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el eco de una mirada en invierno

devuelvemelo · por hernansincortez · 24 de julio de 2026

Era una de esas tardes de invierno que parece que duran una eternidad. El sol, un disco pálido y cansado, se esforzaba por atravesar el cielo plomizo, pero apenas lograba disipar la sensación de frío que se había instalado en cada rincón del pueblo.

La lluvia que había caído con ganas la noche anterior cubría de rocío las plantas y árboles, mientras se escuchaba el agua correr por las calles, y en el aire, el aroma de tierra mojada.

Dante, con once años, sentía ese frío en los huesos, pero la emoción de estar jugando en el agua lo mantenía en movimiento. Estaba en el centro del pueblo, en la iglesia, donde todos van a rezar y expiar sus pecados, cerca de la escuela primaria donde él estudiaba.

Sus manos cubiertas con sus guantes, que ya le quedaban pequeños, mientras hacía barcos de papel y dejaba que la corriente del agua se los llevara; volando su imaginación, él se divertía. Estaba tan concentrado en sus barcos que no se dio cuenta de que estaba solo. Sus amigos se habían marchado, pero a Dante le dio igual: este mar era suyo.

Fue entonces, mientras intentaba colocar un barco muy grande -su obra maestra- en el agua, cuando algo captó su atención. Un movimiento, un contraste de color en medio de tanto blanco. Levantó la cabeza, con su barco aún en la mano, y sus ojos buscaron la fuente de esa distracción.

Y la vio.

Parada no muy lejos, cerca de la entrada de la iglesia, había una niña. Era pequeña, envuelta en una sudadera muy delgada de color azul; su cabello oscuro se contrastaba con el clima frío. Y en ese instante, el mundo pareció detenerse.

Dante se quedó inmóvil, la niña también. No hubo sonrisas, ni saludos. Solo esa conexión silenciosa, esa mirada que se sostenía a la distancia helada. Una mirada que, sin que ninguno de los dos lo supiera en ese momento, era el verdadero inicio de todo.

el sonido del agua se esfumó para Dante; solo existía ella, la niña de ojos profundos que parecía leerle el alma. Un segundo, quizás dos, que se sintieron eternos. Pero Dante se le quedó viendo de una manera tan embobado que, sin darse cuenta, estaba sonrojando a la niña; pero como un niño inexperto, no encontró la manera de romper el hielo.

Antes de dar un paso o tan solo decir una palabra, la niña -que también lo había notado- giró la cabeza: un movimiento sutil, casi imperceptible, pero que hizo que los dos volvieran a la tierra. El contacto visual desapareció con una gracia inesperada, y, dirigiéndose a la puerta principal de la iglesia, la niña de ojos profundos y el cabello suelto por los hombros, con una sudadera azul, ella desapareció.

Dante la siguió con la mirada, sintiendo cómo una parte de él se iba con ella. El silencio que dejó su partida era más ruidoso que cualquier sonido. ¿A dónde iba? ¿Quién era? La pregunta resonaba en su cabeza, algo que quería saber, pero ¿cómo hablarle? Esa idea le daba vueltas en la cabeza y no lo dejaba tranquilo; tanto, que el barco que sostenía en la mano terminó dejándolo caer, justo en el momento en que Dante detuvo el tiempo al verla volver a girar.

El sol se oculta, y se dio cuenta que ya era demasiado tarde. tenia que llegar a casa.

Así que caminó en dirección a la puerta, por donde ella había desaparecido; el camino se le hizo lento, pero tuvo una idea: «Si camino rápido, capaz que la encuentro todavía». Así que aceleró el paso, pero cuando llegó a la salida, ya no había nadie.

Salió de la iglesia con paso lento por no haberla encontrado, pero su mente no estaba allí; era como si ella se la hubiera robado. Continuó caminando, y desde su punto ya veía su casa, porque no vivía muy lejos: apenas serían unos cinco minutos a pie, pero en ese momento el trayecto se le hizo eterno.

La tarde se había puesto gris, el cielo estaba entre nublado y cubierto, y una ligera neblina empezaba a bajar, envolviendo todo con calma, pareciendo guardar secretos. La acera estaba húmeda, brillando bajo la poca luz que quedaba, todavía mojada por la lluvia que había caído antes; cada paso que daba dejaba una pequeña marca invisible sobre el cemento, y el sonido de sus pasos se escuchaba apagado, como si el aire mismo estuviera mojado.

Caminaba con ambas manos dentro de los bolsillos de su pantalón, la cabeza baja, jugando con la poca agua que quedaba, siempre pensando en ella: lo profundo de sus ojos, la forma en que se había quedado quieta, el ligero sonrojo que él había provocado sin querer. Todo a su alrededor se sentía borroso, como si la neblina no solo estuviera fuera, sino también dentro de su cabeza, nublando todo menos su rostro.

No prestaba atención a las casas que pasaba, ni a las luces que empezaban a encenderse en las ventanas, ni al frío que poco a poco se sentía más fuerte. Solo caminaba arrastrando el paso, llevando consigo esa conexión silenciosa que había nacido apenas unos minutos antes, pero que ya se sentía como algo que había estado ahí toda la vida.

Por fin llegó a su casa; golpeó en la puerta con un sonido apagado, casi como un suspiro. Su madre abrió la puerta y lo miró con esa mezcla de sorpresa que solo una madre sabe tener.

mamá: (con un tono suave y algo inquisitivo) - Dante, ¿eres tú? ¿Ya llegaste? Pensé que te habías quedado más tiempo en la iglesia.

Dante solo asintió con la cabeza sin mirarla directamente y se dirigió a su habitación con la mirada perdida.

mamá: (siguiéndolo con la mirada, un poco más preocupada) - ¿Todo bien, cariño? Te ves... raro. ¿Pasó algo?

Pero Dante, sin decir palabra, cerró la puerta suavemente detrás de él, dejándose caer en su cama.

mamá: (desde el otro lado de la puerta, su voz un poco más distante pero presente) - Dante... ¿quieres hablar? ¿Necesitas algo?

Dante cerró los ojos; la imagen de la niña volvía a aparecer en su mente, clara como el agua a pesar de la neblina que lo rodeaba, así que solo negó con la cabeza sin poder articular palabra.

mamá: (un suspiro, resignado pero comprensivo) - Bueno, si cambias de opinión aquí estoy. La cena casi está lista.

Y con eso, se escucharon sus pasos alejándose por el pasillo.

Dante se levantó a poner música en el centro de su cuarto, se apoyó contra la pared y, resbalándose poco a poco, hasta quedar en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho. El silencio de la casa se sentía enorme, pero en su cabeza todo era ruido, imágenes y preguntas que no tenían respuesta, mientras de fondo sonaba Cigarettes After Sex.

Empezó a repasar cada segundo, una y otra vez, como si así pudiera volver atrás. Recordó cómo la miraba, embobado, sin poder apartar la vista de lo hermosa que estaba; recordó el momento en que se sonrojó, y cómo él, torpe y sin experiencia, no supo qué hacer ni qué decir. Y entonces, de repente, un pensamiento lo golpeó con fuerza, haciéndolo abrir los ojos.

-¡El barquito! -susurró, con el corazón saltándole en el pecho.

En medio de toda esa confusión y esa mirada eterna, se le había escapado de las manos. Estaba tan absorto en ella, tan perdido en ese silencio que los unía, que sus dedos se habían aflojado sin darse cuenta y había soltado el pequeño barco de papel que traía entreteniendo desde hacía rato. Se le había caído al suelo, ahí mismo, junto a los bancos, y él, tan distraído y luego con la prisa de darse cuenta de la hora, se había ido y lo había dejado olvidado.

Se puso de pie de un salto, sin pensarlo dos veces. No le importó la hora, ni el frío, ni que ya estuviera en su casa: ese barquito no era solo un papel doblado, era lo único que le quedaba de ese momento, el último rastro de lo que había pasado allí.

Sin decir una sola palabra, sin avisar a nadie, abrió la puerta de golpe y salió corriendo por el pasillo, salió de la casa sintiendo el aire frío y húmedo golpearle la cara. Su mamá, que estaba en la cocina, apenas alcanzó a escuchar el ruido de la puerta al cerrarse, pero cuando quiso asomarse, Dante ya iba lejos, corriendo calle arriba, de regreso hacia la iglesia.

La neblina era más espesa ahora, y la acera seguía mojada y brillante bajo la luz de las farolas, pero él no miraba nada de eso; solo corría, con la respiración entrecortada y el miedo de que alguien más lo hubiera tomado, o que se hubiera perdido.

En cuanto vio la silueta de la iglesia recortada entre la bruma, sus piernas le dolieron, pero apretó el paso hasta llegar a la entrada. Se detuvo en seco, justo en el último escalón, con las manos apoyadas en las rodillas para recuperar el aliento, y fue entonces cuando la vio: ella tenía en sus manos el barco que él iba a buscar, y él se quedó congelado de la impresión frente a la puerta, al ver a la niña sosteniendo el barco que él había olvidado. Sin saber qué decir ni qué hacer, decide girar suavemente, listo para irse.

Y es ahí cuando escucha un "oye" a lo lejos; era una voz dulce. Dante gira la cabeza, con la incertidumbre de que alguien le hablara.

Con sorpresa ve a la niña acercarse.
Ella: - Este es tu barco.

Dante baja la mirada, traga saliva y con una voz casi susurrada responde:
Dante: - Sí, ese es mi barco. (Se queda un momento pensando qué más va a decir.)

Ella: - Te vi hace rato; estabas jugando. Me venía persiguiendo una niña a mí y a mi hermana. Pasé a saludarte, pero cuando volví ya no estabas, solo encontré tu barco. (Lo dice con una sonrisa tímida, casi coqueta, hablando entre dientes.)

Y ahí Dante responde como antes, con asombro, dándose cuenta de que, aunque estaba su hermana y la otra niña, su atención solo fue para ella.
Dante: - Sí, de verdad no me di cuenta, solo te vi a ti. (Hace una pausa, ajusta las manos por los nervios y se sonroja.) No pensé que estuvieras con alguien más.

Ella: - ¿De verdad no te diste cuenta? Sí, de hecho, aquí viene ella. (Con una sonrisa.) Ella se llama Sol y yo me llamo Luna. Mucho gusto. (Le da la mano para saludarlo.)

Dante corresponde al saludo, y es ahí cuando se queda asombrado de lo parecidas que son, pero pudo notar la diferencia: Luna tenía un lunar al lado de los labios.

Sol: - ¿Tú cómo te llamas?

Dante: - Mi nombre es Dante.

Sol y Luna: - ¡Mucho gusto, Dante! (Responden al mismo tiempo.)

Luna: - ¿Tú eres de aquí? (Pregunta con curiosidad.)

Dante: - Sí, ¿y tú? ¿Eres de aquí?

Luna: - No, nos acabamos de mudar a la casa de color rojo que está a la vuelta. (Le indica con el dedo el lugar.)

Dante entiende por qué no la encontró cuando salió a buscarla.

A lo lejos se escucha la voz de una mujer:
- ¡Sol y Luna, regresen a casa!

Luna: - Nos tenemos que ir porque ya va a llegar mi papá, y si no nos encuentra nos puede golpear con el cinturón. (Con cara de preocupación.)

Ambas se despiden, y Dante, sorprendido y sin saber qué decir por lo que Luna le contó, solo les estrecha la mano. A su alrededor ya casi no se alcanzaba a ver nada, porque se estaba oscureciendo rápidamente y la neblina se deslizaba entre los barrotes de la puerta de la iglesia.

Aún en estado de shock, ve cómo Luna regresa corriendo y le entrega el barco.
Luna: - Te quedó increíble.

Dante: - Gracias.

A lo lejos se escucha la voz de Sol gritando:
- ¡Luna, apúrate!

Luna: - Me tengo que ir.

Dante se quedó inmóvil; esas palabras se repetían una y otra vez en su cabeza: ¿Golpear con un cinturón?. Se mezclaban con la imagen de las dos niñas corriendo: una con esa sonrisa tímida y la otra con urgencia en la voz.

El barco, de vuelta en sus manos, se sentía un poco más pesado.

Lentamente, mientras la niebla empezaba a envolver todo y la oscuridad se adueñaba del camino, emprendió el regreso a casa antes de que se hiciera más noche.



(Dante llega a casa. La puerta se abre y aparece su mamá, con cara de preocupación y un poco de enfado.)

Mamá de Dante: - ¡Dante! ¿Dónde estabas? ¡Ya es tardísimo y no sabíamos nada de ti!

Dante: (Con la voz un poco apagada, todavía pensando en Sol y Luna.) - Fui a buscar mi barco.

Mamá de Dante: (Con un tono de molestia mezclada con alivio.) - ¿A buscar tu barco? ¡Avísame la próxima vez, por favor! Me tenías muy preocupada, no sabía ni a dónde te habías ido.

Dante: (Asiente, bajando la mirada.) - Sí, mamá.

Mamá de Dante: - Bueno, ya estás aquí. Ahora ve a cenar, que mañana tienes que ir a la escuela.

 

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