Los días se habían convertido en una repetición interminable de lo mismo, una rutina gris que amenazaba con volverte loca si no hacías algo diferente. Necesitabas aire, espacio, pero sobre todo, romper el cascarón. Así que la idea de empezar desde cero, lejos de todo lo que conocías, se transformó en tu única salida. Era momento de emprender el vuelo.
— ¿Estás segura, cariño?– Preguntó tu madre, entrelazando las manos, visiblemente incómoda con la idea de verte marchar.
— Claro. Creo que es momento de que empiece a ver por mí misma– Respondiste con firmeza, aunque por dentro los nervios te carcomieran.
Tu madre intentó convencerte de que no era necesario arriesgarse, que bajo su techo no te faltaría nada, pero tu decisión estaba tomada: querías escribir tu propia historia. Resignada, aceptó con la única condición de que no te olvidaras de reportarte de vez en cuando.
×××
El viaje no fue fácil. Tras días de camino, observando diferentes paisajes y biomas que no lograban despertar nada en ti, el cansancio empezaba a pasar factura. No creías que encontrar el lugar adecuado te tomaría tanto tiempo.
Finalmente, lo encontraste: un bosque espeso, vibrante, ubicado a unos diez minutos de una pequeña aldea. No es que fueras antisocial, pero el silencio entre los árboles te ofrecía la tranquilidad que tanto habías buscado. Al menos, eso dictaba tu lógica mientras levantabas tu nuevo hogar.
Lo que tu lógica no pudo advertirte, es que el bosque ya tenía dueño. Oculto entre el follaje, un par de ojos que no pertenecían a ninguna criatura humana seguía cada uno de tus movimientos, memorizando tu aroma y sentenciando que, a partir de ese instante, jamás volverías a estar sola.