No había nada.
Ni luz.
Ni tiempo.
Ni memoria.
El universo había exhalado su último aliento, y en el eco de ese silencio absoluto, no quedó más que un susurro…
Una nota sostenida en la oscuridad: la última canción de Eón.
Esa melodía flotó en el vacío, sin dirección, sin destino.
Pero el vacío… la escuchó.
Y, por un instante que no era instante, algo despertó.
De la nada surgió un destello.
Pequeño.
Tembloroso.
Una chispa diminuta que no debía existir.
Era la esencia del amor, condensada en pura energía, la unión de dos almas que habían aprendido a perdonar.
De esa chispa nacieron colores.
Los primeros en una eternidad.
Rojos como la sangre que alguna vez unió a padre e hijo.
Dorados como la risa de una niña que desafió al destino.
Azules como la calma que llega después del llanto.
El vacío se estremeció.
Las partículas se agitaron, danzando al ritmo de una canción antigua.
Y el universo —nuevo, limpio, inocente— comenzó a nacer de nuevo.
En el centro de esa creación, flotaba una figura.
Eón.
O lo que quedaba de él.
Ya no tenía cuerpo, ni forma definida.
Era un alma pura, envuelta en luz, dormida en paz.
Una voz lo llamó desde el resplandor.
—Despierta, hijo mío.
Eón abrió los ojos —si es que aún tenía ojos— y vio al Padre.
Pero ya no era el mismo ser imponente de antes.
Era luz también, pero cálida, cercana, casi humana.
—¿Dónde… estoy? —preguntó Eón.
—En el principio.
—¿Principio?
—Sí. Todo ha terminado… y todo vuelve a comenzar.
Eón miró alrededor.
A su alrededor flotaban semillas de estrellas, girando lentamente.
Eran los primeros átomos del nuevo cosmos.
—¿Yo… hice esto?
—Nosotros —respondió el Padre—.
Tu sacrificio encendió la chispa.
El amor que dejaste ir, hijo… se convirtió en la fuerza que da vida otra vez.
Eón bajó la mirada.
En sus manos había una esfera pequeña de luz.
Dentro de ella, una figura diminuta jugaba, riendo.
Lyra.
No como era antes, sino como una nueva alma.
Libre, sin dolor.
—Ella…
—Sí. También regresó. Pero no como la recuerdas.
Ahora forma parte del nuevo ciclo.
Del viento, del agua, del fuego…
Del alma de cada ser que alguna vez amará.
Eón sintió una calma infinita.
El peso de los siglos, del deber, de la pérdida… todo se desvanecía.
—Padre… ¿qué será de mí ahora?
—Serás lo que siempre fuiste: mi esperanza.
Pero ya no como guerrero, ni como testigo del fin.
Esta vez, serás la luz que despierte los corazones.
—¿Y tú?
—Yo descansaré.
Esta creación te pertenece.
Pero recuerda, Eón: no fui yo quien te hizo eterno.
Fuiste tú quien eligió serlo, por amor.
El Padre se acercó y colocó una mano sobre su pecho.
Una última bendición.
Una despedida.
—Cuando las nuevas estrellas brillen… estaré en su calor.
Cuando un niño mire al cielo, me recordará sin saberlo.
Y cuando alguien ame con todo su ser…
ahí estaremos los dos.
El rostro del Padre se disolvió en la luz.
Y Eón quedó solo…
Pero no con tristeza.
Con propósito.
Miles de años después —si el tiempo aún significaba algo—, en un planeta joven, una nueva humanidad despertó.
Sus ojos reflejaban curiosidad, inocencia y fuego interior.
Entre ellos, un niño levantó la vista al cielo y preguntó:
—Papá, ¿quién creó las estrellas?
El hombre sonrió, mirando el firmamento brillante.
—Dicen que fue un ser que amaba tanto… que no quiso dejar de recordar.
Y en lo alto, entre las constelaciones nacientes, una voz eterna respondió suavemente:
“Si todo se derrumba, si la Tierra se apaga, si cada estrella deja de brillar…
Aun así, si sigo de pie…
Padre, aún te tendré.”
La luz del nuevo amanecer lo llenó todo.
El ciclo había comenzado otra vez.