I. Onni
El invierno llegó a Amanogawa de una forma más discreta de lo que esperaba.
No como en Finlandia, donde el cambio de estación tiene fechas casi exactas y consecuencias visibles: la nieve, las horas de luz que desaparecen, el sonido diferente que hace el viento cuando ya no hay hojas en los árboles. Acá, el invierno se fue filtrando gradualmente: dias más cortos sin que nadie lo declarara, un frio costero que entraba más por el cuello que por la ropa, el mar de un azul más oscuro a partir de las tres de la tarde.
Asahina lo anotó con más detalle que yo. Siempre lo hace.
Yo anoté otras cosas, de la manera imprecisa con que anoto las cosas que todavia no sé exactamente cómo categorizar.
Por ejemplo: que, a partir de la segunda semana del tercer trimestre, empecé a notar que una chica de tercero B aparecia con cierta frecuencia cerca de los lugares donde yo estaba. No de forma invasiva. No de una manera que requiriera ninguna acción de mi parte. Solo estaba ahi, con la naturalidad de quien tiene derecho a ocupar el mismo espacio y, cuando nuestros caminos se cruzaban, hablaba con esa facilidad que tienen las personas para quienes hablar no representa ningún costo.
Se llama Fujiwara Nao. Lo sé porque me lo dijo ella misma, directamente, la primera vez que me preguntó algo sobre una tarea de historia que compartiamos por el sistema de materias electivas.
—Fujiwara. Tercero B. Estamos en historia juntos, aunque quizás no me notaste todavia.
—Onni. Finlandia.
—Si, ya sé. —Se rió, sin la incomodidad que todavia tienen algunos cuando no saben bien cómo tratarme—. Todo el mundo sabe quién sos.
La conversación sobre la tarea duró diez minutos. Me pareció una persona amable. Competente. Sin ningún tipo de agenda que yo pudiera detectar, lo cual no significa que no la hubiera; solo que, si la habia, estaba fuera del rango de lo que soy capaz de leer en estas situaciones.
Lo que si noté, sin planteármelo como una pregunta directa, fue algo que pasó esa misma semana durante el almuerzo bajo el alcanforero.
Ella apareció para preguntarme algo, esta vez sobre la fecha de entrega de la tarea. Cortés. Eficiente. Estuvo menos de cinco minutos.
Cuando se fue, el silencio que quedó bajo el árbol fue distinto al de siempre.
No peor. Solo distinto. Como si el espacio hubiera necesitado un momento para volver a ser el espacio de siempre después de que alguien que no pertenecia a él hubiera estado adentro.
Sora siguió comiendo. Asahina tenia el cuaderno abierto en la misma página en que lo tenía cuando Nao llegó, pero el lápiz no se habia movido.
No dije nada.
II. Tsumugi
Hay un tipo de nube que aparece en los bordes del horizonte cuando el tiempo va a cambiar, pero todavia no cambió: delgada, casi translúcida, demasiado pequeña para tomarse en serio por si sola, pero que los meteorólogos con experiencia aprenden a registrar de todas formas porque, a veces, es el primer dato de algo más grande que viene después.
No siempre significa nada. Pero vale la pena anotarla.
Fujiwara Nao tiene el pelo recogido de una forma diferente todos los dias, como si encontrar variaciones fuera algo que le resulta fácil y agradable, en vez de una variable más que calcular cada mañana. Habla sin pausas largas. Cuando algo le parece gracioso, se rie sin verificar primero si está bien reirse. Cuando tiene algo que decir, lo dice.
La vi hablar con Onni por primera vez hace dos semanas, en el pasillo cerca de las aulas de tercero. No los escuché. Solo vi: ella hablando, él respondiendo, los dos con esa postura relajada que tienen las conversaciones que no le cuestan nada a ninguna de las dos personas involucradas.
Lo registré como dato. No le asigné categoria todavia.
El martes siguiente apareció en el almuerzo.
Llegó hasta el árbol con esa confianza de quien no necesita calcular si tiene permiso de acercarse. Le preguntó algo a Onni sobre una tarea. Onni respondió. Ella hizo un comentario. Onni sonrió.
Sora comia.
Yo tenia el cuaderno abierto. El lápiz en la mano.
No anoté nada durante los cuatro minutos y algo que ella estuvo ahi.
No porque no tuviera nada para anotar. Los datos de la tarde estaban disponibles: el cielo tenia cirros dispersos que merecian registro y la temperatura habia bajado dos grados desde el mediodia. Todo eso estaba ahi, esperando.
El lápiz simplemente no se movió.
Cuando Fujiwara-san se fue, Sora levantó la vista de su caja de almuerzo y me miró. No dijo nada. Volvió a su almuerzo.
Retomé el registro.
¿Qué fue eso?
No la pregunta sobre Fujiwara-san. La pregunta sobre el lápiz.
El lápiz siempre se mueve. Es uno de los pocos automatismos que tengo, una de las rutinas tan asentadas que no requieren una decisión consciente: abrir el cuaderno, anotar la hora, empezar el registro. No falla. No depende de cómo esté el dia ni de cuánta energia me quede.
Falló durante cuatro minutos mientras ella hablaba con él.
¿Por qué?
Cuando llegué a casa esa tarde, lo busqué de la misma forma en que busco cualquier dato que no entiendo: sistemáticamente, desde el principio, sin saltarme pasos.
¿Cuándo empezó? Cuando ella llegó al árbol.
¿Qué cambió? Nada observable. Llegó, habló, se fue. El árbol siguió siendo el árbol. Onni siguió siendo Onni.
¿Qué senti?
Ahi fue donde el sistema se trabó.
No fue molestia. No exactamente. No fue incomodidad en el sentido en que la conozco —ese cansancio acumulado de procesar demasiadas cosas—. Fue algo más pequeño y más especifico, localizado en algún lugar que no tengo nombre para señalar con precisión.
Como cuando una lectura del barómetro no coincide con el patrón esperado y sabés que hay algo que estás mirando mal, pero todavia no encontrás el ángulo correcto desde el cual lo que ves tenga sentido.
Abri el cuaderno en la página del dia. Anoté los datos de la tarde con retraso, con la letra un poco menos ordenada de lo normal.
En el margen, escribi:
Aparecieron nubes nuevas en el horizonte. Demasiado pequeñas para un pronóstico.
Suficientes para anotarlas.