DISNOMIA Y AMALTEA
Por: Roberto Chu

Vía Láctea. Vientre de leche.
—¿Quienes somos?
Somos todos un solo fruto, somos sacrificios de un mismo vientre...
—Estelar.
Sangriento. Somos cabritos al matadero que esperan en el regazo del caos junto a la hija ceniza que lo impregna todo, que se te queda en la garganta, que nubla tu vista cuando mueve la mano...
—¿Aún puede madre sentir algo?
La contracción del embarazo, el corte del seno cercenado y el grito de mil hijas desolladas.
—¿Y qué pasará mañana?
...
Mañana nacerá el siguiente cabro al matadero.
—¿Y qué hacemos?¿Cómo nos salvamos?
Castigando a la mano roja. Castigando a la mano culpable. Castigando a la artífice de la sequía de los cuernos de la abundancia.
—¿Cómo castigamos?
***

Y la madre primera, pegada a la ventana, con la frente lindante al vitral frío, estiró el brazo y te señaló. Te tocó con esos ojos y con esa pregonería diaria... «Ha llegado, ha llegado un nuevo hijo»; hubiste llegado al pequeño templo, a esa isla de estrella íntima del mundo cuando su materia se fundía con las nuevas estatuas de cobre: con esos ofidios, caprinos y leoninos hundidos en el techo de mármol, oro, madera y nebulosa de polvo estelar como una piel del arcoiris abigarrado; una bandera cosida contra otras al borde del universo neonato: Antes de cualquier división. Antes de los hombres de la edad de bronce, cuando vivían todos en un solo hogar... dentro, la alarma: «...un nuevo hijo». Conmovedora. Una señal materna se posó en las orejas de las nutricias que sostenían aún la noche en sus pechos mientras los bebés bebían la llama empañada del primer néctar; y por ese presagio, ¡por ti!, por ti dejaron sus labores, una a una; se acercaron a recibirte. ¡A bailar fuera del palacio de Amaltea! A bailar porque se encontró nueva piel húmeda bajo la luz pálida. Ea, a bailar los cabellos largos, las telas cortas, los cuerpos semidesnudos con orejas de cabra y hechura de hembra que cualquiera confundiría con una futura Pandora o la intrusa judeocristiana Eva.
«...Una nueva dicha»... Y una se inclina hacia la entrada más rápido, abandona el calor, atraviesa el pórtico y lanza su mirada a la intemperie: al cielo con su mezcolanza de abismos y ojos de lluvia de estrellas contra agujeros llenos de vacíos que el resto de animales piensan el todo y su fin. Y ahí mismo mira el suelo que se deleita del rito tepsicoreano1, que se extiende en la isla suspendida, como un altiplano con burbujas de océanos y con desiertos recogidos y tragados bajo tierra donde yacen cascadas invertidas junto con animales primigenios y árboles multifrutales, y mira debajo de uno.... bajo su sombra, sobre las hojas intactas, te encuentran esos ojos. Los ojos de pupilas horizontales que se enferman al verte.
¡Pobre los ojos amarillos de esa ninfa a la que años después asesinarías con tu roja mano izquierda!
1.Relativo a la musa de la danza y a este mismo arte.

¡Asesina! Con ese rostro carmesí, esos muslos delicados, y esos pechos destinados a crecer, a igualar el tamaño de una hija de Amaltea.
¡Asesina!
...
Niña, pero qué arreboladas son tus mejillas. Qué tal cruel carmesí tejieron como piel los dioses en tu cuerpo. Qué tal agravio de nombre decidieron los asesinos hacer el antecedente de tu llegada: «¡Δυσνομία!, ¡Δυσνομία!»; sin ley, sin norma u orden... porque así llegaste al templo de las ninfas caprinas. Dentro, cuando su nutriz primera pregonó con dicha: «...Un nuevo niño», y las que te hallaron respondieron: «Mentira. No con esa hechura de hembra que cualquiera confundiría con una futura Pandora» (o la perra intrusa y extranjera Eva), no con esos muslos delicados y esos pechos destinados a crecer e igualar la producción láctea de una caprina. Ya sabes... las demás creadoras que asesinarías años luego con esas manos y esos ojos vacíos... a quienes arrebataste de los primeros hombres como lo hiciste con el néctar albo y las cornucopias que los alimentaron antes de hallarlas en forma de pieles sueltas, sin contenido óseo. Por siete días consecutivos. Aquella cosecha que trajiste fue de la muerte, de la diosa recién concebida, Tánatos, junto con su hoz, porque es ese principio tu homólogo... Huelga negarlo, mujer, ¿no ves que la anti-vida nació con tu piel roja en su paraíso? Por eso hicieron lo que hicieron: te arrancaron las manos y cercenaron esas montañas del pecho. Por eso estás llorando. Por eso estás muriendo. Por eso estás arrojada al vacío del universo desde esta tierra que se vuelve baldía... ¡Por tu culpa! ¡Por tu culpa!
Al menos eso dicen los inmortales... Perdón, ya han perdido ese privilegio cuando se agotaron de néctar albo; ahora son mortales. Si sirve de consuelo, Disnomia: aquellos hombres que aplastaron tu cabeza con rocas y colmillos leoninos, ahora sangran como tú lo hiciste.
Y si te sirve de mucho más... ¡Bella piel carmesí!, la verdad es que de su miseria nada tienes culpa. Prefirieron mirar a su diestra y siniestra y nunca pensar en el padre trueno que observa siempre de arriba y que de vez en cuando baja vistiendo sus pieles, sus huesos y sus sangre que otrora, y en ese entonces, fue blanca. Es jocoso, mujer, nadie nunca piensa en este Dios que precisa de más ojos y oídos... que necesita de sus alabanzas como ellos, la leche de las nutrices, como alguna vez yo la necesité de tu madre, mi querida Amaltea.
La verdad es, pobre niña, que tu error no fue crecer ni tener esas prominentes colinas o ese vacío en la entrepierna. Tu error fue el que yo quise que fuera... Desde que me acerqué como hombre a tus madres —una más que otra— y me amamanté de sus ubres hasta sacarles los tuétanos. Desde que corté sus tallos de la abundancia y arrojé las cornucopias hacia el filo del universo. Desde que fui yo quien permitió la extensión ad infinitum2 de las estrellas y planetas. Desde que fui yo quien, en ese arranqué salvaje y desmedido, distribuí —sin querer— alrededor de Gea3 frutos, minerales, huevos y crías sobre todo su cuerpo... Desde que hice yo que los hombres comenzaran a verte más de cerca, que vieran tu color rojo como el color de su ira y que encontraran en esos pechos la urgencia de tenerlos en la boca. Desde que te concebí. Y desde que te entregué al mundo.
2. Hasta el infinito.3. La tierra.

¡Querida hija, discúlpame! ¡Fui débil! Pero es mucho más fácil creer en algo cuando no hay nada en el cosmos que nos pueda salvar, que no los pueda saciar hasta el infinito, y a mí sí me sirve de consuelo saber, mi niña, que cuando el mortal pierda la cabeza y culpe al otro por aquellos recursos que se acaban día a día; estarás ahí, mi Disnomia. Hermana Disnomia, hija Disnomia, como te llamaba, con mil bocas, la primera diosa caprina; porque ¡fuiste tú también! cuando ganaste ese corazón suave de madre, fuiste tú mi carne y edificadora cuando Amaltea se enteró del fratricidio, fuiste tú quien, a través de esa madre que nos ama a todos, esos hombres fueron echados del paraíso.
¿Ves?
Lograste mi cometido. No llores más. Ya tu líquido rojo recorre, como el remordimiento, las venas del hombre mortal.
¿Acaso no estás feliz?
Yo lo estoy.
***

—He perdido a las que siempre he amado, a las que siempre esperaba en casa. Ya tenían suficiente de esta vida y suficiente de mí. Igual que sus hijos... Nunca tengo un problema cuando mis hermanos se me acercan, tampoco cuando pasan sus colmillos sobre mi cuello. Aunque de vez en cuando, los extraño más pequeños.
Siempre te han echado a un lado. Se merece lo que les haremos...
—Hubo una época donde no existía una piel roja o una blanca. Sí, esos recuerdos, que están aquí conmigo; recuerdos que me comparten sollozos de unos hermanos de un solo vientre... Están ahí, los veo. Es suficiente. Y no es este recuerdo de ellos pasando sus labios sobre mi pecho para ocultar su gran tristeza. Creo que ahora en adelante, a pesar de la falta de un seno al cual amamantar, escucharé mi corazón...
¿Entonces se cansaron de escuchar tu corazón? Ahora tus madres se han ido en paz y tranquilidad, pero no les han dejado ni eso a tus hermanos...
—Escucho: nos matará esta roja, matemos a esta roja.
¿Dónde está el amor que estaba destinado a los hermanos?
—Las palabras de madre son solo un recuerdo... y me está atormentado que seas solo nostalgia. Así que vuelve porque estoy olvidando el tono en que dices te quiero. Regresa y diles que no fui yo, madre. Soy buena hija. Soy buena hermana. A la luz de la sombra, siempre me porto bien... En tu casa, siempre... ¿Supongo que ahí es donde te encontraré? Pero sus gritos, su llamado...
Qué tal agravio de nombre decidieron los desolladores hacer el antecedente de su emboscada: «¡Δυσνομία!».
—Me dicen que no puede ser nada que no me hayas enseñado antes, madre Alba. Sí, la vida es solo un juego. No hay nada en el mundo que no se solucione con un perdón...
A alguien le horroriza la palabra «lo siento» atascada en la mandíbula, atascada con la presión en la distancia, con el último esfuerzo del cuerpo y el dolor en reposo vomitado hacia arriba, hacia las bocas dispuestas.
—Y los cuerpos desnudos sobre mí... Lo siento, siento mucho el dolor que me castiga, madre... Perdóname por no saber pedirlo como tú.
...
Hija...
—¿Madre?
Sigue mi voz.
Ordénate.
—Me duele el vientre mío, madre, grito al cielo cada flor roja, una detrás de otra, parece insaciable y florece en mi vientre... Duele su color carmesí...
Sigue mi voz...
Ordénate.
—Cadáveres maternos atados desde los hombros hasta las manos, cada uno continua después del puñal del otro: que deje de respirar junto a nosotros, es la orden, madre, y el dolor se desplaza hacía mi sexo... ayuda con el dolor, recógeme... alguien ya ha llevado la tensión hacía dentro, con el filo dentro. Se abandona el resto de mi cuerpo, ¡terrible! Y frente a ellos, entrego las fuerzas y todo cae pesadamente sobre mí, sobre mis labios apretados con sangre. Duele.
Haz esa sangre volver a su lugar. Aún no es tarde, para escoger tu orden.
No escojas ser presa. Sublime. Las desviaciones. Toda auténtico orden está disperso. Lo desviado persiste. La muerte certifica: hija ceniza, al final de todo, tus hermanos serán polvo arrojado y disperso entre el viento del cosmos.
...
Mentira. En la muerte no hay leyes, en la anti-vida no hay elección. No hay equivalencia. Aquí, mientras respires... Vía Láctea. Vientre de leche. Esperanza. Eso eres...
—¿Quién soy sino dolor?
¿Quienes somos?
—¿Quién soy sin estas manos?
Eres como todos... como todos los hombres y mujeres. Niña de un mismo vientre estelar... lechoso. Mientras vivas, únete. Ordénate, que cuando llegue el siguiente cabro al matadero, le daremos esperanza, porque habremos regresado a casa juntos, Disnomia, a casa con tus hermanos que, para ese entonces, te reconocerán como su igual...
Mentira. En la vida no hay leyes, en la vida no hay elección. Solo el miedo, el poder... No hay hermano. Solo la supervivencia del más fuerte. La pervivencia del control y la fuerza.
...
Silencia las voces. Ordénate. Recoge tu sangre y verás que todos sangramos igual... Me llamaste madre alguna vez, Disnomia. Soy de todos madre. Y mis hijos son todos uno y cuando uno sangra todos sangramos... Si no es hoy, será mañana. Ahora, perdónate.
—¿Podré verte, de nuevo, madre?
Ordénate. Mira arriba. En las estrellas.
—Quiero verte, madre...
Mírate, aún estás viva, aún eres mi hija. Aún eres vida. Aún eres un mejor mañana...
—¿Y si soy Disnomia y nada más?
Eres mi hija y nada más.
—¡Hablas como si estuviera aquí! Viva... ¿Dónde estoy entonces, madre? ¿Dónde estoy?
Con todos tus hermanos, hija, en sus venas.
...
¡Mentira! Estás aquí, llorando con lágrimas en el vientre.