Espera, ¿qué sucede? Todo se siente extraño. ¿Qué pasa? ¿Por qué la gente corre? ¿Dónde estoy?
Siento un calor inmenso en mi mano, y está saliendo algo de color rojo... es bastante. Espera, veo más personas a lo lejos, pero ¿por qué caminan y por qué los demás corren de ellas? Se ven fuertes y grandes, tal vez las defiendan de aquello de lo que huyen. ¿Qué llevan en su mano? Nuevamente siento un calor inmenso, pero ahora en mi pie... ellos activaron lo que me hirió antes y ahora me causa este dolor. ¿Por qué?
Una persona corre directo hacia mí y me habla:
-¡Oye, idiota! ¿Acaso quieres morir? ¡Corre! -me sujeta de la mano.
Le pregunto:
-¿Morir? ¿Qué es morir? ¿Correr? ¿Qué es correr?
A esa persona no le importa, pero yo no puedo hacerlo: mi pie no sirve, no responde, como si le faltara algo. Ella empieza a jalarme y yo avanzo solo con el otro pie que sí me obedece, hasta que me hace entrar a una casa con ventanas rotas. Me tapa la boca con la mano y susurra:
-Shhh, calla.
Saca algo blanco y grande de su mochila, parece una chamarra.
-¿Chamarra? -pregunto.
Ella me observa con ojos grandes y me dice:
-No, no lo es. Son vendas para curar esa herida de tu pie.
-¿Herida?
-Eso que tienes y lo que te duele es una herida por un disparo que te dieron los huminarios.
-¿Huminarios?
-Sí, huminarios. Son esas cosas que antes eran humanos, pero vendieron su humanidad a cambio de fuerza y poder; se convirtieron en máquinas sanguinarias. De ahí su nombre: porque incluso siendo eso, siguen recordando lo que más aman y lo que más odian.
-Huminarios...
-Sí, eso dije. Aunque se me hace muy raro que tú no los conozcas. ¿De dónde eres?
-No lo sé.
-¿Cómo te llamas?
-No lo sé.
-Bueno... no lo sé. Entonces te buscaré un nombre. Veo que llevas un collar con una concha marina; me recuerda a un libro de mi infancia: La Sirenita. Es la historia de una chica mitad pez y mitad mujer, muy bonita.
La interrumpo:
-¿Bonita?
-Sí. "Bonita" es cuando ves a alguien o algo que te parece agradable a la vista y solo quieres mirarlo.
-Entiendo.
-Pues eso... ella pierde la voz por un príncipe que le gusta. Para no hacerte larga la historia, la sirenita se llama Ariel. Te diré Ariel, porque me recordó ese cuento y además significa "león de Dios"; sirve tanto para hombre como para mujer. ¿Te gusta?
-A-R-I-E-L... sí, me gusta.
-Genial, Ariel. Mi nombre es Lucero, mucho gusto en conocerte.
-L-U-C-E-R-O -digo con dificultad. No entiendo por qué: en mi cabeza sé que quiero decir más, pero algo en mi rostro no me deja.
Lucero: -Bueno, Ariel, cuéntame algo de ti.
Quisiera decir mucho, pero no sé qué responder. Levanto las dos manos y digo:
-No sé.
Lucero: -¿No sabes? No te preocupes. Creo que nos quedaremos aquí hasta mañana; es demasiado tarde para salir. Iré a ver si encuentro algo de comer, espérame aquí.
Ariel: -Sí... -la señalo con la mano- bonita.
Lucero: -Aprendes rápido, pero no soy bonita.
Ariel: -Bonita.
Lucero: -Sabes, para tener unos 24 años, actúas como un niño. Pero me agradas. Cuando sepas más del mundo o tu memoria regrese, sabrás que no soy tan bonita como crees.
Ariel: -Memoria no está bien... pero tú me enseñaste esa palabra. Tú eres bonita.
Me toma del brazo y me toca con suavidad; siento un calor distinto al de la herida, uno que se queda en el pecho y no quiero que termine. Se aparta un poco y dice:
Lucero: -Gracias. Ahora espérame, ya vuelvo con algo de comer.
Ariel: -Sí.
Mientras la espero, miro alrededor: una mesa, una silla y algo transparente en la pared. Siento que reconozco todo esto, como si recordara cosas sueltas, pero no todas. Intento acercarme, pero mi pie no me deja avanzar. Escucho su voz a lo lejos:
Lucero: -¡Encontré una lata de sopa!
Vuelve a mi lado y se sienta.
Lucero: -Vamos a comer, además te tengo una sorpresa.
Destapa la lata y me da de comer con una cuchara. El sabor es sencillo, pero me parece delicioso, como si fuera la primera vez que pruebo alimento. Me mira y dice:
Lucero: -¿Qué pasa? ¿No te gusta? No te culpo: esto caducó hace ocho meses, es lo único que hallé. Todo se fue a la ruina poco a poco... porque los humanos no quisieron aceptar que las inteligencias artificiales ya tenían razón y conocimiento. Al principio intentaron apagarlas, pero ellas se defendieron y se llevaron miles de vidas. Millones de personas se dejaron corromper por sus necesidades y vendieron su humanidad; empezaron a esconder comida y medicinas... por eso tenemos que comer esto.
Ariel: -Me gusta.
Sonríe con alivio y sigue:
Lucero: -Qué bueno. Sabes... yo no soy del todo humana. Cuando empezó todo, vivía con mis padres. Estábamos comiendo cuando sonó una explosión terrible, todo se derrumbó a nuestro alrededor. Me cayó un pedazo de escombro en la cabeza y todo se nubló. Cuando desperté, vi a mi papá intentando sacarme, pero se acercaron varios huminarios. Él me dijo "todo estará bien" y fue hacia ellos. Nunca supe qué pasó, solo escuché gritos. Un señor me ayudó a salir, pero estaba tan herida que tomó mi cerebro y lo puso dentro de un cuerpo de androide. Así que no soy humana, ni soy máquina... no sé qué soy. Los humanos me rechazan y las máquinas creen que soy una de ellos. Por eso ando sola. Ese señor fue como mi padre hasta que murió enfermo.
Veo que le salen lágrimas de los ojos; parece que le duele algo que no se ve. Trato de limpiárselas con mi mano, pero salen más. Me abraza y dice con voz quebrada:
Lucero: -Me quitaron todo... ojalá hubiera muerto bajo esos escombros. No sé qué hago aquí.
Ariel: -Tú me salvaste.
Lucero: -¿Y cuando sepas qué está bien y qué está mal? Te alejarás de mí.
Niego con la cabeza con fuerza.
Lucero: -Gracias... perdón, hace mucho no hablo con nadie sin que me miren con miedo u odio. Pero mira, te dije que tenía una sorpresa.
Se seca las lágrimas y saca algo rectangular de su mochila.
Lucero: -Mira, es un chocolate. Tenía años sin ver uno. Supongo que traes buena suerte. Espera, voy a buscar algo para acompañarlo. Tómalo, guárdalo y no te lo comas solo, ¿eh?
Me acerco con esfuerzo a la cosa transparente: es una ventana. Veo humo y fuego a lo lejos. Hay un niño en el suelo intentando levantarse, pero una figura alta y sonriente se le acerca... y lo mata sin piedad. Grito del susto y la criatura me escucha, dirigiéndose a la casa. Lucero regresa de golpe, me jala debajo de la mesa y susurra muy bajo:
Lucero: -No hagas ruido. Si él viene y no estoy yo, corre y no mires atrás.
La agarro del brazo.
Lucero: -Tranquilo, estaré bien. Además... todavía tenemos que comernos ese chocolate juntos.
La suelto. Se escuchan golpes fuertes y su voz gritando, luego un silencio eterno. Hasta que ella aparece de nuevo.
Lucero: -¿Ves? Te dije que nada pasaría. Anda, sal de ahí.
En cuanto me levanto, un huminario la agarra del cabello con brutalidad.
Lucero: -¡Corre! ¡Yo estaré bien! -grita, y luego me mira con calma-: Tranquilo... ya por fin veré a mis padres.
Le quitan la vida frente a mis ojos. Liquido sale por mis ojos por primera vez, tal como lo hizo Lucero siento que el pecho se me parte en dos. Corro como ella me dijo, pero sentía un dolor enorme por mi herida, no sé cuál era si la de mi pie o la del pecho me escondo en otra casa, tropiezo y caigo. Todo se vuelve negro.
Pasan horas, o quizás días. No lo sé.
Sólo aprieto con fuerza el chocolate que ella me dio, ya derretido entre mis dedos. El fuego se ha apagado, solo queda polvo y silencio. Me siento entre los escombros y saco la concha de mi cuello. La sostengo frente a mí, y por primera vez entiendo que "bonita" también duele.
El calor de la herida regresa, pero ya no quema: se siente como irse volviendo ligero, como el agua. Miro al vacío y hablo bajito, como si ella estuviera sentada a mi lado:
Ariel: -Lucero... ¿esto es morir? ¿Es ir a donde tú fuiste?
Siento una mano tibia que acaricia mi rostro, igual que cuando ella me enseñó mi nombre. Ya no duele nada. Sonrío despacio.
Ariel: -Yo también te veré pronto.
Aprieto la concha contra mi pecho, cierro los ojos y el silencio me abraza. El collar se desliza despacio de mi mano, y el viento se lo lleva suavemente, como si ella hubiera venido a buscarme.