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Introducción

AETHER NULLIUS: Armagedón I · por MANA · 19 de julio de 2026

Vista desde arriba, la enorme estructura metálica con accesos hacia diferentes plataformas de vuelo parecía más un pulpo extendiendo sus tentáculos que un edificio funcional. Se alzaban innumerables arcos de colores neón custodiados por la policía oficial, tiendas de souvenirs, mercado ambulante, androides circulando. Todo esto contribuía a una sensación de caos imperante, donde no era fácil orientarse, y por donde era obligatorio pasar.

La fila para registrarse e ingresar a la metrópolis de Nínive, en Éfesis, era enorme y constituida por personas de todas las especies (pocos nyasuk, muchos híbridos y humanos). Esta masa de humanoides con las venas iridiscentes, otros de ojos violeta, y aún otros con piel escamosa, comenzaba a perder la paciencia. Los policías confederados intentaban aprobar con velocidad los ingresos a través del lector de datos biométricos, pero el sistema era lento. Un sistema que no correspondía a la cantidad de habitantes.

Nero Lumina apenas levantó la vista cuando fue su turno. Tampoco dijo nada al pasar.

Por eso fue tan sorpresivo que el policía efeso le bloqueara el acceso por el portal hacia la megaciudad. Se le plantó en medio del arco metálico que leía los datos biométricos impidiéndole pasar a buscar sus pertenencias.

—¿Algún problema, oficial?—dijo con un ademán, nivelando la intensidad de una máscara de gas que le tapaba la mitad de la cara.

—Documentos, si es tan amable.

—Si insiste.

Nero se sacó, con un pestañeo rápido, unos lentes de contacto verdes para dejar ver unos alienígenas ojos celestes, característicos de los nyasuk. Almacenó los objetos con un gesto en la nube digital y siguió leyendo de una tableta que llevaba.

El policía movió la cara de lado a lado con desaprobación ante su desinterés, y comenzó a tomar nota.

—¿Motivo del ingreso y del viaje?

—Trabajo.

—¿Qué trabajo?—miró el policía, sobre su pizarra digital.

—Militar.

—Aquí dice que es mercenario.

—Dígale como quiera—dijo éste, sobando un poco su rodilla derecha cuando tuvo las manos libres. Parecía tener una molestia allí.

—¿Lugar de origen?

—¿Por qué hace tantas preguntas, amigo? ¿Le molesta dejar entrar a trabajar a alguien?

—Limítese a contestar—contestó el policía, ahora sin mirarlo.

—Oficial, escuche con atención. Me deja entrar y dejamos el palabrerío, o no me muevo ni un puto milímetro hasta que así sea—exigió Nero, guardando su tableta. Ya no podría concentrarse.

—¿Está amenazando a un oficial de la policía efesa?

—¿Va a llamar a sus superiores?—Nero alzó ligeramente la voz, mirando alrededor del sujeto—¿Los llamamos ahora, o esperamos?

—No me gusta su actitud, y esa prepotencia no lo va a llevar a ningún lado.

El policía habló por su intercomunicador con alguien. Ese alguien, una mujer con un severo peinado, llegó en seguida. El sistema les arrojaba una y otra vez un error crítico y se negaba a leer los datos de Nero.

El portal se cerró desplegando una lámina de código morado ininteligible, haciendo imposible que alguien más usara el acceso mientras se solucionaba el problema. Algunos en la fila comenzaron a buscar otra puerta. El resto comenzó a inquietarse, orientando la mirada ya hacia el alto techo abovedado o derechamente hacia la ciudad a la que no podían acceder, con su agitada vida nocturna, su publicidad y sus locales dedicados al entretenimiento.

Desde atrás de la multitud, recién salido del transbordo interplanetario, apareció un muchacho rubio con overol amarillo neón, de técnico, y una mochila gigante, incomodando a todos a su alrededor y desordenando las filas. Estaba tratando de no golpear a nadie, pero su torpeza o la cantidad de bultos que llevaba se lo hacía imposible.

—Disculpe —le dijo al policía con humildad, mientras se mordía un poco la perforación del labio inferior para controlar su nerviosismo—No puedo encontrar el acceso AB-GB11.

—¿De Sigma?

—Sí, ¿cómo lo supo?

—Los de Sigma nunca saben ni dónde están parados.

El joven se quedó en silencio ante eso.

—La puerta que busca está arriba, después del pasillo. ¿Primera vez en Nínive?

—Sí. Yo vengo de Tulum.

—Todas las ciudades de Sigma son iguales… pero… ahí ya comenzaron a cobrar los tributos los del Culto, ¿no?—siguió hablando el policía, sin interés real, sino que ociosamente tratando de entablar conversación.

—Me fui hace tiempo de ahí. No lo sé—contestó el joven, evidentemente mintiendo.

—Oye, tú. ¿No tienes un trabajo que hacer?—los interrumpió Nero, observando desde su lugar.

El hombre hizo oídos sordos y continuó hablando con el muchacho. Bajó un poco la voz, para poder chismosear más libremente.

—¿Es verdad que los llevan a trabajar a las minas?

—Algunos van porque quieren. Para que no amenacen a sus familiares—admitió el rubio. Se notaba que la conversación le era incómoda.

—Puede que el Culto sea algo radical... pero hace tiempo necesitábamos el ejemplo. Mano dura y orden—aseguró el policía, mirando el modelo y el número de serie del portal defectuoso para reportarlo.

Por alguna razón, el joven palideció ante ese comentario.

—Imbécil, deja de batir la lengua y haz tu trabajo—intervino otra vez Nero.

—Mire, el Culto no es perfecto. Pero es necesario—dijo el policía, todavía hablándole al joven.

—¿Sabe su superior que usted apoya a los terroristas?—preguntó a esto Nero, ajustándose el reloj inteligente y dando un par de pasos hacia ellos.

El tipo pareció incómodo, pero no dio su brazo a torcer.

—Mire, están en las colonias de Naësu… a miles de pársecs. Que hagan lo que quieran.

—Esa mentalidad hizo que llegáramos a esto—dijo Nero, cruzándose de brazos—Como es un planeta de la periferia, ustedes prefieren cerrar los ojos.

—Es un peligro pasajero—le contestó el policía, cada vez más irritado, tratando de tomar notas para su reporte.

El tono de Nero se hizo más incisivo.

—¿La violencia es insignificante si no es en su planeta?

—Un mercenario con principios. Qué apropiado.

—Quizás cuando mire la muerte a la cara se va a despertar de la ilusión—le advirtió el piloto con desdén—Cuando el Culto llegue a Éfesis…

—Los papeles sucios, mala actitud… definitivamente no me gustan los nyasuk—dijo a media voz el policía.

—¿Qué papeles sucios, humano?—Nero trató de mirar lo que el policía anotaba.

—¿Cree que me gusta hacer esperar a la gente? Si usted tuviera los biométricos en regla…

—No diga estupideces. No es mi culpa que Éfesis no invierta en máquinas mejores—agregó Nero, ahora mirando con impaciencia la barrera de código morado del acceso.

—Este error aparece cuando alguien lleva huellas adulteradas—siguió el policía, hablando desde la experiencia.

Nero Lumina se rio con desgano.

—Si tuviera los créditos para alterar mis huellas no estaría aquí.

—Vamos a llamar a seguridad especializada—advirtió el policía.

La mandíbula de Nero se tensó por reflejo.

—Escuche con atención. No me van a tocar un pelo, ni llevarme a ningún lado.

—Usted no puede decidir cómo procederemos.

—Me muero por saberlo.

—Estamos haciendo lo posible por avanzar—dijo el sujeto mientras trataba de reiniciar el sistema.

La mujer lo miró seriamente. Estaban haciendo algún progreso con el error de las pantallas.

—Disculpe, ¿por dónde era la entrada de…—el técnico miró sus notas en unos anteojos inteligentes, transparentes—de AB-GB11?

—Muchacho, deja hablar a los hombres—disuadió Nero.

El joven rubio lo miró intensamente.

—Sólo estoy haciendo una pregunta.

—El tipo ya te contestó.

WISE, el sistema operativo de las gafas inteligentes del joven (y de muchos otros dispositivos) intervino bruscamente con su voz, mecánica y sin género, desde un pequeño altavoz integrado en ellas.

—WISE le recuerda al usuario que la ubicación de destino está “arriba, después del pasillo”. Mensaje recibido a las UAT, 11:43:07…

Nero no pudo contener una mínima sonrisa.

—No puedo creer que alguien todavía tenga algo así.

—Cuando uno no tiene idea de tecnología, puede parecer un milagro.

Eso lo hizo sonreír un poco más.

—Esos marcos… ¿los hiciste tú?

—En Sigma aprendemos a trabajar con lo que hay—dijo el técnico sin poder ocultar su orgullo.

—Me alegra que tengas algo en lo que entretenerte.

—No es para divertirme. Es mi trabajo.

El mercenario lo miró con algo más de atención, pero todavía sin considerarlo realmente.

—Te gustan los aparatos descontinuados.

—Me especializo en eso. Estudié rehabilitación técnica—respondió el joven, y volvió su modestia.

A Nero se le ocurrió una idea. Pero no podía implementarla sin mover algunos hilos. La gente comenzaba a removerse en su lugar y los policías parecían cada vez más frustrados con el portal, paseándose por ambos frentes y hablando entre ellos.

Apoyó un brazo en una de las máquinas y miró al joven rubio de arriba abajo. Su voz se hizo aterciopelada, menos amenazante. El técnico tuvo que mirar hacia arriba, porque era algunos centímetros más bajo.

—Y… ¿conoces las máquinas de aquí?

—Sí. Máquinas humanas. No es muy difícil.

—Yo jamás las he entendido.

—Es porque no son intuitivas. Eres nyasuk, entonces…

—Nyasuk, sí—sus ojos alienígenas brillaron bajo la luz de neón—Soy piloto. A sueldo. No hago nada gratis ni por amor a la patria. ¿Estás aquí por trabajo también?

El muchacho pareció profundamente impresionado por el cambio en el trato. Este humano en particular se conformaba con poco. Se le iluminaron los ojos mientras hablaba.

—Sí, voy a una nave modelo Siren que tienen arriba.

—¿Comercial?

—No, estatal.

—Qué interesante. ¿Confederado?

—No sé si puedo decir eso todavía. Es mi primera misión.

Nero trató de disimular su desprecio.

—¿Son de los que llevan agua y pan, y rezan para que no se les revienten las naves?

El técnico no supo cómo contestar. El nyasuk lo observó juguetear nerviosamente con los broches de su overol, moviendo las hebillas de lado a lado. Le resultó algo enternecedor.

—Discúlpame. Nero Lumina—dijo mientras le ofrecía la mano.

—Ah, no te preocupes. Soy Nicholas—contestó éste, sintiendo que su mano se adormecía un poco ante la firmeza del saludo.

Nero desarmó el broche de su máscara de gas y le dejó ver todo su rostro: cabello largo, liso y negro, ojos rasgados azul cielo muy alienígenas, nariz de orificios pronunciados. Sin embargo, no era eso lo más llamativo. Era la manera en que parecía estar en control de todo.

Nicholas no pudo evitar bajar la vista ante esa mirada tan intensa, que parecía fijarlo en su lugar. Nero, por su parte, se aclaró la garganta antes de acercarse un poco al oído de Nicholas.

—Oye, chico. ¿Podrías revisar esa lata defectuosa? No tengo tiempo que perder.

—No sé si sirva de algo…—contestó el técnico, vacilante.

—Con lo que sea que puedas hacer, te quedaría eternamente agradecido.

—Voy… voy a hacer lo que pueda.

El joven se puso manos a la obra. Dejó su enorme mochila en el suelo y se acercó al lector de datos biométricos con una pequeña computadora portátil que sacó de uno de sus muchos bolsillos, usando todavía sus gafas inteligentes. A Nero le dio la impresión de que se había sonrojado un poco. Pobre chico.

—El nyasuk ese, ¿es tu amigo?—le preguntó el policía a Nicholas.

—No, nos acabamos de conocer—contestó él, mientras abría la puerta del panel lateral y sacaba unos cables que conectaba a la computadora.

—¿Y ya le estás haciendo favores? Malditos nyasuk. A veces parece como si tuvieran poderes. ¿Conoces este lector biométrico?

Nicholas asintió y los policías le permitieron continuar.

En ese momento, el sistema se reinició por sí mismo ante no poder superar el error crítico. Las personas de la fila murmuraron algunas maldiciones mientras se cargaba.

—Puede ser algo muy fácil. Los permisos…—comenzó a explicar el técnico, mientras escribía comandos en el teclado con gran rapidez—Cuando se actualizó este sistema, el mes pasado, hubo muchos vacíos de datos nyasuk por borrado. Naësu todavía no ha enviado las bases más recientes. 

El policía comenzó a ordenar a quienes esperaban.

—¿Borrado? ¿Quién haría algo así?

—El Culto—explicó sencillamente Nicholas—No les conviene que los nobles nyasuk estén asociados públicamente en el Culto, entonces eliminaron los registros.

La mujer, que volvía de llamar a un supervisor, interrumpió.

—¿El tipo este podría ser del Culto?—señaló a Nero disimuladamente.

—Es nyasuk… pero por cómo habla, es imposible—dijo el otro policía.

Para el uniformado lo más probable era que Nero Lumina, que llamaba terroristas a los del Culto, no estuviera alineado con ellos; a pesar de ser nyasuk, no veía favorablemente la supremacía alienígena. Una contradicción viviente.

—Se borraron categorías enteras para hacerlo ver como un accidente. Entre al sistema y restaure desde la versión previa—ofreció Nicholas.

—¿No va a echar a perder todo?

—Va a dejarlo pasar con el criterio de antes de la actualización.
 
—Es mejor que quedarse en esta situación—decidió el policía—No soporto su maldita cara de autosuficiencia.

—Espere, el reconocimiento está avanzando. Parece que no hace falta nada.
 
El sensor activó una luz verde, y Nero Lumina pasó por el portal de seguridad sin ninguna otra dificultad. Nicholas se quedó observándolo, mientras se alejaba. Ni siquiera le había dado las gracias, ni se había despedido.

Pero Nero, que observaba su reloj inteligente con un rostro pensativo, más de lo necesario, se detuvo en el trayecto, y miró atrás.

—Mocoso, ¿a qué puerta dijiste que ibas?

—AB-GB11—gritó un poco él, desde la distancia.

El mercenario se devolvió algunos pasos. Nicholas sintió que se le aceleraba la respiración.

—En tu nave… ¿ya tienen planta completa?

—Nos falta llenar el puesto de comunicaciones y navegante.

—No me interesa ser navegante. ¿Dónde está tu capitán?

—Capitana. Dijo que me iba a esperar en el acceso.

—Me llevo bien con las mujeres.

Al técnico no le cupo la menor duda. Los dos comenzaron a caminar a la puerta señalada.

Para el joven, por un momento, el zumbido de los drones, de los sensores, de la muchedumbre, los olores y los movimientos de algo que no fuera Nero se desvaneció. A cada paso miraba para ver si el piloto seguía a su lado, si no era todo producto de su imaginación.

Éste, después de recoger su escaso equipaje, más adelante señaló un apartado entre la gente con la cabeza y se dirigió allí para prender un cigarrillo, al lado de un amplio ventanal que daba a las luces nocturnas. Nicholas observó que sus pasos eran algo irregulares, como si no quisiera apoyar demasiado peso al lado derecho de su cuerpo y estuviera intentando disimularlo.
 
—¿Cómo se llama la nave?—preguntó Nero, con la mirada un poco ausente.

—Naetilus.

—Si es Siren debe ser una bestia. Gigante. Y tosca.

—Es única.

—Todos dicen lo mismo. ¿Crees que tenga alguna oportunidad?

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