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Vida de la calle

Código de pista cero · por SoftCherubyne · 03 de agosto de 2026

—¡Quítate de encima, "Junkie" !— Lyra gruñó ante el apodo de su rival por la molestia y por el golpe lateral que había recibido el auto, pero reacomodó sus manos en el volante para recuperar el equilibrio.

—Si crees que con un simple golpe voy a salir volando, eres más idiota de lo que pareces. —Lyra, sin dudar, jaló de la palanca de cambios y presionó el botón del nitro para salir disparada. Se aseguró de dejar una cortina de humo para tapar la vista de su rival.

Esa noche habían apostado $100 por su victoria. Solo serían $50, considerando que Julius se quedaría la mitad. Eso le alcanzaba para pagar la luz de ese mes. Ella lo necesitaba más que Marcus, quien probablemente los usaría para drogarse.

Rebasó a los demás que le quedaban, recargando el nitro de nuevo para cruzar su línea de llegada, apretando los dientes por cada golpe que recibía por detrás y a los lados de los otros competidores. No podía perder... no hoy.

Al escuchar la bocina cuando cruzó la meta, no pudo evitar hacer la típica "quemadura de la victoria" hasta que sus pulmones se llenaron del olor a humo y a llantas desgastadas.

Al bajar del auto y ver la multitud rodeándola con aplausos como siempre, y gritos ya fuera de burla, ánimo o groserías, le daba igual. Ella solo estaba buscando a Julius por su dinero, pero no pudo evitar sacudir un poco su llamativo cabello de patrón napolitano para mantener su reputación impecable.

—30, 40 y 50— Julius le repartió el dinero, guardándose el restante en el bolsillo mientras le daba una calada al cigarrillo. Lyra lo contó para estar segura y luego se lo metió a los bolsillos, dirigiéndole una mirada a su coche. Gruñó al ver una abolladura donde Marcus la había tratado de poner contra la pared antes.

—¿Cuánto te voy a deber si reparas esa abolladura?— Lyra lo miró de nuevo antes de que el hombre lo pensara.

—Solo por el espectáculo de hoy, te lo dejaré gratis. De todos modos, siempre acaba en mi taller —se burló un poco mientras tiraba el cigarrillo y lo pisoteaba. Lyra tomó su mochila de la banca antes de mirar su reloj. Frunció el ceño al ver que eran pasadas las once de la noche; mañana tenía clases, era mejor irse rápido de allí.

—Debo dejarte, ¿mañana a la misma hora?— preguntó antes de darle una última mirada. Julius solo asintió antes de empezar a caminar hacia el auto de Lyra.

Poco a poco fue abandonando la pista improvisada, ignorando las ofertas de bebidas. El olor del asfalto quemado fue alejándose poco a poco hasta que el único sonido eran las botas de la chica y el masticar de sus dientes en la barra nutritiva. Tenía suerte de que esa pista quedara cerca de su barrio.

El olor a grasa familiar empezó a llegarle cuando pasó por uno de los callejones. Después de pasar por algunas calles y aceras, al fin llegó a casa. Sacó la llave y abrió la puerta de la pequeña casa, prendiendo la luz de la sala... Lyra puso los ojos en blanco al ver las botellas desperdigadas en la mesita de la sala y el suelo frente al televisor.

—¡Mamá! ¡Ya vine!— gritó para confirmar si su madre ya había llegado. Al no recibir alguna queja o sonido adormitado de la cocina o la parte de arriba de la casa, confirmó que probablemente no había regresado de beber.

Dejó salir un suspiro, tomando una bolsa y metiendo las botellas en ella para dejarlas junto a la puerta, antes de subir las escaleras y entrar a su habitación. Se quitó la chaqueta que ocultaba la camisa de su uniforme, se quitó las botas y sacó el dinero, guardándolo en la gaveta, escondido entre sus calcetas para que su madre no lo encontrara.

Activó la alarma para ir a la escuela y se dejó caer en la cama totalmente exhausta, sin molestarse en cambiarse o al menos bañarse por el sudor de la carrera.

 

La alarma empezó a sonar más antes de lo esperado. Lyra se sobresaltó, mirando la hora: 7:30 a. m. Sus clases empezaban a las 8:30 a. m. Había dormido apenas unas horas, considerando que había vuelto a la 1:00 a. m. a casa.

Maldijo entre dientes al ver la camisa de repuesto de su uniforme en la cesta de la ropa sucia. Se miró la que había usado ayer: todavía olía ligeramente a quemado, nitro y sudor de la noche anterior. No le quedaba de otra, así que solo se roció casi con un litro de perfume después de bañarse. Hizo otra mueca al ver que la falda también estaba sucia y solo se colocó los pants deportivos y los tenis; de eso haría una excusa luego.

Bajó las escaleras y tomó una de las barras energéticas de las gavetas de la cocina, tomando su mochila, llaves y el poco dinero que se permitía llevar del que le sobrara. Tomó la bolsa de las botellas de la madrugada y la tiró al basurero antes de seguir su camino a pie.

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Stark Industries había gastado cien millones de dólares en la campaña de relaciones públicas más elaborada de la década. Después de los Acuerdos de Sokovia, Tony Stark no podía permitirse que sus juguetes volaran por el cielo, así que puso sus juguetes en la tierra. Así nació Stark Racing, un equipo de Fórmula 1 destinado a demostrar que la tecnología de la empresa ahora servía a la humanidad, no a la guerra.

¿Una idea muy buena, no? Bueno, al inicio fue todo un éxito, pero realmente sus autos no eran nada sin buenos pilotos, lo cual claramente les faltaba, mirando los índices de derrota.

—A este ritmo... no quería decirlo, pero tal vez nuestra posición en la California Festival of Speed esté en riesgo, Tony —Pepper suspiró mientras estaba sentada junto a Tony, quien se pasaba los dedos por el puente de la nariz con algo de frustración.

Después de los desastres en la Copa de Italia y la humillación en el Gran Premio de Mónaco, la junta directiva de Stark Industries estaba furiosa. El piloto estrella, entrenado para la perfección, no había logrado ni un solo podio. Los algoritmos de Tony fallaban donde el factor humano era lo más importante. La derrota en el Final Round Racing de la Ciudad de México había sido la gota que derramó el vaso.

—Sí, sé que tenemos que hacer algo —pensó un rato—. Creo que es evidente que poner a hijos de otros millonarios a conducir nuestros autos no nos va a servir. —Tony se acomodó en su asiento, pensativo, mientras Pepper seguía revisando las estadísticas desde su tablet.

—Perdimos en Italia porque nuestro piloto no se arriesgó a adelantar en el límite del frenado. Perdimos en Mónaco porque no supo manejar el contacto. —Pepper frunció un poco los labios al leer y ver las fallas.

—¿Sabes? ¿Has visto esos documentales cliché de la televisión donde narran la vida de algún deportista?— dijo de repente, con una idea trabajando en su mente—. Todos tienen algo en común: el deportista o la "estrella" salió de algún barrio pobre o algún pueblo olvidado por Dios.

—¿Irás a buscar talentos? Estamos a unos cuantos meses del Desafío de Silver Lake, la última oportunidad que tenemos para demostrar que estamos a la altura del California Festival of Speed —Pepper paseaba sus manos por la parte de atrás de la tablet, sabiendo que no tenían tantas opciones.

—Sí, pero hoy en día los jóvenes hacen muchas carreras callejeras. En unas de esas puede haber talentos. Solo le pediré a Viernes que me dé las ubicaciones más cercanas de actividades como esa recientes, y solo hay que tocar suerte para estar en una de esas ocasiones donde los pilotos callejeros salen a correr —dijo más relajado antes de que Viernes diera su habitual respuesta.

—Señor, tengo identificadas tres docenas de 'eventos de alta velocidad no sancionados' en un radio de 50 millas, pero el índice de riesgo legal y el índice de supervivencia del vehículo son inaceptablemente bajos. —Tony sonrió con confianza.

—Perfecto, Viernes. Dáselo a Happy. Necesitamos un poco de inaceptable. —Se levantó del sofá para prepararse para su búsqueda de talentos.

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