, representa un riesgo demasiado alto.
—Como también lo es un portal dimensional —intervino Idax con tono firme, a pesar del puñal de decepción que sentía clavado en el pecho—. El inmenso coste de energía que implicaría mantenerlo activo ya es un riesgo de por sí. Además, Oxygene nos advirtió que los habitantes de Elminar tenían algo similar y terminaron siendo detectados por la Niebla porque interfirieron en sus portales. Por eso los invadieron. Con un Destello la situación sería distinta porque no podrían alterarlo. El control absoluto estaría en nuestras manos.
—Una estrella que nos teletransporte a otro mundo tiene el mismo riesgo que un portal dimensional —sentenció Fertol, con una dureza que buscaba quebrantar la resolución de Idax—. Que lo tengas en tus manos no significa que sea más seguro.
—Te equivocas. Sí sería más seguro porque nosotros lo controlaríamos —aseguró Idax, apoyando la palma de la mano sobre la mesa de piedra azul, lisa y fría, junto al holograma—. Estos Destellos estarían en posesión única de nuestros aliados más fiables. Gada y Oxygene serían los únicos que dispondrían de ellos.
—¿Y qué utilidad real tendría si solo lo tienen ellos? —cuestionó Fertol con frialdad—. Quieres que el Destello reduzca los costos, pero ¿qué tan seguro estás de que pueda transportar materiales? ¿Y qué tan seguro estás de que nos llevaría con precisión a Exoia o Chekria?
—Sería posible con…
—¿La magia de las chekrinas? —lo interrumpió Fertol, enarcando una ceja—. ¿Bajo qué consentimiento?
—Kappa estaría de acuerdo.
Fertol soltó una carcajada áspera.
—Ni siquiera se lo has preguntado porque eres consciente del altísimo riesgo que conlleva, y más tratándose de magia —respondió, apoyando ambas manos sobre la mesa—. ¿Qué pretendes con esto, Idax? ¿Acaso buscas perder tu puesto como líder de la división de Exploración Espacial?
Idax no se dejó amedrentar por la amenaza. Su padre requería la aprobación directa de la Corona para que tal destitución se cumpliera, y él sabía bien que los soberanos no serían tan severos, considerando todo lo que había logrado en estos últimos años.
—Solo busco alternativas viables para poder desplazarnos —respondió, reuniendo todo el valor que le quedaba—. Sabes que el cinturón de asteroides es un obstáculo que afecta a nosotros y a todos nuestros aliados. No podemos movernos por el cosmos con libertad, menos aún con la Niebla acechando.
—Entonces concéntrate en endurecer las defensas de las naves —lo interrumpió Fertol, clavando sus ojos en él—. Oxygene te ofreció las mejoras que incorporaba su nave, e incluso viajaste a Exoia para conocer de primera mano su tecnología. ¿Por qué no te centraste en eso?
Idax se aferró con más fuerza a la mesa, sintiendo cómo la tensión acumulada le entumecía las manos. Los dedos le dolían por el esfuerzo, pero se negaba a mostrar debilidad física ante el escrutinio de su padre.
—Lo hice, pero…
—Pero prefieres perder el tiempo con proyectos inútiles —sentenció Fertol con una frialdad que sumió a toda la sala en un silencio sepulcral.
Idax bajó la cabeza, permitiendo que su cabello azulado le cubriera los ojos. El corazón le latía desbocado y apretó los dientes, intentando contener la frustración. Luchó por calmar el temblor de sus hombros y de estabilizar su respiración, pero la fatiga extrema propia de su fisonomía lo venció, obligándolo a dejarse caer en el asiento.
—Puede que tu proyecto de la Intangibilidad tenga viabilidad, pero replicar esa habilidad de forma controlada a partir de los trishf es complejo por su naturaleza evasiva —continuó Fertol, moderando la aspereza de su voz—. En cuanto al Destello, no voy a permitir que continúes con esa investigación.
Idax alzó la cabeza de golpe, alarmado.
—¡Pero…!
—No, Idax —zanjó Fertol con severidad.
Su potente voz rebotó contra las paredes de la gran sala de debates dentro de la torre flotante. En ese instante, pareció que la luz emanada por los musgos bioluminiscentes y los cristales de energía se había sacudido por la vibración.
—No habrá más intentos —prosiguió Fertol, barriendo con la mirada a los demás líderes del consejo—. Si alguno de los presentes tiene alguna objeción, que hable ahora.
Idax fijó sus ojos en cada uno de los líderes, buscando un atisbo de apoyo que le devolviera la esperanza para seguir adelante. Por desgracia, ninguno tuvo la entereza para pronunciarse.
Fertol esbozó una sutil mueca de alivio y asintió.
—En ese caso, damos por concluida esta reunión —anunció, deslizando la mano sobre el panel de control holográfico. Tanto su proyección como las de los demás líderes se desvanecieron al instante—. Pueden retirarse.