La academia despertaba lentamente. Los pasillos aún no estaban llenos, pero el murmullo de los estudiantes comenzaba a expandirse por las paredes como un eco que regresaba después de la noche. Era un sonido suave, irregular, como si la estructura misma estuviera acostumbrándose de nuevo a la presencia humana.
Caminé entre ellos sin prisa. El uniforme seguía sintiéndose rígido sobre mis hombros, como si el cuerpo no hubiera terminado de acostumbrarse al peso de lo que representaba. A mi alrededor, algunos hablaban sobre las clases del día anterior; otros discutían sobre el ritual de evaluación, con ese tono entre nervioso y resignado que siempre acompañaba a las pruebas.
Nadie mencionaba nombres, pero el silencio que se formaba cuando yo pasaba cerca decía lo suficiente. No era rechazo: era distancia. Una distancia calculada, casi meticulosa, como si todos intentaran medir algo que no podían ver, algo que no sabían si era peligroso, extraño o simplemente desconocido.
Mi mano rozó la placa de identificación en el bolsillo. Estaba fría; ya no quedaba rastro del calor que había sentido durante la prueba. Sin embargo, algo en mi pecho seguía igual. Un punto fijo, un peso leve, una vibración que no terminaba de desaparecer.
No era presión. No era dolor. Era más parecido a un espacio vacío que el cuerpo aún no sabía cómo llenar. Giré por el pasillo que conducía al aula. La puerta todavía estaba cerrada, como si el día se resistiera a comenzar.
Algunos estudiantes esperaban apoyados en la pared; otros revisaban sus libros sin demasiado interés. Sebastián estaba sentado en el suelo, la espalda contra la pared, como si hubiera estado allí desde hacía rato. Su postura era relajada, pero sus ojos no lo eran.
Cuando levantó la mirada, recorrió el pasillo antes de detenerse en mí. No dijo nada al principio; solo observó unos segundos más de lo normal, como si intentara confirmar algo.
— Hoy están más callados que ayer — murmuró.
No parecía una pregunta. Me detuve a su lado.
—Supongo que todavía están pensando en la evaluación.
Sebastián soltó una risa breve, sin humor.
— No — negó lentamente con la cabeza—. Están pensando en otra cosa.
Algunos estudiantes apartaron la mirada cuando notaron que los observaba. Ese gesto, repetido, casi coreografiado, decía más que cualquier palabra.
— Cuando algo raro pasa en esta academia — continuó — todos empiezan a comportarse como si nada hubiera pasado.
Volvió a mirarme.
— Es una costumbre interesante.
No respondí. No hacía falta. El silencio se acomodó entre nosotros unos segundos, cómodo, casi familiar. Luego Sebastián se levantó con un movimiento ligero, como si su cuerpo no pesara demasiado.
— Pero no te preocupes... — dijo mientras se estiraba un poco.
Sus ojos brillaron con un interés tranquilo, casi anticipatorio.
— Hoy probablemente tengamos algo más entretenido que miradas incómodas.
En ese momento la puerta del aula se abrió. El sonido del metal golpeando la pared apagó las conversaciones del pasillo de inmediato. El profesor Mario García apareció en el umbral con su expresión habitual: seria, directa, como si nada fuera de lo normal.
— Entren — ordenó con voz firme.
Su mirada recorrió al grupo uno por uno, como si evaluara algo que solo él podía ver.
— Hoy no tendremos una clase normal.
Un murmullo recorrió el pasillo. El profesor esperó a que todos entraran.
— Hoy comenzaremos con su primera evaluación práctica.
Por primera vez desde que había llegado a la academia, el ambiente cambió. No era tensión: era expectativa. Una vibración colectiva, contenida. Sebastián sonrió apenas, como si hubiera estado esperando exactamente esas palabras.
— Bien — murmuró.
Sus ojos se movieron hacia mí.
— Ahora empieza lo interesante.
Mientras tomaba asiento, la sensación leve volvió a instalarse en mi pecho. No era como la presión del círculo, pero se parecía, como si algo dentro de mí hubiera entendido una cosa simple: las pruebas en esta academia no terminaban cuando el ritual acababa.
Apenas comenzaban.
El transporte dimensional se abrió sin hacer ruido. No hubo luz, solo una distorsión leve en el aire, como si el espacio se hubiera vuelto líquido por un instante. Al atravesar el portal, el olor fue lo primero que cambió.
Piedra húmeda. Polvo antiguo. Algo más difícil de identificar, como hierro oxidado mezclado con ceniza. Las ruinas se extendían frente a nosotros: columnas partidas emergían del suelo en ángulos imposibles, algunas cubiertas por símbolos desgastados. Entre ellas, restos de estatuas de antiguos exorcistas observaban el lugar con rostros incompletos, como si hubieran sido testigos de demasiadas cosas.
El cielo no era real. Una capa gris suspendida filtraba la luz, dejando todo bajo un tono apagado. El profesor Mario caminó hacia el frente del grupo.
— Este lugar es una reconstrucción dimensional de un antiguo sitio de contención — explicó —. Hace siglos aquí sellaban brechas menores del plano demoníaco.
Su voz se propagó entre las piedras, clara, firme.
— Hoy realizarán un ejercicio simple.
Señaló hacia el interior de las ruinas.
— Explorar, localizar sellos debilitados y reforzarlos con talismanes.
Algunos estudiantes intercambiaron miradas; otros revisaban el equipo entregado, como si buscaran seguridad en el peso de los objetos.
— Las entidades que encuentren serán simulaciones — continuó —. No representan peligro real si siguen el protocolo.
Sebastián soltó un suspiro.
— Siempre dicen eso — murmuró.
El profesor levantó una placa de metal.
— Serán divididos en equipos de cuatro. Cada grupo tendrá un sector asignado.
Los nombres comenzaron a escucharse. Cuando mencionó el mío, no me sorprendió escuchar el de Sebastián inmediatamente después. Dos estudiantes más se unieron a nuestro equipo: uno alto, de postura rígida; la otra concentrada en el mapa, como si ya estuviera dentro del ejercicio.
— Sector tres — dijo el profesor entregándonos el pergamino sellado —. Patio central.
Sebastián miró el mapa.
— Perfecto — dijo sin entusiasmo.
Avanzamos entre las ruinas. El sonido de los pasos sobre la piedra rota se mezclaba con el viento que atravesaba los arcos derrumbados. Los otros equipos se dispersaron en distintas direcciones, sus voces apagándose con la distancia.
Mientras caminábamos, la sensación en mi pecho regresó. Era leve, familiar. No era dolor: era una advertencia que el cuerpo reconocía antes que la mente.
El patio central apareció entre dos columnas caídas. Un círculo amplio de piedra rodeaba lo que alguna vez había sido un altar; ahora solo quedaban bloques partidos y símbolos grabados en el suelo. Algunos estaban rotos, como si algo hubiera intentado salir.
— Aquí está el sello — dijo la chica señalando el centro.
Las líneas talladas formaban un patrón antiguo, desgastado por el tiempo. Sebastián se agachó para observarlo.
— Esto no es solo decoración — murmuró.
Apoyó la mano cerca de una marca y la retiró de inmediato.
— ¿Lo sentiste?
Asentí. La presión en mi pecho aumentó. El estudiante alto sacó un talismán.
— Entonces reforcemos esto rápido y sigamos — dijo.
Se acercó al centro. Cuando el talismán tocó la piedra, ocurrió algo extraño. No brilló. No se activó. El símbolo bajo sus pies vibró y un sonido profundo recorrió el suelo, como si algo se hubiera movido bajo las ruinas.
Nos quedamos inmóviles. El aire cambió, no de temperatura, sino de peso. Una línea del sello se agrietó, luego otra. La grieta no era grande, pero suficiente.
Algo oscuro se movió dentro. No parecía una criatura al principio, solo una forma que no encajaba con el espacio. Sebastián se puso de pie lentamente.
— Eso...
La cosa salió de la grieta con un movimiento brusco: un cuerpo delgado, casi líquido, cubierto de pequeños ojos que se abrían y cerraban de forma desordenada. El estudiante alto retrocedió.
— ¿Es parte de la simulación...?
Nadie respondió. La criatura se movía demasiado rápido. El parásito de brecha giró en el aire como buscando algo, luego se detuvo.
Todos los ojos se movieron hacia mí.
La presión en mi pecho se transformó en un latido profundo. Por primera vez desde que entramos a las ruinas, tuve la sensación clara de que algo dentro de ese ser... me había reconocido.
La criatura flotaba sobre la grieta. Sus ojos se movían de forma caótica, pero ninguno dejaba de observarme. La espada bajo la tela vibró. El estudiante alto dio un paso adelante.
— Relájense — intentó decir —. Es solo parte de...
No terminó.
El parásito desapareció y reapareció frente a él. El impacto fue seco. El estudiante salió despedido y chocó contra un bloque del altar. El aire abandonó sus pulmones en un sonido ahogado.
La criatura cayó sobre él. Los ojos se abrieron aún más mientras su boca vertical se desplegaba. No buscaba morder: buscaba penetrar.
— ¡Aléjate! — gritó la chica.
El parásito ignoró la voz. Sus extremidades delgadas se clavaron en el uniforme como agujas negras. El muchacho intentó apartarlo, pero ya estaba debilitado.
— ¿Qué es... esto? — logró decir.
Sebastián se movió primero. Lanzó un talismán. El papel explotó en una descarga azul. El parásito se desprendió y retrocedió, girando en el aire.
— Eso no es una simulación — dijo Sebastián.
La criatura se estabilizó. Sus ojos se cerraron y abrieron como recalibrando. Luego miró a Sebastián, a la chica... y finalmente a mí.
La presión aumentó. El parásito emitió un sonido húmedo, curioso.
— ¿Por qué te está mirando así...? — murmuró Sebastián.
Lo entendía. Las criaturas demoníacas reaccionaban a la energía espiritual, pero esto era distinto. No evaluaba mi poder: intentaba reconocer algo.
La espada vibró. El parásito se agitó.
Todos sus ojos se abrieron al mismo tiempo. Se lanzó hacia nosotros.
— ¡Sepárense! — gritó Sebastián.
La chica retrocedió. El estudiante herido apenas logró moverse. El parásito lo ignoró. Venía hacia nosotros.
Y por su trayectoria... sabía exactamente a quién buscaba.
Cruzó el patio como una sombra viva. No había tiempo para pensar. Sebastián intentó interceptarlo, pero era demasiado rápido. La criatura cambió de dirección.
Venía hacia mí.
La presión en mi pecho se transformó en un golpe seco. La espada vibró con fuerza. No la toqué. No podía.
El parásito estaba a dos metros cuando me moví. Un paso adelante, pequeño, suficiente para cambiar su ángulo. La criatura rozó mi hombro. Sentí algo extraño: no frío ni calor, sino una corriente eléctrica entre nosotros.
El parásito se detuvo detrás de mí. Todos sus ojos se abrieron.
— ¿Qué...? — alcanzó a decir Sebastián.
La criatura giró, más agresiva.
— ¡Otra vez! — advirtió la chica.
Se lanzó. Esta vez no esquivé. Di dos pasos hacia el altar y tomé un talismán del cinturón. El parásito estaba a punto de alcanzarme cuando arrojé el talismán al suelo, hacia la grieta.
El papel tocó la piedra. La runa reaccionó. Un círculo azul se expandió. El parásito cambió de dirección bruscamente, como si algo lo jalara hacia abajo.
— ¡El sello! — exclamó Sebastián.
El parásito luchó contra la atracción. Las líneas antiguas comenzaron a brillar. La grieta empezó a cerrarse.
— ¿Qué hiciste? — preguntó el estudiante herido.
No respondí. No había terminado.
La presión en mi pecho creció. La espada vibró con fuerza. Pensé en desenvainarla. El impulso fue instintivo... pero no lo hice.
Di un paso más hacia el círculo. El parásito intentó lanzarse hacia mí. Error. Al cruzar el borde del talismán activo, el sello reaccionó. Las líneas se encendieron como brasas. Un tirón violento arrastró a la criatura hacia la grieta.
El parásito emitió un sonido agudo, como metal raspando piedra. Su cuerpo se comprimió. El espacio se dobló sobre sí mismo. Y desapareció.
La grieta se cerró con un sonido seco.
El patio quedó en silencio. Las runas se apagaron. Sebastián fue el primero en moverse. Miró el sello y luego me miró a mí.
— Eso... — dijo lentamente — no estaba en el manual.
No hablé. La presión seguía allí. Y sabía algo que los demás no habían notado: el parásito no había atacado al azar.
Me había buscado.
La prueba terminó antes de lo esperado. El silencio se asentó sobre las ruinas. Los estudiantes fueron retirados uno por uno. Algunos discutían; otros guardaban silencio. Nadie tenía claro qué había ocurrido realmente.
Alexandre caminaba detrás del grupo. Sus ojos naranjas aún ardían levemente, no por el esfuerzo, sino por otra cosa... algo que había sentido cuando la criatura apareció.
Algo que no debía haber estado allí.
Se detuvo un instante. Miró hacia las ruinas. Las piedras negras seguían abiertas como una herida vieja. Y por un segundo... sintió que algo lo observaba desde dentro.
No con odio. Con reconocimiento.
Apartó la mirada y siguió caminando. Pero en lo alto de la estructura derrumbada, donde las sombras eran más densas, algo se movió apenas.
Una forma oscura. Observando. Esperando.
Leonardo observaba el informe en silencio.
— La criatura apareció sin invocación — dijo un instructor.
— Sin sello.
— Sin rastro de entrada.
Leonardo cerró el documento. Sus dedos se tensaron.
— Entonces no fue un accidente.
Nadie respondió. Un solo nombre cruzó su mente: Alexandre Smith.
Miró hacia la ventana. La academia parecía tranquila desde afuera. Demasiado tranquila.
— Comiencen a revisar los archivos antiguos — ordenó finalmente.