Explorar novelas

La radio de Cabo de Gata

Cuentos de medianoche · por Darthar · 26 de julio de 2026

¿Qué dirías si te contaran que existe un aparato de radio, sacado de un pesquero hundido hace más de sesenta años, que sigue transmitiendo un mensaje de auxilio que nadie más ha lanzado? No una grabación en bucle, no una interferencia casual, sino una voz que cambia de frase según quién la escucha. Algunos dicen que la radio no habla del naufragio. Dicen que habla de ti. Y que, una vez que te ha nombrado, ya no deja de hacerlo.

Víctor Martín no había vuelto a salir de noche desde la Curva de los Olvidados. Todavía se despierta algunas madrugadas con la sensación de que alguien lo mira desde el asiento del copiloto. Había jurado, frente a la cámara y frente a sí mismo, que no volvería a subirse a un coche solo, de noche, a perseguir algo que no quiere ser encontrado.

No un correo esta vez. Papel, arrugado como si hubiera pasado por varias manos antes de llegar a la suya. Sin remitente. Matasellos de Almería, borroso, casi ilegible. Dentro, una sola línea escrita con una letra que se le clava en el estómago porque, aunque nunca la ha visto, le resulta familiar, como si la hubiera soñado:

«La radio del faro te está esperando. Ella también quiere avisarte. No tardes.»

Junto al texto, una fotografía en blanco y negro: un faro solitario sobre un acantilado, y en primer plano, sobre una mesa de madera podrida, una radio de válvulas con la carcasa oxidada como piel quemada. Si mira de cerca, cree distinguir algo más, al fondo del encuadre, en la oscuridad de una puerta entreabierta. Una forma que podría ser una persona. O podría no serlo.

Víctor guarda la carta en el cajón de su escritorio, junto a la libreta de la curva del Garraf, y durante tres días no la vuelve a tocar. Al cuarto día, la saca de nuevo. Al quinto, ya ha reservado el billete.

No se lo dice a nadie, ni siquiera a los pocos amigos que le quedan del canal. Solo escribe, en su libreta, una frase que repite sin darse cuenta en voz alta mientras hace la maleta: No tardes.

Antes de subir al faro, Víctor pasa dos días en el pueblo, hablando con quien acepta hablar. No son muchos. La mayoría corta la conversación en cuanto oye la palabra "faro" o la palabra "radio", como si nombrar el objeto fuera ya una forma de invocarlo.

Consigue, al fin, sentarse con Antonio, un antiguo patrón de pesca de casi noventa años, en la terraza de un bar frente al puerto. El hombre tiene los ojos empañados por las cataratas, pero cuando habla del Estrella del Sur, la voz se le vuelve firme, como si contara algo que ha repetido mil veces para no olvidarlo nunca.

—Se hundió en 1961 —dice—. Noche clara, mar en calma. Eso es lo que nadie entiende. No hubo temporal. No hubo nada. El barco simplemente se partió, como si algo lo hubiera mordido por debajo.

—¿Hubo supervivientes? —pregunta Víctor, con la grabadora ya encendida sobre la mesa.

—Uno. Mi primo Ginés. Lo sacaron del agua agarrado a un tablón, medio muerto de frío, gritando algo que nadie entendía. Cuando se calmó, dijo que la radio del barco había hablado antes de que todo se rompiera. Que había dicho su nombre. Una y otra vez, cada vez más cerca, como si algo caminara hacia él dentro del aparato.

—¿Le creyeron?

Antonio se ríe, pero es una risa sin alegría.

—Nadie le creyó. Lo encerraron en el psiquiátrico de Almería veinte años después, cuando empezó a decir que la radio lo seguía llamando incluso en tierra. Murió allí, solo, en 1988. Antes de morir, escribió una carta a su hermana. En ella decía que la radio nunca se había hundido con el barco. Que alguien la había sacado del agua. Que estaba en el faro viejo, esperando a la siguiente persona que quisiera escuchar.

Víctor siente un frío que no tiene nada que ver con el viento del puerto.

—¿Sabe usted quién la sacó del agua?

Antonio niega con la cabeza, pero algo en su gesto dice que sabe más de lo que va a contar.

—Hay quien dice que fue el propio farero de entonces. Hay quien dice que la radio salió sola, arrastrándose por la arena como algo vivo. Yo no sé qué creer. Lo único que sé es que desde entonces, cada pocos años, alguien sube a ese faro buscando historias, y alguno no vuelve a bajar el mismo.

—¿Qué quiere decir con "no vuelve el mismo"?

El viejo pescador se pone en pie, deja unas monedas sobre la mesa y, antes de irse, dice la última frase que Víctor incluirá en su vídeo:

—Vuelven hablando en sueños con una voz que no es la suya. Y a veces, dicen nombres de gente que ya está muerta.

El sendero hacia el faro abandonado sale de una pista de tierra que el GPS marca como "vía sin mantenimiento". Víctor deja el coche al pie, demasiado lejos como para volver corriendo si algo sale mal —una decisión de la que se arrepentirá esa misma noche—, y sube cargado con la cámara, el trípode y una linterna que empieza a fallar antes de que haya oscurecido del todo.

El viento en el acantilado no es un viento normal: es un rugido bajo, continuo, que se le mete en el pecho y no lo suelta. A su derecha, el mar se extiende oscuro hasta el horizonte; a su izquierda, las rocas volcánicas de Cabo de Gata forman siluetas que, en la penumbra, parecen figuras arrodilladas.

Antes de llegar, activa el directo. El chat tarda apenas segundos en llenarse.

«Buenas Víctor, ¿al fin de vuelta? pensábamos que lo habías dejado» «tras la curva pensé que no volvías a salir de noche jajaja» «¿qué es esta vez?»

Víctor sonríe, aunque el gesto no le llega a los ojos.

—Una radio —dice al micrófono, con la voz algo más ronca de lo habitual—. Una radio que, según dicen, lleva sesenta años esperando a alguien.

«suena a topic manga jajaj» «espero que no sea como la última vez, casi te mata un tronco» «¿DÓNDE estás exactamente?»

—En Cabo de Gata. Cerca del faro viejo, el que ya no funciona.

El sendero termina en un muro bajo de piedra seca, medio derrumbado. Más allá, la torre blanca del faro se recorta contra un cielo sin luna, y junto a ella, la casa del farero, con las ventanas rotas como bocas abiertas.

La puerta cede con un crujido húmedo, como si algo dentro llevara tiempo esperando a que alguien la abriera. El olor lo golpea antes que la vista: sal, óxido, y algo más, dulzón y podrido, que no consigue identificar y que prefiere no intentar identificar.

Enfoca la cámara hacia el interior. Muebles derrumbados, un catre oxidado, una estantería con libros hinchados de humedad. Y, sobre una mesa de madera que reconoce de la fotografía, la radio.

La carcasa de baquelita parece más oscura de lo que se veía en la imagen, casi negra, cubierta de un polvo que no se mueve ni siquiera con el viento que entra por la ventana rota. Víctor la observa un largo rato antes de acercarse, como si necesitara reunir valor para tocar algo que sabe que no debería tocar.

—Estamos en el faro abandonado de Cabo de Gata —dice, y su propia voz le suena extraña en la habitación vacía—. Dicen que aquí hay una radio que no debería funcionar. Que lleva sesenta años esperando a alguien. Vamos a averiguar si es verdad.

Conecta el aparato a una batería portátil que ha traído para la ocasión. Durante unos segundos, nada ocurre, y Víctor casi respira aliviado. Entonces el dial se ilumina con una luz ambarina, sucia, como si la bombilla estuviera cubierta de sangre seca.

Un zumbido grave llena la habitación, seguido de estática. Y dentro de la estática, algo respira.

No es una metáfora. Se oye, con claridad, el sonido de una respiración. Larga. Húmeda. Demasiado cerca del aparato como para venir solo del altavoz.

El chat empieza a llenarse, pero él ya casi no lo mira.

«Víctor ESO no es estática» «hay alguien respirando ahí dentro, apaga eso» «tio sal de la casa YA» «no me gusta esto, de verdad, sal»

Sube el volumen porque necesita saber, aunque una parte de él ya no quiere. La respiración se detiene de golpe. Después, tres golpes cortos, tres largos, tres cortos. S. O. S. Y luego silencio, un silencio tan absoluto que Víctor se da cuenta, con un escalofrío que le sube por la nuca, de que el mar ha dejado de sonar. A esa altura, sobre el acantilado, eso no debería ser posible.

Entonces, la voz.

No es la de un operador de los años sesenta. Es más joven. Rota, como si viniera de muy lejos y a la vez desde dentro de su propio oído.

—Víctor.

No es una pregunta. Es un reconocimiento. El de alguien que llevaba tiempo esperando para decir ese nombre en voz alta.

Se queda inmóvil, la linterna temblando en su mano, el haz de luz bailando sobre las paredes cubiertas de manchas oscuras que prefiere no examinar de cerca.

—Estoy aquí —dice, acercándose al micrófono aunque cada instinto le pide alejarse—. ¿Quién eres?

La estática devuelve fragmentos: una risa distorsionada que se corta antes de terminar. El eco de un motor de barco. El chirrido de metal doblándose, como si algo enorme se partiera muy despacio. Y entonces, con una claridad que no debería tener un aparato de sesenta años:

—No fue un temporal, Víctor. Y tú tampoco vas a irte por tu propio pie.

El frío entra de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta directamente al fondo del mar. La luz ambarina del dial parpadea, y en uno de esos parpadeos, durante una fracción de segundo, Víctor ve —solo él lo ve, la cámara no lo capta hasta después— una silueta de pie en el umbral de la puerta por la que él ha entrado. Alta, empapada, goteando algo demasiado espeso para ser agua de mar.

Cuando vuelve a mirar, ya no hay nadie. Pero la puerta, que él dejó abierta, está cerrada.

—Yo no conozco a quien mandó la carta —dice, y por primera vez su voz suena como la de un hombre asustado, no la de un presentador.

La radio ríe. Un sonido quebrado, cinta rebobinada demasiado rápido, y bajo la risa, algo que se arrastra. Uñas, o algo parecido a uñas, sobre madera podrida, en algún punto por encima de su cabeza. En la torre. En la escalera de caracol que sube hacia la linterna del faro.

—Ella sí te conoce. Y está más cerca de lo que crees.

El chat, cuando Víctor consigue mirarlo de reojo, se ha convertido en un muro de mayúsculas.

«HAY ALGO SUBIENDO LA ESCALERA MIRA EL SONIDO» «VÍCTOR SAL DE AHÍ AHORA» «no es una broma sal SAL» «por favor por favor sal de la casa»

El sonido de arriba se detiene justo sobre el techo de la habitación donde está él. El polvo cae del techo, fino, como una lluvia lenta. Víctor levanta la cámara hacia el sonido, y por un instante, en la pantalla, cree distinguir el contorno de una mano —demasiado larga, demasiado delgada— apoyada contra el otro lado del techo de madera, como si alguien empujara desde arriba para comprobar si cede.

—¿Quién eres? —repite, y esta vez no es curiosidad. Es súplica.

La aguja del dial se desliza sola hasta detenerse en un número que Víctor reconoce con una punzada helada en el estómago: la fecha de nacimiento de su hermana, muerta antes de que él naciera, un dato que jamás ha dicho en voz alta en ningún vídeo, en ninguna entrevista, en ningún lugar donde alguien pudiera haberlo escuchado. Ni siquiera sus padres hablan de ello.

—¿Cómo sabes eso? —consigue decir, con la voz reducida a un hilo.

—Porque no te avisamos del naufragio. Te avisamos de que dejes de buscarnos. Y ya es tarde para eso.

Algo golpea la pared, muy cerca de su cabeza, con la fuerza de un cuerpo entero lanzándose contra la madera. La luz del dial se apaga de golpe. La linterna, que llevaba fallando toda la noche, se apaga con ella.

Oscuridad total. Y en esa oscuridad, junto a su oído izquierdo, tan cerca que siente el aire moverse, alguien respira.

Lo que ocurre en los siguientes minutos, Víctor no lo recordará con claridad hasta que revise la grabación tres días después. En el momento, solo hay instinto: la mano buscando la pared, el pulgar encontrando el interruptor de la linterna, la luz volviendo de golpe justo cuando algo —una forma oscura, húmeda, demasiado alta para ser una persona normal— se aparta del hueco de la puerta que lleva a la escalera de caracol.

No corre hacia la salida. Es un error, y lo sabe incluso mientras lo hace, pero el cuerpo se mueve antes que la razón: sube.

La escalera de la torre gira sobre sí misma, angosta, con peldaños de hierro oxidado que ceden bajo su peso con un chirrido que resuena en toda la estructura. La cámara, sujeta con una correa al pecho, graba fragmentos: sus propios pies, la pared curva, un destello de mar por una ventana rota.

Arriba, en la sala de la linterna, el cristal está roto en casi todos los paneles, y el viento entra sin obstáculo, helado, cargado de sal. El mecanismo de la lente, enorme, cubierto de óxido, sigue girando muy despacio, como si alguien, en algún lugar, aún alimentara su maquinaria.

Víctor se apoya contra la baranda, respirando con dificultad, y por un momento cree que ha escapado. Entonces oye, desde abajo, el mismo sonido de arrastre. Más rápido esta vez. Subiendo.

—Chicos —dice al micrófono, con la voz quebrada—, si me pasa algo... revisen el material. No lo borren.

El chat se ha vuelto casi ilegible de la velocidad con que llegan los mensajes.

«BAJA POR EL OTRO LADO NO TE QUEDES AHÍ ARRIBA» «no hay otro lado joder es una torre» «llamen a alguien, esto no puede ser real» «Víctor por favor contesta»

El sonido se detiene justo debajo de la trampilla que lleva a la sala de la linterna. Silencio. Un silencio que dura tanto que Víctor empieza a pensar, con una esperanza desesperada, que lo que sea que lo perseguía se ha detenido, se ha rendido, se ha ido.

Entonces la trampilla se abre.

No de golpe. Despacio, como si algo la empujara con cuidado, casi con delicadeza, disfrutando del momento. Víctor retrocede hasta que la espalda choca contra el cristal roto de la linterna, y el viento helado le muerde la nuca.

Lo que sube por la trampilla no es enteramente humano, pero tampoco es del todo otra cosa. Es una silueta empapada, del color del agua sucia, con el cabello pegado al rostro en mechones que gotean sobre el suelo de piedra. Cuando levanta la cabeza, Víctor no ve ojos. Ve dos manchas oscuras, como los ojos de alguien que ha pasado demasiado tiempo bajo el agua.

—Víctor —dice la figura, con la misma voz que salía de la radio, ahora sin el filtro de la estática, húmeda y cercana—. Ya no hace falta que grites.

No hay ataque. No hay violencia física, al menos no todavía. La figura simplemente se queda en el hueco de la trampilla, bloqueando la única salida, mientras el viento agita los restos de la lente rota alrededor de ambos.

—¿Qué eres? —pregunta Víctor, aunque una parte de él ya empieza a sospechar la respuesta.

—Fui el barco —dice la figura, y su voz se superpone, por un instante, con el chirrido de metal doblándose que Víctor ya ha oído antes—. Fui la tripulación. Fui todo lo que se hundió esa noche sin temporal, sin motivo, sin que nadie en tierra preguntara por qué. Fuimos olvidados, Víctor. Como la chica de tu curva. Como todos los que necesitan que alguien los escuche antes de desaparecer del todo.

—La carta... ¿la mandaste tú?

La figura inclina la cabeza, un gesto casi humano, casi tierno.

—La mandó quien queda de nosotros en tierra. Ginés tuvo una hija antes de que lo encerraran. Ella creció escuchando esta historia, y decidió que alguien más debía escucharla también. Alguien que ya sabe cómo se siente que el mar te reclame algo que no quiere devolver.

Víctor piensa, con un vértigo que le sube desde el estómago, en la letra de la carta. En lo familiar que le resultó sin haberla visto nunca. En que quizás, en algún archivo antiguo, en alguna entrevista olvidada, mencionó una vez el nombre de su hermana sin darse cuenta de quién podría estar escuchando.

—¿Qué quieres de mí?

La figura da un paso hacia él, y el suelo bajo sus pies se oscurece con el agua que gotea de su ropa.

—Lo mismo que la chica de la curva quería de los conductores. Que alguien reduzca la velocidad. Que alguien deje de avanzar ciegamente hacia algo que no entiende. Tú llevas meses conduciendo hacia la oscuridad con una cámara por delante, Víctor, convencido de que grabar el peligro te protege de él. No es así como funciona.

El viento arrecia, y por un instante el sonido del mar vuelve, furioso, golpeando la base del acantilado con una violencia que Víctor siente en las plantas de los pies, transmitida por la piedra misma de la torre.

—Baja las escaleras —dice la figura, apartándose por fin de la trampilla—. Y no vuelvas a subir a un lugar como este solo, de noche, sin que nadie sepa exactamente dónde estás. La próxima vez, no habrá radio que avise a tiempo.

Víctor no recuerda con exactitud cómo baja la escalera. Recuerda el hierro frío bajo las manos, el eco de sus propios pasos, la sensación de que algo lo observa desde la oscuridad de la casa del farero sin llegar a seguirlo. Recuerda cruzar la puerta principal, que ahora está abierta de par en par, como si nunca se hubiera cerrado.

Recuerda el sendero, más largo en la oscuridad de lo que le pareció al subir, y el coche, y las llaves resbalando entre sus dedos húmedos de sudor frío. No mira el retrovisor. No se atreve. Conduce media hora sin cortar el directo, sin decir una palabra, hasta que las luces del pueblo aparecen al fondo de la carretera y, con ellas, la cobertura suficiente para que el chat vuelva a llenarse de mensajes atrasados, acumulados durante los minutos de silencio absoluto en la torre.

«VÍCTOR CONTESTA POR FAVOR» «se escuchaba todo pero no se veía nada, qué ha pasado» «alguien que llame a la policía de verdad» «¿estás bien? por favor di algo»

—Estoy bien —dice al fin, con la voz deshecha—. Estoy... estoy vivo. Lo dejamos aquí por hoy.

Corta la transmisión sin más explicación. Es la primera vez en los tres años que lleva con el canal que hace algo así.

Tres días después, cuando por fin reúne el valor para revisar el material completo, encerrado en su piso con todas las luces encendidas y la puerta cerrada con doble vuelta, descubre que el audio está limpio, sin cortes, exactamente como sucedió: la respiración, la voz, la fecha de nacimiento de su hermana, el golpe en la pared, los pasos en la escalera, la voz de la figura en la torre.

Pero también descubre algo que no recordaba: en un fragmento de apenas dos segundos, mientras sube corriendo la escalera de caracol, la cámara capta, a través de una de las ventanas rotas de la torre, algo en el mar. Una forma oscura bajo la superficie, del tamaño aproximado de un barco de pesca, que se mueve despacio hacia la costa y luego, sin llegar nunca a emerger del todo, se hunde de nuevo.

En el último segundo de la grabación, ya de vuelta en el coche, con las luces del salpicadero iluminando su rostro pálido, se distingue con total claridad un reflejo en el cristal de la ventanilla. No es el suyo. Es una silueta empapada, sentada en el asiento trasero, que él nunca notó durante todo el trayecto de vuelta.

Esa misma noche, mientras revisa el material sentado en su propio salón, con las luces encendidas y la puerta cerrada con llave, oye un golpe seco en la ventana. Tres cortos. Tres largos. Tres cortos.

No se levanta a mirar.

Abre el correo con manos que aún no han dejado de temblar del todo. Hay un mensaje nuevo, sin remitente, con el asunto: «Sobre la radio del faro».

Dentro, una sola frase:

«Bienvenido a casa, Víctor. Ya sabíamos que ibas a traernos contigo.»

Apaga el ordenador. Apaga las luces del salón, una por una, aunque cada instinto le grita que no lo haga. En la oscuridad, antes de subir a acostarse, cree oír, muy bajo, casi como un susurro entre las paredes de su propia casa, el eco distante de una estática que él no ha encendido.

Y por debajo de esa estática, tan suave que podría confundirse con el latido de su propio corazón, tres golpes cortos. Tres largos. Tres cortos.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Darthar en el lector de Culto de Papel. Es gratis.