El cielo no necesita explicarse.
Si mañana va a llover, no manda señales ambiguas ni espera a que alguien le pregunte directamente "¿vas a llover o no?". Lo dice con la presión atmosférica. Con la forma exacta de los cirros a las seis de la tarde.
Con el color del horizonte, que no miente nunca, ni siquiera un poco. Todo está ahi, disponible, para quien sepa mirar.
Las personas no funcionan asi.
Cada mañana, antes de que suene mi alarma, ya estoy en el balcón con el cuaderno abierto.
Cúmulos dispersos, vientos del sureste, 1013 hectopascales. Anoto la hora exacta.
Mi padre me enseñó a leer el barómetro antes de que aprendiera a leer libros de texto, y todavia hoy, si cierro los ojos, puedo sentir su mano guiando la mia sobre el instrumento, sin decir una palabra de más, porque entre nosotros las palabras de más nunca hicieron falta.
El cielo de hoy: despejado. Sin sorpresas.
Ojalá las personas tuvieran un instrumento asi.
Tenia ocho años la primera vez que entendi que algo en mi leia el mundo distinto a los demás.
La maestra nos pidió que nos miráramos a los ojos por parejas y dijéramos "buenos días".
Una actividad simple. Un ejercicio para romper el hielo del primer dia de clases.
Mirala a los ojos. Solo son dos palabras. Buenos dias. Buenos dias. Buenos dias.
Lo repeti tantas veces en mi cabeza que cuando finalmente abri la boca, ya habian pasado diez segundos completos de silencio. Diez segundos es mucho tiempo cuando alguien está esperando que hables.
Desde afuera, lo que vieron fue esto: una niña que se quedó mirando el suelo y no dijo nada.
Nadie vio los diez segundos de adentro, de mis pensamientos.
La maestra, con buena intención, le pidió a otra compañera que "fuera paciente conmigo".
Como si yo fuera frágil. Como si necesitara que me trataran distinto.
Lo que en realidad necesitaba era que alguien entendiera que mi silencio no era vacío. Estaba lleno.
Solo que de cosas que no salian a tiempo.
Después de esa clase aprendi mi primera regla: cuenta hasta tres antes de responder, asi no parece que ignoraste a alguien.
Con los años junté más reglas. Sonrie cuando te saludan, aunque por dentro estés calculando si fue una pregunta o un saludo. Asiente dos veces cuando alguien habla, para que sepa que estás escuchando, aunque en realidad estés escuchando con tanta intensidad que ya no te quedan fuerzas para nada más.
Mira a la altura de las cejas si no puedes mirar a los ojos; nadie nota la diferencia, y a ti te incomoda menos.
No son trucos para engañar a nadie. Son traducciones.
Aprendi un segundo idioma antes de los doce años, y ese idioma no se hablaba con la boca: se hablaba con la cara, con el cuerpo, con el timing exacto de una respuesta. Lo aprendí tan bien que casi nadie sospecha que lo sigo traduciendo, palabra por palabra, todos los dias.
Casi nadie sabe lo cansada que termino al final de una conversación que, para los demás, no fue nada.
◇ ◇ ◇
Tengo dieciséis años ahora. El cuaderno de nubes ya va por su cuarto tomo. Mi padre sigue saliendo a pescar antes del amanecer, y yo sigo despierta como todas las mañanas para verlo partir, aunque no hablemos.
Hay dias en que pienso que ese silencio compartido con él es la única conversación en la que nunca me equivoco.
Esta mañana, antes de bajar a desayunar, anoté el cielo como todos los dias.
Despejado. Sin frentes frios a la vista. Sin cambios previstos para la semana.
Lo guardé en mi mochila junto al resto de mis cosas: el almuerzo que preparó mi madre, el libro de ciencias de la tierra, los audifonos que uso entre clases cuando el pasillo se llena de demasiadas voces a la vez.
En la reunión de la mañana, la directora anunció algo sobre un estudiante de intercambio. Un nombre extranjero que no logré retener del todo. Llegaria la semana próxima, dijo, desde algún pais del norte de Europa.
No le presté demasiada atención. Los anuncios sobre gente nueva nunca me importan mucho: la gente nueva significa, casi siempre, más reglas que aprender, más expresiones que traducir, más oportunidades de tardar diez segundos de más antes de responder algo tan simple como "buenos días".
El cielo de hoy estaba despejado. Mi cuaderno no preveia ningún cambio.
No tenía forma de saber que, esta vez, el cuaderno se iba a equivocar.